
Los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al niño Jesús. No fue un gesto romántico ni decorativo, fue una declaración ética. Dos mil años después, esos mismos regalos siguen diciendo mucho, sobre todo a una sociedad que ha normalizado el desgaste, la ingratitud y la indiferencia.
Los Reyes Magos no llegaron con cualquier cosa. No llevaron lo que sobraba ni lo que estaba de moda. Pensaron antes de ofrecer. Observaron el tiempo que vivían y entendieron a quién tenían enfrente. Por eso llevaron oro, incienso y mirra. Tres regalos que hablaban más de quienes los entregaban que del niño que los recibía. Hoy seguimos repitiendo la escena cada año, pero evitamos la pregunta incómoda: si hoy nos tocara ser Reyes Magos, ¿qué estaríamos dando como personas y como sociedad a nuestro prójimo?
Al Niño Jesús, le ofrecieron oro, símbolo de valor y dignidad. En nuestro tiempo, ese oro ya no se mide en riqueza material. Se mide en salud. Salud física, pero también salud mental, esa que se construye, o se destruye, con los pensamientos que dejamos entrar a la mente. Se vive cargando ideas de miedo, enojo, envidia y desgaste, y aun así seguimos regalando presión, exigencias excesivas y la idea de que cuidarse es un lujo.
Nos descuidamos por dentro y luego nos sorprendemos del malestar social, del enojo constante y de la violencia cotidiana. El oro de hoy es aprender a cuidarse uno mismo, también en lo que se piensa y se siente, para no terminar dañando a los demás.
El incienso representaba gratitud y reconocimiento. Hoy la gratitud escasea. Todo parece insuficiente, todo se reclama, poco se agradece. A Dios, muchas veces, se le pide más de lo que se le agradece; a los demás, se les exige más de lo que se les reconoce. Incluso agradecerse a uno mismo por resistir, por seguir adelante, parece fuera de lugar. El que no agradece se endurece, pierde sensibilidad y termina perdiendo algo esencial: su humanidad. Una sociedad ingrata no construye comunidad; solo acumula frustración y resentimiento.
La mirra, aunque amarga, era un bálsamo para el dolor. Servía para aliviar heridas, para acompañar el sufrimiento, para enfrentar la fragilidad humana sin negarla. Por eso hoy su significado sigue vigente y se traduce en compasión. No la que se pronuncia en discursos, sino la que acompaña, la que se involucra, la que permanece cuando el otro duele. Se prefiere opinar, juzgar y señalar antes que acompañar. Nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado. Sin compasión no hay tejido social, solo individuos aislados tratando de salvarse solos.
La lección de los Reyes Magos no es compleja, pero sí exigente. No se trata de lo que esperamos recibir, sino de lo que estamos dispuestos a dar. Salud en lugar de desgaste, gratitud en lugar de soberbia y compasión en lugar de indiferencia. Esa es la lección pendiente. Y mientras no la asumamos, seguiremos recordando los regalos del pasado sin atrevernos a ofrecer los que hoy hacen falta.
Tal vez el verdadero problema no es que hayamos olvidado a los Reyes Magos, sino que olvidamos cómo se da. Hoy entregamos prisa, ruido y exigencia, y llamamos a eso normalidad. Pero una sociedad no se mide por lo que consume, sino por lo que ofrece cuando nadie la está mirando. Oro, incienso y mirra no eran objetos: eran decisiones. Y mientras no decidamos cuidar la vida, agradecer lo recibido y acompañar el dolor ajeno, seguiremos celebrando tradiciones sin aprender la lección que, desde hace siglos, sigue esperando ser asumida.






