París – Hay escritoras que dejan libros y otras que dejan un modo de estar en el mundo. Colette, nacida en 1873 en una aldea de Borgoña, fue de esas últimas: una mujer que convirtió su propia vida en un laboratorio de libertad. Ahora la Biblioteca nacional de Francia (BnF) le dedica una exposición.
Colette fue muchas cosas: bailarina de ‘music-hall’, novelista precoz, periodista incansable, protagonista de escándalos, mujer que amó a hombres y a mujeres, madre tardía y ambivalente y, al final, la primera mujer en ser homenajeada con unos funerales de Estado en Francia.
Su vida parece una novela de aventuras, pero es sobre todo la historia de una emancipación por etapas, conquistada a fuerza de coraje, trabajo y una sensibilidad que no obedecía a ninguna regla.
‘Los mundos de Colette’, que estará abierta hasta el 18 de enero, actúa como una línea que permite observar cómo todos esos rostros dialogan entre sí.
No se trata de un homenaje, sino de una invitación a mirar de cerca a una mujer que, en pleno cambio de siglo, entendió antes que muchos que la libertad empieza por el cuerpo y por la economía.
Como explicó a EFE Julien Dimerman, uno de los tres comisarios de la exposición: «La libertad de las mujeres diría que está omnipresente en la exposición, porque en realidad no se puede hablar de Colette sin hablar de ello. Aparece desde la primera pieza», dijo.
Porque Colette aprendió pronto la lección que aún hoy resuena: una mujer que no gana su dinero vive a merced de los demás.
Tras separarse de su marido, Willy, que había firmado con su nombre sus primeras novelas, las Claudine, la escritora se subió al escenario para sostenerse. Cantó, bailó, actuó, escandalizó.
Lo hizo por necesidad, pero también porque descubrió que esa exposición pública era un territorio donde explorar otra identidad, más suya, más valiente.
En los carteles que la BnF muestra, aparece una Colette joven, musculosa, el cuerpo libre de culpa. Como señala Dimerman: «Ganar su vida, y al mismo tiempo tomar partido de ciertos deseos profundos que tenía, como el deseo de mostrarse en escena, no fue solo la respuesta a un problema financiero, sino también un medio y un placer.»
Ese gesto fundacional atraviesa toda su obra. Colette no fue militante feminista en el sentido estricto, pero encarnó un feminismo radical para su época: el de la vida vivida.
Sus novelas, ‘La Vagabonde’, ‘Chéri’, ‘La Naissance du jour’, colocan a mujeres de carne y hueso en el centro, mujeres que dudan, desean, se equivocan, sobreviven.
Mujeres que no son ejemplos, sino personas. En una época que exigía a la mujer decoro y sacrificio, ella puso en primer plano el deseo femenino como motor legítimo de existencia.
La exposición muestra manuscritos donde la letra de Colette avanza como si buscara aire; fotografías donde la vemos reinventarse década tras década; recortes de prensa en los que firma crónicas sobre política, sociedad, artes, deporte.
Colette fue también periodista deportiva, una de las primeras mujeres acreditadas para cubrir el Tour de Francia. Su curiosidad no tenía fronteras, la mejor definición quizá sea esta: mujer todoterreno.
Una mujer que no aceptó que el talento tuviera un solo canal. Como recuerda Dimerman: «El periodismo ocupa una sección entera de la exposición. Colette atravesó realmente la primera mitad del siglo XX escribiendo cientos de artículos, y eso es un testimonio de su gran libertad.»
Pero su libertad no tuvo un coste menor. En 1914, cuando Francia celebraba sin matices la maternidad patriótica, Colette confesó en un artículo que no sentía el ‘instinto materno’ que se esperaba de ella.
Un siglo después la frase parece audaz, en su momento fue dinamita. Lo mismo ocurrió con su relación amorosa con Missy, una aristócrata que vivía como hombre.
En los fragmentos exhibidos, su historia aparece sin brillo decorativo: como un amor real, contradictorio, necesario para ambas. Ahí reside la fuerza de Colette, en su forma de asumir la vida sin ocultar sus sombras.
Más allá de su manera de narrar, lo que más impresiona al recorrer las salas de la BnF es su vigencia.
Colette habla a la generación que lucha por definir su identidad sin pedir disculpas, a quienes reivindican el derecho a envejecer sin desaparecer, a quienes saben que el trabajo creativo no siempre cabe en un solo molde, a quienes sospechan que, a veces, la mejor forma de combatir una norma injusta es vivir como si no existiera. JS








