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Lo que nos dice el futuro

Julio Raudales

Llegamos al diciembre profundo. Las calles irrumpen coloridas y la gente se mueve más veloz e impaciente. Como cada año, la gente piensa en nacatamales, torrejas, rompopo y regalos para la familia y amistades. ¡Es sin duda la mejor época del año, la más amable y esperanzadora!

El gobierno, que por primera vez preside una mujer, quiso festejar a los hogares más pobres con regalos impregnados de su sello maternal, bonachón, consentidor, ¡de buena persona pues!

Ha “congelado” el precio de 40 productos de la canasta básica durante 30 días, también pretende encerrar a las pandillas que asolan los barrios marginales, con el objetivo de que cese la extorsión y ha comenzado la entrega de bonos en efectivo a las familias “jefeadas” por mujeres pobres.

Nadie con la cabeza bien puesta sobre el cuello podría criticar la buena intención, incluso el buen tino de estas medidas. Alguien debe regalar esperanza a esta sufrida Honduras y quien sino el gobierno mediante la búsqueda de bienestar, puede hacerlo aprovechando precisamente que estamos en navidad.

Pero no se debe olvidar que después del 31 de diciembre llegará enero de manera inexorable. Que habrá que volver a la escuela y la universidad, que los precios que fueron fijados no podrán sostenerse así “ad infinitum” y que no será sencillo, ni para la policía con toda su armería, mantener a las pandillas a raya y sin ofrecerles alternativas de vida.

Enero nos habla en diciembre sí, con inflación elevada, inseguridad, salarios bajos y miseria. Nada de eso se resolverá con la felicidad de las fiestas, aunque sea indispensable que por ahora olvidemos y seamos felices más allá del lastre que nos ha venido asechando y que continuará haciéndolo, aunque no queramos saberlo en navidad.

Habrá que negociar un ajuste al salario mínimo, aunque sepamos que éste, por muy elevado o racional que sea, no mejorará la condición de los hogares pobres sino viene acompañado de incrementos en la productividad de los trabajadores.

Habrá que asegurar presencialidad en las aulas, atención primaria para que haya salud en las comunidades, medicinas en los hospitales, seguridad mínima en los barrios y colonias, condiciones adecuadas para la producción de alimentos, servicios públicos competentes que catapulten la inversión y comiencen a generar bienestar.

Pero no es sencillo. Solo sucede cuando empresas, trabajadores y tecnología coinciden en impulso y confianza para generar mayor y mejor producción. Habrá que trabajar en ello a partir del 2 de enero. Tendremos que hacer algo distinto los hondureños a partir de 2023 si queremos que las cosas cambien para bien.

Trabajar la tierra con ahínco e inteligencia, buscar asociaciones productivas, juntar capital y esfuerzo para mejorar la cosecha de granos, la incubación y nutrición avícola, porcina y vacuna, establecer alianzas para cuidar y hacer productivo el bosque, desarrollar estrategias que atraigan inversionistas foráneos para mejorar la industria y los servicios, innovar en emprendimientos y en el comercio ¡En fin! buscar el desarrollo por nosotros mismos y no sentarnos a esperar, ese es el llamado del futuro.

El estado tiene sin duda una labor fundamental para facilitar nuestro trabajo, como también lo tienen la academia y los gremios. Pero no podemos sentarnos a esperar a que el gobierno aprenda a gobernar o que las universidades decidan atender su rol o que los gremios dejen de pensar en sus intereses y colaboren con nosotros. ¡Hay futuro para Honduras! Pero debemos buscarlo, exigir a quienes administran nuestros impuestos que cumplan con su trabajo, pero sin dejar la labor. ¡Nadie hará por los hondureños lo que debemos hacer por nosotros mismos!  

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