Relacionan edad parental de inicio Alzheimer con mayor riesgo para las hijas

Barcelona (España) – Investigadores de la Fundación Pasqual Maragall de Cataluña han detectado que la proximidad a la edad parental de inicio de los síntomas del Alzheimer está relacionada en mujeres con una mayor acumulación de la proteína beta amiloide, que es una de las lesiones características de esta enfermedad.

Este estudio, que ha contado con el apoyo de la Fundación «la Caixa» y con la participación de investigadores de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), del University College London (Gran Bretaña), y con la colaboración del CIBER de Fragilidad y Envejecimiento Saludable, y el CIBER de Bioingeniería, Biomateriales y Nanomedicina», se ha publicado en la revista científica Neurology.

El trabajo se desarrolló en 290 participantes (63% mujeres y 37% hombres) sin alteraciones cognitivas y procedentes del Estudio Alfa, que es una de las mayores infraestructuras de investigación del mundo para la prevención del Alzheimer.

Los participantes son en gran parte descendientes de personas con Alzheimer y tienen edades comprendidas entre los 45 y 75 años.

Para llevar a cabo el estudio, los participantes contestaron una serie de cuestionarios clínicos, pruebas cognitivas y se les sometió a una punción lumbar, resonancia magnética y una tomografía por emisión de positrones.

Todas estas pruebas se efectuaron para confirmar si la proximidad a la edad parental de inicio de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer estaba asociada con una mayor carga de la proteína beta amiloide y con otros biomarcadores de daño neural.

También se evaluaron factores de riesgo no modificables, como la edad, el sexo y la genética, y factores modificables, como los años de escolarización, y la salud mental y vascular.

La acumulación de la proteína beta amiloide puede empezar a desarrollarse hasta 20 años antes del inicio de los síntomas clínicos de la enfermedad.

Así, la presencia de placas de esta proteína en el cerebro incrementa exponencialmente el riesgo de padecer deterioro cognitivo y, por lo tanto, de entrar en la fase clínica de la enfermedad de Alzheimer, aunque hay personas que, pese a tener estas placas, nunca desarrollarán síntomas, han explicado los investigadores.

Los resultados del estudio indican, de forma grupal, que los participantes que presentaban una mayor acumulación de la proteína beta amiloide eran las mujeres de más de 60 años y que estaban a una proximidad de entre 7 y 8 años antes de la edad en la que alguno de sus padres empezó a manifestar problemas cognitivos.

En el caso de tener dos progenitores afectados, la acumulación de la proteína era aún más elevada.

Además, estos efectos eran independientes de si las participantes eran portadoras o no del genotipo APOE-4, que también incrementa el riesgo de desarrollar la enfermedad.

La investigadora principal del estudio, la doctora Eider Arenaza-Urquijo, ha explicado que «la edad parental de inicio de los síntomas del Alzheimer es una variable sencilla de recoger que puede ser muy útil de cara a enriquecer los ensayos clínicos de prevención ya que, junto con otras medidas, se podrá seleccionar a personas que tengan un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad».

A su juicio, «podríamos ser capaces de detectar antes la acumulación de la patología amiloide en las mujeres que presenten éste y otros factores de riesgo de la enfermedad, y permitirles que se beneficien de programas de prevención».

En cuanto a la asociación de la edad parental de inicio de los síntomas y otros biomarcadores de daño neural, los investigadores no detectaron resultados significativos.

En referencia al papel de los factores de riesgo modificables, el equipo de investigadores sí que halló una asociación destacada: a medida que los participantes tenían más edad, y sin distinción por sexo, los que tenían historia de ansiedad o depresión presentaban un menor volumen del hipocampo, que es una de las áreas cerebrales que primero se atrofian en la enfermedad de Alzheimer.

Según la autora principal del estudio, «este resultado sugiere que la ansiedad y la depresión podrían disminuir la resiliencia cerebral».

El estudio también ha contado con la participación de investigadores de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), del University College London (Gran Bretaña), y con la colaboración del CIBER de Fragilidad y Envejecimiento Saludable, y el CIBER de Bioingeniería, Biomateriales y Nanomedicina.

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