Por: Otto martín Wolf

Qué pregunta más difícil de contestar.  A lo largo de la historia ha dado origen a las más variadas y fantásticas respuestas.

Los Sumerios, primera civilización de que se tenga noticia, (miles de años antes de la Biblia) creían que el universo apareció por primera vez cuando Nammu -un abismo sin forma- se creó a sí mismo en un acto de auto-procreación y dio nacimiento a An (Dios del cielo) y a Ki (Diosa de la Tierra).

Si usted hubiera nacido ahí, con seguridad habría adorado sus dioses, creído sus leyendas y hasta burlado de los que no creían en eso.

No quiero dar una lección de historia pero los musulmanes creen que Allah (dios) creó el universo en seis días y, de paso, “no se agotó en lo más mínimo”.

Ya tenemos dos respuestas a la pregunta, pero hay miles, cada religión, creencia o superstición a lo largo de la historia ha formulado la suya propia, muchas veces mezcladas como podemos ver la coincidencia entre los seis días de Allah y, los de la Biblia.

Los Aztecas, lejos del área de influencia del Medio Oriente antiguo, creían que “su” dios, Ometecuhltl, junto con su esposa Omecihatl, habían creado la vida sobre la Tierra y que esa pareja dio luz a dioses que más tarde crearían cada uno de los soles y éstos a más de 1600 “divinidades”.

No creo necesario dar más ejemplos para demostrar que en el pasado todos han creído en la creación mágica por parte de un ser superpoderoso e invisible que se encuentra en un lugar desconocido.

De nuevo, aquellos que no creían en lo que los sacerdotes predicaban posiblemente arriesgaban la vida; la religión ha sido muy cerrada cuando alguien pregunta o contradice.

Fue la ignorancia científica lo que los llevó a creer esas fantasías, al no tener una respuesta creíble y comprobable, actitud que persiste en mucha gente, de muchas religiones a lo largo del mundo.

Es lógico, es más fácil creer en magia que estudiar ciencia, especialmente si la respuesta científica nos lleva a la conclusión de que no hay dios, ni cielo y, sobre todo, tampoco vida después de la muerte, máxima aspiración de muchos.

Si alguien cree que lo que dice la Biblia, que la Tierra tiene alrededor de seis mil años, es muy difícil convencerlo de que hay fósiles que tienen millones de años, lo que contradice categóricamente el texto sagrado.

Hay algunos que, en su ceguera, dicen que dios creó la Tierra con todo y fósiles.

Contra esa actitud, de qué sirve el razonamiento o las pruebas científicas?

Por otra parte, crear un dios para que ese mismo dios nos garantice la “vida eterna”, es una manera fácil -pero ciega y cobarde- de no aceptar que somos iguales a la grama, las hormigas o los osos, habitantes del planeta y que al final de la vida no hay cielo ni infierno, ni premio ni castigo y que nuestro comportamiento respecto a los otros seres humanos -y todo lo viviente- depende de la actitud de cada uno, no de ningún designio divino.

Yo no tomo, no fumo, nunca he probado drogas, no he robado ni matado, jamás he hecho daño a nadie en forma consciente y, también, no creo en dios, en ninguno de los miles de dioses que han existido en la historia.

Cuando muera mi cuerpo se va a integrar al cosmos, seré parte de la Tierra como lo soy ahora, sólo que en otra forma.

No tengo problema con eso, estoy preparado a no existir después aunque, desde luego, voy a tratar de permanecer vivo lo más que pueda, que conste.

Entonces, quién nos hizo? La respuesta es nadie.

Cuál es la razón de la vida? Vivir y conservar la especie.

Dónde vamos después de la muerte? A ningún lado, aquí nos quedamos y “nuestro cuerpo será camino y dará verde a los pinos y amarillo a la genista”, según canta Serrat.

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