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Prima desesperación entre familias de presos calcinados en cárcel de Honduras

Tegucigalpa – La desesperación primó este lunes entre los familiares de las víctimas mortales de la cárcel de Comayagua, quienes perdieron la cordura hasta irrumpir en la morgue, ingresar al furgón donde están los cuerpos sin vida y abrir las bolsas en un vano intento por identificar a sus parientes.
 

La escena ocurrió en medio de una histeria colectiva, pero nadie se atrevió a juzgar a los dolientes que esperan por los cuerpos desde hace siete días cuando ocurrió el siniestro.

Son más de un millar de personas entre parientes y amigos quienes han llegado a la capital hondureña para reclamar por los cuerpos de los reos calcinados.

Muchos se han quedado en las cercanías de la Facultad de Medicina de la UNAH, sede que se ha convertido en una enorme morgue donde 30 forenses hacen un trabajo casi interminable.

Las calles aledañas están inundadas de fetidez, pero ni eso ahuyenta a muchos parientes que junto a periodistas aguardan por informaciones.

Un albergue para larga espera

Muchos van por cortos espacios de tiempo a descansar a un albergue que les ofrece el Comisión Permanente de Contingencias (Copeco). Allí los familiares de Noé Cruz Martínez -uno de los 359 reos calcinados en el incendio carcelario- expresan que este ha sido el calvario más grande al que se han sometido en la vida.

Entre lamentos, angustia e impotencia, la mujer de Cruz Martínez asegura que está desesperada por recuperar el cuerpo de su difunto esposo, quien estaba confinado en la celda 10 del centro penal de Comayagua.

“Ya nosotros no aguantamos más esta incertidumbre, son siete días ya y no nos dan el cuerpo de mi marido, dejamos a los niños botados allá en Comayagua, al cuidado de una vecina, pero ya no podemos seguir así”, declaró Adalinda Rodríguez a Proceso Digital.

La viuda está recién criando un bebé de 15 meses, tiene tres hijos más (de 12, 11 y 9 años respectivamente), producto de su relación con el extinto.

A su solicitud de auxilio se une una decena de personas, en su mayoría mujeres, que aguardan en el amplio salón del centro de convenciones del Instituto Nacional de Formación Profesional (Infop), centro de operaciones del albergue de Copeco.

Claman por los cuerpos de sus familiares, denunciando a las autoridades del centro penal porque les niegan, según dicen, la documentación de sus parientes.

Otros tantos murmuran en las esquinas, se quejan por la demora en la entrega de los cuerpos, así como la solicitud reiterada de Medicina Forense para efectuarse más pruebas de ADN y partidas de nacimiento de sus parientes.

Temerosos de dar sus nombres, los hombres, mujeres y niños rondan en las afueras del lugar y se aprestan a ocupar las carpas de UNICEF y Copeco, con la esperanza de encontrar noticias sobre sus parientes o simplemente para una consulta psicológica o chequeo rutinario.

Un micrófono interrumpe sus apesaradas voces; les hacen un llamado al orden y les piden a estos ciudadanos que hagan fila para entregarles sus alimentos. Alguna gente se rehúsa, “sólo queremos a nuestras familias, ya no queremos comer”, responde un individuo que también omite su nombre, relata que perdió a su hermano en la celda número 6 y lamenta acongojado su deceso.

“Ya no queremos esperar más tiempo, exigimos que nos entreguen a nuestros esposos o hijos, estamos hartos de lo mismo y no nada hacen”, replican los refugiados, asistidos en su mayoría por personal de Copeco, médicos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y estudiantes de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), que han dicho presente en solidaridad con casi 300 familias que rondan el plantel.

Agentes de Derechos Humanos dialogan con los refugiados, otros simplemente guardan reposo dentro de las carpas verdes.

Las ocupan ancianas en su mayoría, quienes en sus ojos refleja un sentimiento de angustia, de desesperanza, de dolor y de pesar; una agonía que se extiende a medida transcurre el tiempo y que los cuerpos continúan siendo examinados en la morgue de Tegucigalpa.

A la fecha sólo 17 cadáveres se han entregado a sus familiares. “El proceso es lento” declara Melvin Duarte, vocero del Ministerio Público, quien llama a la cordura a los cientos de personas que se aglutinan desesperados en las afueras de Medicina Forense.
De los 359 cadáveres que reportó el lamentable suceso, se han practicado 210 autopsias de las cuales 60 personas se han identificado, aseguró Duarte.

Aún restan más de 100 exhumaciones por realizar, según la Fiscalía. Números que los dolientes no entienden, pues lo único que les haría menguar su agonía es el cuerpo de sus parientes, muchos de los cuales serán imposibles de reconocer ni por huella dactilar ni odontológica, por las graves consecuencias a las que se sometieron sus cuerpos la noche trágica del 14 de febrero.

La tarde de este lunes dejó escenas de caos y desesperación, cuando equivocadamente llegó a oídos de los apesarados deudos, noticias infaustas sobre el destino que correrían los cuerpos de las víctimas que aún falta por identificar.

Se provocó una reacción en cadena, al grado que las bolsas que contienen los restos mortales de los reos, fueron destapadas, provocando un dolor más grande al que ya tenían los parientes.

Varias personas que lograron apreciar los cuerpos declararon que éstos tenían perforaciones de bala y que no estaban quemados como dicen las autoridades.

Por su parte, el Fiscal General del Ministerio Público (MP), Luis Rubí, aclaró que como autoridad daba fe que de los 210 cuerpos autopsiados ninguno ha presentado perforaciones de balas y que en ese sentido los medios de comunicación deberían ser más responsables.

Entre tanto, el médico forense, Amílcar Rodas, explicó que al menos 30 forenses entre nacionales y cooperantes trabajan arduamente en la práctica de autopsias.

Indicó que la situación es estresante para los forenses debido a que se trata de más de 350 cuerpos y a la presión familiar de los dolientes.

Expresó que el estado de los cuerpos afectados por quemaduras profundas dificulta el trabajo que debe hacerse de forma científica y apegado a lo dicta la ley.

Dijo que entendía el dolor de los familiares, pero les pidió calma, paciencia y les reiteró que ellos trabajan sin ningún detenimiento.
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