Tegucigalpa (Especial Proceso Digital) – El Consejo Nacional Electoral (CNE) ha cerrado uno de los ciclos electorales más controversiales y boicoteados de inicio a fin en la historia política hondureña con unos resultados apretados a nivel presidencial que otorgan el triunfo al conservador Partido Nacional de Honduras, que en los últimos tres procesos electorales ha demostrado que tiene una base partidaria de más de 1,2 millones de electores, y hoy no solo le otorga el solio presidencial, sino que una amplia ventaja en el nivel electivo de diputados y corporaciones municipales.
El Partido Nacional se perfila, como una maquinaria política estructurada y organizada con un sólido voto duro que ahora disputará la otra batalla poselectoral, relacionada con el control de la otra joya de la corona: el Congreso Nacional. Los nacionalistas obtuvieron un total de 49 diputados según la declaratoria del CNE, seguido del también conservador Partido Liberal con 41 parlamentarios; 35 de Libertad y Refundación, de izquierda, 1 de la Democracia Cristiana, y 2 del Partido Innovación y Unidad Social Demócrata (PINU/SD).
Los electores no dieron a ninguno de los partidos el número mágico de 65 parlamentarios para tener mayoría simple y absoluto control del Poder Legislativo. En esta elección, el elector siguió apostando por una mayoría para el PN seguido del Partido Liberal—la gran sorpresa del proceso electoral por el caudal de votos obtenidos y el número de diputaciones—al tiempo que dejó apenas con 35 parlamentarios a Libre, mientras decidió otorgar vida a los partidos Democracia Cristiana y el PINU/SD, que en cada elección se juegan la suerte de seguir o desaparecer como instituciones políticas.

Con esos números han iniciado las cábalas entre los partidos políticos y la apuesta por definir la presidencia de ese poder del Estado. El PN apuesta a que le corresponde obtener la presidencia del legislativo poque ganaron las elecciones generales y para dar márgenes de gobernabilidad y certidumbre al gobierno que encabezará Nasry “Tito” Asfura, conocido popularmente como “Papi a la orden”. Tradicionalmente las fuerzas políticas han respetado que el ganador de la contienda presidencial y más aún cuando ha obtenido la bancada mayoritaria en la Cámara legislativa también presida ese poder del Estado.
Pero en el escenario de los cálculos políticos, el Partido Liberal siente que ellos también pueden ser una opción para dirigir el Congreso, como parte de un pacto de gobernabilidad, pero el resultado de los comicios generales ha dejado divididos a los liberales, en especial a la facción que lideró Salvador Nasralla, el ex presidenciable que ahora reclama la presidencia del Congreso Nacional pero no quiere negociaciones con los nacionalistas ni con los de Libre. Quiere la presidencia del Poder Legislativo como una “designación divina”.
Inician las cábalas y cabildeos
Los liberales para poder aspirar a la presidencia del Congreso Nacional tienen dos opciones: llegar a acuerdos con el Partido Nacional o hacer un pacto con Libre, cuyo caudal político lo relevo a un tercer lugar en un significativo voto de castigo de la población. Con Libre los liberales logran 76 parlamentarios y con el partido Nacional alcanzan 90, lo que sobrepasa la mayoría calificada.
Los nacionalistas, a su vez, deberán obtener 16 votos con los liberales o los de Libre para obtener la cifra de 65 que les permita la presidencia del Congreso Nacional, en caso de no lograr un acuerdo sólido con el Partido Liberal. El bipartidismo que salió fortalecido en estas elecciones al dejar a la izquierda representada por Libre en un distante tercer lugar, tiene ante sí una prueba de fuego para generar acuerdos de gobernabilidad y fortalecimiento institucional o repetir la historia del Congreso que está por despedirse caracterizado por el caos, los desacuerdos y la ausencia de liderazgos para aprobar una agenda mínima de reformas que requiere el país.

En el partido Liberal, asoman algunos nombres de posibles candidatos a presidir el Congreso Nacional, entre ellos el de la esposa del excandidato Nasralla, la diputada Iroshka Elvir, señalada por amplios sectores políticos, incluso dentro de sectores del partido Liberal, como una de las artífices de la división interna del liberalismo al trascender sus presuntas negociaciones secretas con Libertad y Refundación en un intento por anular las elecciones e impedir la declaratoria de los comicios por parte del CNE. Elvir en sus mensajes en redes sociales terminó decantándose por las posiciones del oficialismo en Libre en torpedear el proceso electoral tras un permanente boicot en el Centro de Logística Electoral en el CNE en el conteo del escrutinio especial de votos.
Otros nombres que surgen es el del diputado Marlon Lara, Yuri Sabas y Carlos Umaña, pero todas son conjeturas, los liberales no tienen una brújula clara y el Partido Nacional no parece estar dispuesto a ceder la presidencia de ese poder del Estado sin visos claros que les generen certidumbre para una gobernanza mínima por parte del gobierno que están por asumir.
En los nacionalistas, los nombres también surgen, se habla de los diputados Tomás Zambrano —que se convirtió en uno de los principales rostros de la oposición contra el régimen de Libre—de Carlos Ledezma, el diputado que en esta última elección recuperó Choluteca que tiene un perfil discreto y es considerado como uno de los hombres más cercanos al presidente electo Asfura y el también parlamentario Marco Midence, exministro de Finanzas en el último gobierno nacionalista.
La lucha también ahí es sórdida, pero como un partido disciplinado que han demostrado ser, el potencial candidato surgirá de acuerdos internos.
Libertad y Refundación, por su parte, su apuesta no es cogobernar—al menos públicamente—su intención será complicar la gobernanza y gobernabilidad fraccionando el bipartidismo y generando incertidumbre donde el escenario legislativo será propicio para esos fines. En momentos clave o de coyuntura que le favorezcan hará alianzas para impulsar agendas con los liberales o con los nacionalistas en asuntos que requieran mayoría simple.
El bipartidismo político, en cambio, si logra superar las diferencias entre liberales y nacionalistas por la inmadurez de sus liderazgos, puede construir un bloque de alianza estratégica para impulsar reformas estructurales políticas y político electorales que sienten bases para dar certidumbre al país y fortalecer una institucionalidad deteriorada y acicateada por quienes su apuesta no es el fortalecimiento de la democracia, sino la instalación del caos.
La presidencia del Congreso Nacional deberá recaer en un liderazgo capaz de entender el entorno político social del país y el internacional, rodearse de eficientes operadores políticos e impulsar desde la agenda legislativa los cambios y reformas que clama con urgencia la ciudadanía en materia de empleo, salud, educación, reformas electorales, lucha contra la corrupción y combate a la impunidad. El camino está trazado, lo opuesto sería: continuar la herencia legislativa de Luis Redondo, las más nefasta desde el retorno democrático. El bipartidismo en su nueva prueba política. (PD).








