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Una muestra en Nueva York restituye la verdad sobre las fotos de Robert Capa

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Nueva York – Pocos fotógrafos han alcanzado la fama del mítico Robert Capa, el padre fundador del fotoperiodismo de guerra, pero ha habido demasiados malentendidos sobre su persona y su obra que quedarán disipados con la exposición «Death in the making» que presenta en Nueva York el Centro Internacional de Fotografía (ICP) hasta el próximo 9 de enero.

La exposición lleva el título de la obra que ya en 1938 publicó Capa con sus imágenes del primer año de la Guerra Civil española: un libro (con la famosa «Muerte de un miliciano» como portada) editado entonces sin mucho cuidado, con numerosos errores en la atribución de las fotos o en la identificación de lugares y que ahora la comisaria Cyinthia Young se ha ocupado de reparar en una nueva edición aparecida en 2020.

La exposición en el ICP no es sino una prolongación de esta nueva edición del libro que ha tratado de ser lo más fiel al original, evitando la tentación -reconoce Young en entrevista con EFE- de incluir otras imágenes icónicas de la larga carrera de Capa, aunque fuera de otros periodos de la misma guerra española.

Tres nombres y tres seudónimos

Si hay una persona ensombrecida por la fama de Capa, esta es Gerda Taro, su amante y colega, con quien en 1936 viajó de París a Madrid a pisar el barro del frente, siempre del lado de los republicanos.

Comienza aquí el primer equívoco: ni ella ni él se llamaban así: ambos eran judíos -Gerda nacida en Alemania, Robert en Hungría- y decidieron cambiarse sus nombres por otros que no denotaran sus orígenes en aquella Europa podrida de antisemitismo, y que tuvieran una sonoridad más «internacional».

Dicen sus biógrafos, y Young lo confirma, que Taro, procedente de una familia acomodada, enseñó a Capa a moverse en sociedad -a vestirse y hablar con propiedad-, mientras que él le enseñó el arte de la fotografía, en el que ella pronto destacaría. Junto a ellos se movía un tercer fotógrafo, también judío y también con un seudónimo, Chim.

Aquí llega el segundo equívoco, el más injusto: las fotografías de Taro y de Chim llegaron a los periódicos y revistas europeas -y más tarde americanas- remitidos por Capa, y tal vez por ello todas pasaron a la historia como obras de Capa, aunque -precisa Young- nadie puede demostrar que Robert tratase de apropiarse de las imágenes de sus amigos.

La prueba: cuando el fotógrafo publicó aquel libro en 1938 lo dedicó «a Gerda Taro, que pasó un año en el frente de España, y allí se quedó». Una elegante elipsis para no contar que a Gerda la aplastó por error un tanque «amigo» a las afueras de Brunete, donde en julio de 1937 se desarrollaba una de las batallas más sangrientas de la guerra. Tenía 26 años.

La maleta mexicana

La comisaria ha logrado trazar la autoría de casi todas las fotos de aquel bautismo de fuego que supuso el paso de Capa a la posteridad, gracias entre otras cosas a una maleta aparecida en México en 2007 y que contenía miles de negativos del propio Capa, de Taro y de Chim.

Ahora, en el nuevo libro y en la exposición neoyorquina, Young ha establecido con certeza que de todas las fotos de aquel libro, cabe atribuir 111 a Capa, 24 a Taro y 13 a Chim.

Young siente que ha hecho justicia a Taro: «Ya no es simplemente la novia de Capa, aunque no haya entrado en la Historia». Sostiene Young que en la atribución de las fotos a Capa tuvo mucho que ver no tanto una intención de Capa sino el machismo de una época, en la que convenía presentar al héroe con su servicial amante. En cuanto al «borrado» de Chim, lo atribuye a errores o desidia de la agencia Magnum.

Milicianos, curas y la Cibeles

Las imágenes del trío de fotorreporteros trazan un panorama bastante familiar -gracias sobre todo a ellos- de aquella España que trataba de levantar un ejército casi de la nada: pueden verse sesiones de formación de reclutas en Valencia, la bendición de un cura a un batallón vasco o un miliciano con la imagen de un santo entre las ruinas de una iglesia bombardeada.

Aparece la estatua de la Cibeles mientras se levanta a su alrededor un parapeto de sacos terreros, mujeres y niños que miran angustiados al cielo de Madrid al paso de unos aviones y milicianos que suben al tren. Una vez en combate, unos son retratados heridos en camilla, y otros tocando música con acordeones en un momento de asueto.

«No es un bonito libro de fotografías a la usanza actual», advierte Young. Para Capa, que ni siquiera sabía inglés cuando el libro se publicó, se trataba de «una herramienta de propaganda», un útil educativo destinado a contar al público estadounidense «una causa pura». AG

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