
Una deriva autoritaria está remodelando el orden global y, así como en 1990, tras la caída del comunismo, los hondureños consentimos de hinojos a incorporarnos al marasmo del “fin de la historia”, hoy asumimos con similar aquiescencia a las veleidades de los estrambóticos personajes que manejan los hilos del poder en el planeta.
¿Debemos hacerlo sin ambages o vale la pena asumir una actitud crítica frente a lo que sucede en el mundo? Sabemos que un país pequeño, con una economía abierta y dependiente, debe navegar adecuadamente al ritmo que marca la historia. Pero ¿Debemos ser solamente un barquito de papel que se deja arrastrar por la corriente hasta que, inexorablemente esta lo destruya o vale la pena aprender a utilizar los vientos y corrientes a nuestro favor? La respuesta a esta pregunta es obvia.
Lo acaecido en los últimos días es solo una parábola de lo que hemos sido a lo largo de nuestra breve pero dolorosa historia. Debería entonces ser una lección de la cual aprender algo.
Aún resuena en la memoria de la gente, la inacabada crisis electoral que desde hacía tiempo se hacía esperar y que al final nos envolvió a todos en un estrés social del cual todavía no salimos.
Sin embargo, lo rocambolesco es que todavía estemos buscando afuera las razones del dolor o gozo que ahora nos embarga o aprisiona: Si falló el sistema de recuento de votos, la culpa no es nuestra sino de la empresa extranjera que se contrató; si no pudimos disfrutar la navidad como hubiésemos querido, la culpa es de las remesas que no acabaron de llegar y si nuestra candidata o candidato perdió las elecciones, la culpa es del X que Trump envió y que, sin duda, redireccionó el curso de las preferencias del votante.
No cabe duda de que la tierra cayó en manos de una caterva de locos que gobiernan sus países con las ínfulas imperialistas de Iván El Terrible, Nerón o el Gran Khan. Los tres polos del poder planetario así lo han dejado mostrar:
En América sufrimos las temerarias arcadas de un orate que bien clava aranceles, aprisiona migrantes, busca adueñarse de Groenlandia o del petróleo venezolano con un afán que nadie en su sano juicio consideraría normal. Pero lo hemos normalizado.
En Europa, el delirio patológico de un aprendiz de Zar mantiene en vilo al mundo; empuja a la OTAN a enfilarse a la derecha y amenaza a la humanidad con que mar el pajar para encontrar la guja. ¡Qué importa si hay que destruirlo todo si puedo cumplir con mi objetivo de adueñarme del Dombás!
Los chinos, por su parte, persisten en su afán de engullir el mundo y sus recursos para satisfacer la imperiosa necesidad de ser ¡por fin! la potencia hegemónica del mundo. Lo hacen sin carrera armamentista. Utilizan el comercio y su creciente habilidad diplomática y su ancestral inteligencia para alcanzar su objetivo milenario.
Pero la pregunta que vale la pena hacernos es: ¿Por qué los hondureños nos permitimos asumir, casi sin cargo de consciencia, que son otros quienes deciden nuestro destino? Los salvadoreños eligieron a su líder hace ya 6 años, sin injerencia externa; los costarricenses resuelven sus penas y glorias sin culpar a algún agente externo de los resultados; los chilenos acaban de empujar el péndulo político a la derecha sin necesidad de ver hacia afuera y, hasta los argentinos votaron con la consciencia de no querer volver a la pesadilla peronista sin que nadie le tenga que agradecer a Trump el “empujón” que, según él, le dio a Milei.
¿Qué nos hace a nosotros tan dependientes de lo que hace el vecino? ¿Es que de verdad creemos que no somos capaces de hacer las cosas por nosotros mismos?
Hasta hoy, casi nadie, ni liberales o nacionalistas, aceptan que su derrota o triunfo se debe más a las deficiencias o aciertos organizacionales que al X que el presidente imperial disparó 3 días antes de la elección. Habremos de reconocer entonces, la habilidad del asesor político al que se le ocurrió hacer lobby para que el aprendiz de emperador disparase su mensaje de apoyo justo antes de las elecciones.
Es triste aceptar que tenemos instituciones malas y débiles, pero más duro es asumir que en la psiquis del hondureño medio, persiste el malinchismo y la sumisión que no nos permitirá nunca ser una sociedad de gente libre.






