La odisea de un joven emigrante español a Honduras, vía Cuba, huyendo de la pobreza

El emigrante español José García Sánchez en Morón, Cuba, 1929. (Foto El Arte)

“Mis personajes Inolvidables” – 10

Miami, (EEUU) – Especial para “Proceso Digital.- Por Alberto García Marrder).

Había pobreza extrema en los años veinte en un pueblo de Salamanca (España) para que un niño de 11 años abandonara la escuela primaria para ayudar a su padre en las labores agrícolas.

Y como eso no ayudaba mucho, deciden ambos, en 1924 y a instancias del niño, ya de 16 años, salir del país. Toman un barco en Vigo hacia Cuba, lógicamente en lo más barato, en tercera clase.

Dejan solas a sus tres hijas (hermanas) jóvenes. La esposa (madre) había muerto años antes.

El padre (mi futuro abuelo paterno) se llamaba Ángel García Gómez y el hijo, (mi futuro padre), José García Sánchez.

Esta es la historia de cómo ese jovencito, a sus 16 años, comenzó lavando platos en un restaurante del Centro Gallego en Morón (Cuba).

En 1930, mi futuro abuelo paterno pasaba enfermo por sus trabajos de peón en un ingenio azucarero de Camagüey y se ve forzado a regresar a su pueblo, Ledrada, en Salamanca.

Mi padre lo acompaña hasta el puerto de La Habana y lloran los dos al despedirse: “Sabíamos que era la última vez que nos íbamos a ver…como así fue”, escribió en sus memorias.

Mi futuro padre aspiraba a más, no ser siempre un lavaplatos y camarero de restaurantes. Y lo consiguió.

Foto de Jose Garcia Sánchez en San Pedro Sula, Honduras. (Foto Ugarte).

Después de estar ya nueve años en Cuba y debido a la inestabilidad política y económica de la isla, viaja en barco, en 1933, a Honduras, en América Central.

En el puerto de La Ceiba, mi padre trabajó como camarero en un restaurante italiano y fue jefe de una sección del Comisariato de la compañía bananera “Stantard Fruit Company”. También jefe intermedio en una tienda al por mayor del español José Riba Marrugat (1934).

Pero faltaba, a sus 33 años, lo más importante: una novia y esposa.

En 1941, vino a La Ceiba una excursión en tren desde San Pedro Sula, acompañando al equipo de fútbol “Marathón” que se iba a enfrentar al “Vida”, al día siguiente. Entre estos, el ruso Alberto Marrder y su hija mayor hondureña, Gloria Marrder.

Padre e hija fueron esa tarde a hacer unas compras en el Comisariato y comenzó un flechazo romántico entre los dos, José, de 33 años y Gloria, de 23 años.

Al día siguiente en el partido, los dos estuvieron charlando sin parar y sin importarles el juego.

En cuatro meses y tras tres cartas semanales y visitas entre las dos ciudades, estaban casados y yo fui su primer hijo al año siguiente.

Mis padres, con dos niños a cuestas ya, se trasladan a San Pedro Sula y comienzan la aventura de abrir una tienda de comestibles y licores. La bautizan como “La Favorita”.

Que en menos de dos años se convierte en la principal de la ciudad, antes que surgieran los modernos supermercados.

Una vez logrado el sueño de ser su propio jefe, mi padre comenzó a construir su casa, lo que logró a principios de los años cincuenta.

Foto del periodista Alberto Garcia Marrder, frente a su ex casa en San Pedro Sula, Honduras. (Foto Max Zúñiga).

En Honduras, se convirtió en un empresario exitoso, creó una familia y llegó a ser hasta el Gran Maestro Venerable de una Logia Masónica.

Gracias a un cuaderno de memorias que escribió mi padre, ya jubilado y que guardo como un gran tesoro, puedo revivir su odisea con cierta exactitud.

Foto del Cuadernos de Memorias, una auto- biografía escrita por José García Sánchez. (Foto AGM).

Es, desde luego, mi “Personaje Inolvidable” de mi lista de diez.

Vinieron los años de gran prosperidad y de enfermedades. Yo me enfermé de polio a los 13 años y mi padre, me llevó al mejor hospital del mundo, “costara lo que costara”, en Estados Unidos.

Y mi madre de cáncer, años después, también a otro en ese país. Yo me curé después de un año ingresado en ese hospital.

Tan pronto terminamos la secundaria, nos iba enviando, a los ya cuatro hijos (Orbe, Reyna, Gloria y yo), a “colleges” de Estados Unidos. Él quería que tuviéramos la educación que él no tuvo.

Siempre se sentía muy español, y cada dos años viajaba a Tegucigalpa, la capital, a renovar su pasaporte en la Embajada de España.

En 1963, cuando era yo estudiante de Periodismo en Madrid, me avisó del fallecimiento de mi madre, por medio de una carta que tardó unos 10 días en llegar a mis manos.

En 1969, regresó a su España por primera vez desde 1924. Lo acompañó su hija menor, Gloria Celeste. Me cuenta mi hermana que hubo un gran recibimiento en el pueblo, creían que había muerto después de 45 años de no saber nada de él.

En los años setenta, pudo, al fin, realizar su sueño de jubilarse en su querida Salamanca. Sin darse cuenta que en Honduras era el respetado “Don José” y en España sería un simple jubilado más en una residencia de ancianos en Béjar.

En 1990, cuando yo era el Delegado de la Agencia EFE en Londres, me llamó el director de la residencia de ancianos para informarme del fallecimiento de mi padre, a la edad de 82 años.

Esa misma tarde viaje a España y lo enterré, al día siguiente, en su pueblo, Ledrada. Salvo los dos empleados de la funeraria, yo era el único familiar presente.

Foto de la lapida de Francisco Jose Garcia Sánchez en el Cementerio de Ledrada, Salamanca. Es la última a mi izquierda. (Foto Sara García).

A mi regreso a Béjar, me visitó al hotel el director de la residencia para entregarme la mejor herencia que pudiera dejarme mi padre: su valioso cuaderno de sus memorias.

Esa fue la única alegría ese día.