La mujer –que no se identificó- estaba acompañada de sus tres hijas. El hombre muerto era el cabeza de la familia.
“Como hondureños no debemos permitir que nos pase esto. Nosotros estamos pidiendo justicia por esto que ha pasado”, dijo un sobrino de la misma víctima, Billy Noé Martínez, quien se salvó de morir masacrado, porque lo detuvieron las autoridades migratorias y lo deportaron.
Contó que iniciaron juntos la travesía en Guatemala el 2 de agosto.
“Caminamos muchos kilómetros, y cuando llegamos a un pueblo que se llama Riaga Migración a mí me agarró y me deportó primero; ellos se corrieron pero solo fue para que los agarraran esos infelices. Queremos justicia”, dijo.
El joven dijo que iban en busca del trabajo que no tenían en Honduras.
“Solo queríamos ayudar a nuestras familias, no es justo que esto nos pase a los hondureños”, declaró.
Las historias de las familias que esperaban los cuerpos de sus parientes eran todas similares.
“El era mi hermano, él se fue porque nos quería ayudar. Yo le dije, no te vayas, y él se fue. El dijo yo quiero ayudar a mi familia, yo te voy a ayudar, quiero ayudar a mi papá”, decía otra mujer que lloraba sobre el féretro de su hermano.
La matanza de indocumentados ha sacado una vez más a flote las precarias condiciones de vida de miles de hondureños, que intentan llegar a Estados Unidos en busca de una oportunidad laboral para ayudarse él y a sus familias.
Las autoridades hondureñas estiman que en Estados Unidos residen legal e ilegalmente más de un millón de hondureños, quienes mantienen con sus remesas la deprimida economía del país.