PN rompe el hechizo: retiene el poder, pero deberá construir alianzas

Tegucigalpa – Desde que Honduras retornó a la democracia formal a inicios de los años ochenta, el Partido Nacional de Honduras, no había podido retener en dos períodos seguidos el poder en este país centroamericano, siendo la dinámica de la historia que a un gobierno nacionalista, le sucedían dos gobiernos liberales en forma consecutiva, pero en los comicios del domingo 24, el hechizo se rompió.
 

Los nacionalistas finalmente lograron obtener dos victorias consecutivas, las cuales parecen estar marcadas por la controversia. La primera fue en 2009, luego de la crisis de junio en la que se depuso la administración del ex presidente, Manuel Zelaya. El entonces candidato y ahora presidente, Porfirio Lobo Sosa, ganó los comicios a sus oponentes los liberales, pero a la vuelta le esperaba el tortuoso camino de lograr el reconocimiento internacional y promover la reconciliación a lo interno del país.

Lobo inició su gobierno con una Honduras aislada del concierto de naciones y en ese largo camino para el reconocimiento internacional se hizo acompañar de todas las fuerzas políticas del país, liberales, pinuistas, udeístas, democristianos y obviamente los nacionalistas. También de personalidades relevantes y otros sectores sociales que lo llevaron al triunfo y de los cuales se distanció con el tiempo.

Inicia la era del llamado “humanismo cristiano” en el Partido Nacional que el 8 de marzo de 2008 había reformado sus estatutos para dar un giro a ese instituto político de una derecha muy conservadora a una derecha moderada, de centro, le llaman ahora.

Con los matices que marcan este gobierno del presidente Lobo, el nacionalismo logra mantenerse en el poder, al lograr convertir el voto de castigo tradicional a un gobierno por un voto fundamentado particularmente en el tema de la inseguridad y el temor en un amplio sector poblacional a que Honduras caminara por la ruta del llamado socialismo del siglo XXI que hoy tiene a Venezuela -símbolo de esa propuesta ideológica- sumida en la miseria y una fuerte crisis política a punto de estallar, según los expertos.

La segunda controversia

Es la segunda controversia con que el nacionalismo deberá enfrentar su nuevo mandato. Denuncias de presuntas irregularidades salen en un intento por amargar el triunfo y si bien los reportes de la observancia internacional indican que no son significativos para revertir tendencias, recomiendan se resuelvan en el plano legal y mediante el diálogo.

Algo que tiene indignados en el patio a los integrantes de Libertad y Refundación (Libre), que al parecer no estaban preparados para la derrota.

El candidato nacionalista y futuro presidente electo de Honduras, Juan Hernández, el presidente más joven en la historia de Honduras, no sólo enfrentará las controversias políticas propias de la dinámica social, también un país con serias dificultades financieras y económicas, además de una violencia e inseguridad por la cual el pueblo que le votó en las urnas esperará respuestas más temprano que tarde.

Hernández, a su vez, se encontrará con el mandato repartido que el pueblo otorgó en el Congreso Nacional, donde su gobierno no podrá alcanzar la mayoría parlamentaria y se verá forzado a construir alianzas y consensos para poder generar gobernabilidad.

Esa primera alianza pasa porque su partido logre la presidencia del parlamento, caso contrario, su administración será tan vulnerable que corre el riesgo de estar sometido a controversias permanentes que le impedirán gobernar y aterrizar en sus proyectos de País. Hernández está frente a su primera gran prueba de fuego y requerirá del liderazgo mostrado cuando estuvo al frente del parlamento para lograr los consensos precisos.

Quizá por ello, previendo los escenarios posibles es que el nacionalismo ha sido prudente en el festejo de la victoria, la cual ha sido avalada por los informes de la observación internacional y nacional, así como por el reconocimiento de importantes gobiernos centroamericanos, latinoamericanos, de Estados Unidos y España, entre otros.

Las “caras de la democracia”

Uno de esos gobiernos es el del izquierdista Daniel Ortega de Nicaragua, cuyo reconocimiento cayó como un balde de agua fría entre la dirigencia, activistas y simpatizantes de Libre. No lo pueden creer.

Pero en el nacionalismo, ello no es sorpresa, trabajaron para ese escenario de reconocimiento en una relación que con antelación venía construyendo el presidente Lobo Sosa, el gran ganador con el nuevo triunfo del nacionalismo.

En el lado institucional, el nacionalismo ha dado muestras de ser un ente político organizado, riguroso y disciplinado, factores que podrán coadyuvar al gobierno a manejarse en la negociación política, además que deberá hacer uso de lo que llaman el poder de las “caras de la democracia”.

La Presidencia de la República es, para ocho de cada diez hondureños, una de esas caras con poder, a la cual el Partido Nacional, en la retención del mismo, está obligado a hacer del Ejecutivo una gestión “confiable” porque el poder le permitirá desarrollar parte de su agenda y la confianza le dará legitimidad. Si lo logra podrá hacer más fáciles las alianzas y consensos en el Congreso, caso contrario, entrará en la franja de lo que los analistas políticos llaman la “peor situación posible” que puede acontecer a un país.

Honduras ha entrado de la mano del Partido Nacional a una nueva etapa en su reconfiguración política, y aunque el nacionalismo rompió el hechizo al obtener dos victorias consecutivas, el desafío más grande que le espera al nuevo gobierno es evitar que su administración y el país caigan en una zona de riesgo a la que algunos quisieran apostar para burlar el mandato que ahora ha dado el pueblo en las urnas: la ruta de la democracia.


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