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CATAR: La Copa Mundial de la vergüenza ajena

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Análisis de Alberto García Marrder – Especial para Proceso Digital

La vinculación de los dictadores y gobernadores autoritarios con el deporte para propaganda y blanquear sus atrocidades no es nada nuevo.

El italiano Benito Mussolini tuvo su Copa Mundial de Fútbol en 1934, en Roma. Adolf Hitler no pudo tener su Copa Mundial de Fútbol en 1942 por la segunda guerra mundial, pero le dieron unas Olimpiadas en 1936 en Berlín. El dictador argentino Jorge Rafael Videla en 1978 en Buenos Aires, Francisco Franco, la suya en 1982, en Madrid. Y a Vladimir Putin le ayudó mucho geopolíticamente la Copa Mundial de 2018 en Moscú.

Ahora tiene lugar la Copa Mundial en un emirato en Catar (Katar), en Oriente Medio y con muchos petrodólares por medio. Le llaman ya “La Copa Mundial de la Vergüenza” por la falta de respeto a los derechos humanos en Catar, según denunció la organización “Amnistía Internacional”.

Pero también hay que señalar una supuesta corrupción en el organismo que la concedió hace 13 años: la FIFA (La Federación Internacional de Fútbol Asociado).

El equipo de Alemania muestra su protesta por la censura, tapándose la boca. (Foto EPA-EFE).

Que hayan prohibido la venta de cervezas en esos espléndidos estadios que han construido es lo de menos.  Pero sí es destacable los más de ocho mil obreros migrantes (especialmente de Nepal, Bangladesh y la India) que han muerto por las condiciones infrahumanas en las que han estado trabajando (altas temperaturas del desierto), explotación laboral y pagos de salarios (menos de 300 dólares por mes) retrasados en tres meses.

Y el trato a las mujeres en ese Emirato es de vergüenza. Solo esta mención lo dice todo: Una mujer no puede entrar a un taxi sin el permiso de su esposo, padre o hermano mayor. Y siempre tiene que caminar detrás de uno de ellos. Y está prohibida la homosexualidad.

Los organizadores de este evento, el mayor espectáculo deportivo de cada cuatro años, se defienden a su manera: “Es nuestra cultura, por favor, respétenla. Así como lo hacemos nosotros cuando viajamos a Londres o Nueva York”.

Y la defensa de la FIFA es aún más atronadora. Su presidente, el italo-suizo Gianni Infantino ha acusado a los países occidentales de hacer “un ejercicio de hipocresía” por criticar la situación de los derechos humanos en Catar, sin atender su propio pasado histórico.

«Por lo que los europeos han hecho al mundo durante los últimos 3,000 años deberían estar disculpándose otros 3,000 antes de empezar a dar lecciones morales”, declaró el presidente de la FIFA en una rueda de prensa.

Infantino defendió con rotundidad la celebración del torneo en un país criticado por la discriminación a las mujeres, la represión contra la comunidad LGBT (lesbianas, gay, bisexual y transgénero) y el maltrato a los trabajadores extranjeros.

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, defiende la Copa Mundial en Catar, ante las críticas por haber sido escogida como sede.(Foto Moahamed Mesaria-EPA-EFE).

En este Mundial de Catar, la FIFA aspira a ingresar unos 6,400 millones de dólares y más de la mitad en derechos televisivos por todo el mundo. Ese es el gran negocio. Se espera que más de 5,000 millones de personas en todo el mundo vivirán los partidos por televisión.

Sobre la gesta valiente del equipo de Irán de no cantar su himno, como protesta contra el régimen iraní de los Ayatolas, el portal “El Español”, de Madrid, dice en un editorial:

“Su valentía contrasta con la cobardía de Occidente. Los valores no están sólo para reivindicarlos con la palabra, sino para promoverlos con los hechos. Ojalá alguien se atreva a desafiar a una FIFA vendida al mejor postor. Si los occidentales pretenden ser coherentes con su discurso y redimir sus pecados, como el de acceder a un Mundial en Rusia en 2018 y a otro en Catar en 2022, tendrán que comenzar a aplicarse sus propios criterios morales.”

En pocas palabras, esta Copa Mundial en Catar nos pone en un dilema serio a los que nos gusta disfrutar de los partidos televisados de este evento: ¿cerramos los ojos y como si nada?

Elda Cantú , senior editora para América Latina del “The New York Times”, lo analiza muy bien: “Los eventos deportivos mundiales organizados por dictadores y autoritarios se han vuelto demasiados familiares, lo que obliga a la fanáticos a hacer una especie de pacto con el diablo: amar los deportes mientras navegan continuamente por el campo minado como “sportwashing” (blanqueo deportivo), el intento de escudarse en las grandes celebraciones deportivas”.

Pues sí, eso es la fácil, el pacto con el diablo. Y a interesarnos más en saber si Argentina (dos veces campeona) podrá recuperarse o no de ese humillante 2-1 que le metió el reino de la monarquía absoluta de Arabia Saudí, un país con poca experiencia futbolera, pero sí con muchos petrodólares.

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