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Sociología de la subcultura del fútbol en Honduras

Por: Ernesto Gálvez

Tegucigalpa.- Aclaro: no es que el fútbol sea subcultura, es que los hondureños hemos rebajado al deporte más popular y practicado del mundo.

En los países verdaderamente civilizados todos podemos observar que en los estadios donde se practica este bello deporte, apenas colocan una pequeña barda de un metro de altura para establecer el límite de los espectadores con los jugadores.

Aquí en Honduras, colocan muros, casi a la idea de Trump, para evitar que los aficionados se salten, cual cabros o caballos, esos límites que cualquier persona con dos dedos de frente entiende las señales en cualquier lugar donde se encuentre. Un motorista sabe que si se pasa la señal de rojo en el semáforo se expone a morir.

Pero en nuestro querido país, hasta los más “inteligentes” como el “mejor” narrador de fútbol televisivo Salvador Nasralla, celebraba, animaba y aplaudía a los aficionados que irrumpieron en el campo exclusivo para jugadores y árbitros, en una actitud francamente estúpida, irresponsable, cavernaria y hasta demente que le retrata, una vez más, su ineptitud e incapacidad, no sólo para ostentar una candidatura presidencial, sino también, se auto descalifica como periodista deportivo, oficio del cual el suscrito había, equivocadamente, calificado como el mejor en su campo. Me pregunto: podría hacer lo mismo: saltarse la cerca siendo presidente de la República?. Claro que sí.

Pero ahora analicemos el lado de los aficionados. ¿Se justifica que un hondureño asesine a otro compatriota, sólo porque use una camiseta representativa del equipo contendor al suyo?. ¿O que en el estadio o fuera de él, los jóvenes se enfrenten, con todas sus fuerzas destructivas, contra otro grupo de simpatizantes de otro equipo, hasta el punto del asesinato colectivo? Por supuesto que no. Pero eso se da con demasiada frecuencia en este país, alimentado por las llamadas “barras bravas” que cada equipo organiza, dizque para llevar más aficionados a los estadios.

Los auténticos aficionados al fútbol, los que vamos en grupos familiares a relajarse, a divertirse, a pasar un buen tiempo, ahora temen por sus vidas y se reprimen hasta para identificarse con el equipo de su simpatía. De ahí que el sano deporte del fútbol que fue, se ha venido convirtiendo en una actividad controlada por actores cada vez más “lumpen”, como le llaman los teóricos marxistas a los sectores más bajos y desempleados de la clase obrera. 

Pero también los entrenadores muchas veces muestran lo peor de sus personalidades al comportarse como niños desobedientes, haciendo rabietas en su área técnica, intentando imponer su criterio de manera absurda, sabiendo que los árbitros son los únicos que tienen la autoridad para imponer las decisiones en el ejercicio del deporte.

El entrenador Jorge Luis Pinto debería solicitar la nacionalidad hondureña porque es campeón como payaso circense cuando reclama, sabiendo que será expulsado de la cancha y castigado por varios partido. La FENAFUTH debería rebajarle la mitad de su sueldo mensual, cada vez que se comporta como cualquier vulgar, irrespetando al público, a sus jugadores y al mismo deporte que lo ha hecho famoso. 

Los árbitros son los únicos que pueden equivocarse, pues las leyes les apañan sus “errores de apreciación” que, como el gol fantasma de Panamá, deja por fuera del repechaje a Estados Unidos y de la clasificación directa a Honduras. Pero aún en esos casos, la severa afición posee algunos exponentes que, a grito partido, le ponen en el prostíbulo a su progenitora, cosa que tampoco se justifica; esto sin considerar los coros y vulgares estribillos racistas o insultantes que, últimamente, la FIFA sanciona a la Federación con severas multas por expresiones que no dijo, previo lanzamiento al área de juego de piedras, botellas, petardos o cualquier objeto contundente.

Ahora las autoridades deportivas castigan a los equipos o federaciones con la inhabilitación de estadios para un número determinado de partidos, igual que se hace con entrenadores o jugadores. Pero como el deporte del fútbol tiene un alto componente emocional y hasta irracional, dichas sanciones generalmente no tienen el impacto disuasivo que pretenden, sobre todo en nuestro país, cuyos niveles de agresividad y violencia social y política son elevados, y que son producto de múltiples causas, como las frustraciones personales de tipo político, económico, familiar y cuya furia se descarga utilizando los colectivos humanos como en estadios, mítines, o manifestaciones callejeras.

Esta realidad sociocultural vinculada al fútbol, debería ser abordada por entes estatales y privados que haga posible establecer una estrategia de comunicación lo suficientemente asertiva que incida en un cambio de actitud en cada uno de los actores relacionados con el “deporte rey” en Honduras. El establecimiento de escuelas o academias deportivas por parte de clubes deportivos, universidades, municipalidades, empresa privada, etc, debe ser una meta concreta para profesionalizar el deporte de fútbol desde la categoría mosquito.

Ello hará que nuestros jugadores dejen la penosa práctica del “teatrismo” que dramatiza y sobredimensionan faltas recibidas con el obvio propósito de ganar tiempo cuando se va ganando. Esa fue la causa que motivó al árbitro para reponer seis minutos frente a Costa Rica, que permitió el empate que nos colocaba directamente al mundial, sin depender de otros resultados.

Las universidades deben crear la carrera de periodismo deportivo donde la ética deportiva eviite que desde el micrófono se incentive la violencia, no sólo para insinuar atacar a un árbitro, sino evitar el lenguaje cargado de violencia, como las palabras: matador, tanque, artillero, ablandador, etc, existiendo infinidad de mejores vocablos en nuestro rico castellano. Las escuelas de entrenadores y de planificadores del fútbol harán que nuestro enorme potencial humano afro-hondureño se destaque, individual y colectivamente en el mundo.

El deporte del fútbol es uno nuestras pasiones; no dejemos que se degenere; es un elemento de integración nacional y de alegría y descarga social positiva, si se maneja profesional e inteligentemente. Manos a la obra.

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