Ciudad de México – A los 85 años, que cumplirá mañana domingo, el escritor mexicano Homero Aridjis presume vivir con una cicatriz de la cabeza al piso, la causada por su compañera inhumana más entrañable: la poesía.
«Desde los 10 años estoy herido de poesía. A esa edad se me disparó una escopeta en el vientre; después de 19 días en un hospital volví a mi pueblo, leí con obsesión y luego ya resulté escritor», confesó Aridjis este sábado en entrevista con EFE.
Aridjis (Contepec, 1940) es uno de los poetas vivos más prestigiosos en idioma español, con una obra en prosa también sólida. Además, tiene una trayectoria como diplomático, académico, activista del medio ambiente y promotor de ajedrez.
De niño quería ser futbolista, pero el accidente con el arma de fuego le cambió la vida porque en el hospital descubrió los libros y eso le dio un giro a su existencia.
«Las primeras lecturas fueron las de Emilio Salgari; ‘Los piratas de la Malasia’, ‘La venganza de Sandokan’, ‘Los horrores de Filipinas’ y todas esas. Luego pasé a otros autores y más adelante yo mismo empecé a escribir», asegura.
Una puerta hacia la luz
Al referirse a los libros de Homero Aridjis, el irlandés Seamus Heaney, premio Nobel de literatura de 1995, consideró hace años que la poesía del mexicano abre una puerta hacia la luz.
Es probable que Heaney se haya referido a la manera poética de vivir de Homero y también al lirismo de su obra, con tintes eróticos, guiños históricos, abrazos a los animales y al medio ambiente, historias de su niñez y de su vida familiar.
Sus libros de prosa también están llenos de imágenes poéticas. En ellos las nubes cargadas parecen encintas, las mariposas recorren las calles del pueblo como ríos aéreos o un pianista arrastra sus 80 años como una pierna rota.
Aunque defiende el trabajo como punto de partida en la literatura, Homero es un creyente del lado etéreo de la creación.
«Yo creo en lo sobrenatural. Desde chico oigo mis vibras. Eso sirve para escribir y para salvarse. Mi libro ‘El poeta niño’ empezó con sueños; me despertaba, escribía el sueño que había tenido y lo relacionaba con la memoria», confiesa.
Un café con el patriarca
Tomar un café con Aridjis horas antes de su cumpleaños significa convertirse en escucha de sus anécdotas, algunas con grandes escritores del siglo XX. Las cuenta con la sabiduría del intelectual que es y una cercanía de abuelo.
«Cuando conocí a García Márquez, la problemática era quién pagaba el café; Octavio Paz me recomendó siempre para becas; a Borges lo defendí en la Universidad de Nueva York el día que un estúpido lo ofendió; Neruda y su mujer pasearon a mi hija Chloe por París cuando era bebé», recuerda el autor, mencionado el año pasado en las listas de apuestas al Premio Nobel de literatura.
Uno de los amigos fue el fabulador Juan José Arreola, a quien Homero hacía enojar cuando lo derrotaba en el ajedrez. «Le ganaba; quería la revancha y le iba peor; nunca me podía vencer», revela.
Otras confesiones aparecen en sus libros en los que uno se entera que la novelista Elena Garro le tenía miedo a los aviones y la pintora Remedios Varo llevaba un registro del nacimiento y la muerte de sus gatos.
A los 85 años su memoria es lúcida. Cuenta con exactitud cómo conoció en 1963 a Beatriz, una mujer lectora de huesos largos, a quien le propuso tomarse de las manos. «La vi en el café Tirol de la zona rosa y eso cambió todo. Regresó a Nueva York, donde vivía, volvió y desde entonces vivimos juntos».
En el mundo actual, alejado de la belleza, Homero Aridjis se aferra a la poesía con imágenes como la del personaje que pisotea en los charcos el reflejo de la luna, aparecida en su libro más reciente.
«Su obra es muy bella, sobre todo en el sentido de la expresión (…) sus intenciones poéticas no son eróticas en el sentido que generalmente se da al erotismo, sino amorosas», escribió Juan Rulfo, tal vez el novelista más grande de México. JS