spot_img

Entre León y Serpiente: La Caída de un Ego Político

Javier Franco

Durante años, Nicolás Maduro fue visto como león por unos y como serpiente por otros. No se trataba de dos figuras distintas, sino del mismo ego político visto desde miradas opuestas. Esa diferencia en la forma de verlo no fue casual: fue el espacio donde se sostuvo su poder y, al mismo tiempo, donde empezó a quebrarse.

En Venezuela, en el territorio que él mismo fue moldeando, el león no era respetado: era temido. El control no venía de la confianza, sino del miedo. La obediencia no nacía del acuerdo, sino del silencio. Ese tipo de poder no aparece solo; se construye poco a poco, se impone y se mantiene creando un ambiente donde cuestionar tiene consecuencias. En ese escenario, no hace falta convencer a nadie: basta con que nadie se atreva a desafiar.

Pero para quienes sufrieron directamente ese poder, las víctimas de la oscuridad, del cierre de espacios, del control total y de la permanencia forzada, el mismo ego empezó a verse como serpiente. Un poder cerrado, desconfiado, que ya no escuchaba y solo buscaba sobrevivir. Y cuando el poder actúa como serpiente, no se le enfrenta cara a cara: se le debe neutraliza. “Cortar la cabeza de la serpiente” no es una frase simbólica ni moral; es la forma de detener un poder que ya no dialoga.

Las señales estaban ahí desde hace tiempo. El problema no fue la falta de advertencias, sino la incapacidad de escucharlas. Aun rodeado, el ego siguió viéndose como león. Cuando un ego político se cree su propio personaje, pierde capacidad de reacción. Ya no sabe retirarse a tiempo, no sabe leer lo que pasa a su alrededor y no sabe ceder sin sentir que pierde todo. En ese punto, cualquier intento de diálogo se vive como humillación y cualquier salida razonable se rechaza.

Por eso la decisión final siempre es personal. No porque el mundo no presione, sino porque la última decisión se toma en soledad. Si ese ego hubiera aceptado una salida negociada, habría intentado conservar el control de la situación. Pero cuando el ego se impone sobre todo, empuja el camino hacia la extracción. Y la extracción no es solo una operación: es el resultado de no haber querido poner límites a tiempo.

Después llega lo que hoy marca la política: la vitrina pública. Ya no basta con controlar instituciones; todo se expone. Cada desenlace se muestra ante las masas y el juicio nunca es igual para todos. Hay quienes celebran, quienes sienten alivio, quienes se indignan o quienes guardan miedo. Y, sobre todo, hay una pelea por el significado de lo ocurrido. Para algunos cayó la serpiente; para otros, fue la caída del león. El hecho es el mismo, pero la interpretación se divide. Y en esa división se empiezan a mover conductas, apoyos y rechazos.

Es en ese punto donde aparece lo que muchos llaman justicia internacional. No como una idea perfecta, sino como una práctica dura: derecho mezclado con fuerza, con presión pública y con cálculo político, para aliviar la pena de un pueblo, nos remonta que si se puede a la primera vez cuando ocurrió con Manuel Noriega, en Panamá, terminó siendo extraído por desafiar. No son los mismos tiempos ni las mismas condiciones, pero el patrón se repite: cuando el poder deja de escuchar y se encierra, las salidas se acaban y el desenlace llega impuesto. El ego no cae solo. Deja consecuencias profundas en países enteros.

Lo que se abre ahora no es solo un cambio entre Estados. Es algo más profundo: una forma distinta de mirar la conducta política. En un mundo donde todo se graba, se filtra, se compara y se recuerda, creer que hablar bien sustituye actuar bien es una ilusión peligrosa. El problema ya no es lo que se dice, sino lo que se hace y lo que se permite.

Hoy hay más ojos atentos, más oídos y más memoria. La justicia, formal o no, no se mueve por discursos, sino por hechos acumulados. Y cuando las palabras no coinciden con las acciones, la verdad termina apareciendo, no por casualidad, sino porque ya no se puede esconder, esto deben aprender los políticos.

Una advertencia clara para políticos que aspiran a cargos de elección popular, para quienes gobiernan hoy y para quienes gobernarán mañana: el ego puede volverlos sordos y ciegos justo cuando más necesitan entender su entorno. No se evalúa solo lo que dicen, sino lo que hacen, lo que toleran, lo que encubren y lo que permiten. El daño que se normaliza dentro de un país suele verse como daño desde fuera.

Al final, esto no trata solo de Maduro. Trata del riesgo común del poder cuando se enamora de su propia imagen. Del león que se cree invencible y no entiende que, para muchos, ya era serpiente. Y cuando el ego no aprende a retirarse a tiempo, la vitrina se enciende, las masas juzgan y la historia avanza sin pedir permiso.

spot_img
spot_imgspot_img

Lo + Nuevo

spot_imgspot_img