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Felipe Melo, el volante recio al que gustan las flores hoy enterró a Brasil

Johannesburgo – «Reconozco que a veces me paso de los límites pero estoy trabajando para evitarlo y mantener la concentración en el Mundial», dijo el 12 de junio pasado Felipe Melo, un volante recio con cara de malo al que le gusta recibir flores.
 

El ‘mea culpa’ no tuvo efectos y hoy, en el crucial partido con Holanda en el que volvía a la formación titular después de sufrir con una lesión en el tobillo izquierdo, terminó como villano, pese a tener un comienzo primoroso.

La expulsión a los 77 minutos por una grosera pisada a Arjen Robben puso la guinda a una presentación que comenzó a dañarse cuando de cabeza marcó en meta propia el gol del empate holandés.

Ya nadie recuerda el soberbio pase que desde el punto central de la cancha lanzó a Robinho para que recogiera el balón en la media luna y batiera a Maarten Stekelenburg a los diez minutos.

Fácil, muy fácil parecía la ‘final adelantada’ del Mundial, pero Felipe Melo y sus compañeros fueron quizá ingenuos al permitir la provocación en el primer tiempo de sus rivales y en el segundo no lograron administrar la ventaja por culpa de los groseros terribles errores de una defensa espigada que hoy fue lenta y de hielo.

«¡Mi amigo, yo soy volante!», dijo en tono intimidador a un periodista que le cuestionaba por las reiteradas faltas que cometía y las cartulinas amarillas que recibió en los dieciséis partidos que hasta entonces había jugado con la selección brasileña.

El jugador nacido el 26 de junio de 1983 en Volta Redonda, municipio de Río de Janeiro, admite con placer que tiene cara de malo, lo que le granjeó, medio en serio, medio en broma, una fama de violento entre sus compatriotas.

Aún así, quiso sensibilizar a la prensa al declararse «un amante a la antigua», de esos que no solo regalan flores.

«También me gusta recibir flores», juró.

La confesión coincidió con la celebración en Brasil del Día de los Enamorados, y la charla de fútbol tuvo un giro inesperado cuando el jugador divulgó que había pintado a su esposa, Rafaela, un corazón, que envió como una tarjeta electrónica.

«Me inspiré en mi padre cuando lo veía expresar amor a mi madre. Soy casado hace seis años pero soy eterno enamorado», puntualizó.

Tanta ternura solo es comparable con la intensidad con que defiende su otra pasión: el equipo ‘canariho’.

Por eso elevó de nuevo la voz para calificar como «una payasada» la repercusión que medios brasileños dieron hoy a una discusión de Daniel Alves con Julio Baptista en un entrenamiento.

Al jugador del Juventus también le fue atribuida una entrada fuerte sobre Kaká, antes de viajar a territorio sudafricano.

«Eso me afectó muchísimo porque en Europa quedé como un jugador malintencionado», se lamentó.

«Tenemos que unirnos todos y hacer fuerza por Brasil. Si ganamos nosotros, gana todo el país», enfatizó.

Brasil perdió hoy, y el hombre con cara de malo que gusta de recibir flores ya es visto como el que echó las primeras palas de tierra a las aspiraciones del Dunga y sus 23 elegidos.

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