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El microcrédito y las penalidades de la pobreza

José Azcona

La pobreza tiene una fuerza gravitacional importante. Podemos observar en muchos casos de la vida real cómo la falta de acceso a la información financiera, prejuicios de partede los operadores, desafíos producto de las capacidades o conocimientos educativos de las personas, y otros conspiranpara evitarle a las personas el acceso a los medios formales, tanto para obtener financiamiento como para el ahorro.

Los efectos de estas dificultades son doblemente perniciosos. Una persona con menor nivel educativo y menosconocimiento y contacto de cómo operan las cosas tendrá que pagar mucho más por su financiamiento, siendo obligado a recurrir a mecanismos informales que alguien que sí cumplacon estas condiciones. Es decir, la desventaja inicial de tenermenos recursos es magnificada por una severa desigualdad de acceso a las oportunidades. Esto hace difícil la movilidad y elcrecimiento, perpetuando las penalidades sociales y económicas asociadas con la precariedad.

Este problema tiene dos caras distintas y complementarias, que son el acceso al crédito y las formas de ahorro. El microcrédito ya existe en la práctica. Y siempre lo ha existido. En la agricultura, el comercio informal y en los adelantos de los jornales, ya existen personas que se dedican a cumplir con esta necesidad social. El problema es que los riesgos para elprestamista, las debilidades y falta de conocimiento de losprestatarios y la ausencia de mecanismos institucionalesaccesibles causan que las tasas de interés sean irrisoriamentealtas. Vemos casos donde existen hasta intereses diarios que pueden superar el 10% en el comercio, lo cual es claramenteun abuso y violación de los derechos económicos de las personas. Pero por la desesperación, las personas recurren aesto.

En este contexto, el microcrédito formal intenta posicionarsecomo una alternativa menos abusiva y más organizada. Sin embargo, en la práctica muchas veces reproduce las mismasdinámicas de explotación que se observan en los mercados informales. Aunque las tasas puedan ser relativamente másbajas que las del usurero de barrio, siguen siendodesproporcionadas si se comparan con las que enfrenta unapersona de ingresos medios o altos. El costo del dinero para los pobres siempre es mayor, y ese hecho genera un círculo de deuda difícil de romper: el microcrédito, en lugar de ser unaescalera de ascenso, puede convertirse en una trampa de la que es complicado salir.

No se puede negar que existen historias de éxito asociadas al microcrédito. Pequeños talleres, ventas ambulantes o iniciativas familiares que lograron crecer gracias a un préstamo oportuno suelen citarse como ejemplos inspiradores. Sin embargo, estas experiencias positivas tienden a ser la excepción y no la regla. La mayoría de los prestatariosenfrenta enormes dificultades para traducir el crédito en un negocio sostenible, ya sea por la falta de mercados, la competencia desleal o la ausencia de capacitación. En estesentido, el microcrédito puede aliviar necesidades inmediatas, pero pocas veces se traduce en una mejora estructural de la situación de pobreza.

Para los adelantos salariales de los jornaleros, existengeneralmente mecanismos informales, muchas vecescorruptos, donde se utiliza el poder de allegados a la empresapara mantener con la figura de cooperativas u otras formas de adelanto salarial los mismos con intereses bastanteconsiderables. No es extraño ver de casos donde se le adelantea un trabajador un monto contra su pago mensual o quincenalhasta con un 20% de interés. Este problema se pudieseresolver con un sistema de cooperativa interna o comomínimo un sistema de adelantos salariales por montosinferiores a un salario mensual, garantizado como un adelantode las prestaciones laborales. Generalmente, aunque un empleado abandone el trabajo, los montos que debe recibir de beneficios, aun por décimo tercero, décimo cuarto mesacumulados, vacaciones u otros, siempre excederá un montomensual de salario. Así que la empresa no debe estar en riesgode pérdida y sí le haría un buen favor a sus colaboradores no poniéndolos en manos de agiotistas.

Lo que estos ejemplos revelan es que la pobreza no solo implica la carencia de ingresos, sino también la exposición a mecanismos financieros desventajosos que multiplican la vulnerabilidad. Tanto en el mercado informal como en elámbito laboral formal, las personas pobres se ven forzadas aaceptar condiciones que cualquier sistema justo consideraríaabusivas. De ahí surge la urgencia de diseñar institucionesaccesibles, transparentes y seguras que ofrezcan opciones de ahorro y crédito con reglas claras y tasas razonables. Sin estabase, cualquier intento de combatir la pobreza desde elmicrocrédito corre el riesgo de convertirse en otra herramientaque perpetúa la desigualdad en lugar de reducirla.

La naturaleza de este problema es cíclica y compleja. Para poder resolverlo, los sectores con más acceso a la formalidadque generalmente incluyen la totalidad de los formadores de opinión y los tomadores de decisiones públicas, debemos estarconscientes del enorme peso que representa la precariedadpara las personas con menos ingresos y conocimientos. Es importante que las empresas, las instituciones y el Estado, y la banca, tomemos todos en cuenta este problema para irgradualmente mejorando las condiciones de acceso al créditoy al ahorro para todos.

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