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La «magia» y la «solidez» del artista Gonzalo Fonseca se proyectan en Uruguay

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Montevideo – Fascinado por la mezcla única de «magia» y «solidez» con que su obra atrapa al observador, el cineasta estadounidense Michael Gregory se zambulló en la vida de Gonzalo Fonseca, artista del Taller Torres García que, en su centenario, vuelve a transitar por Montevideo en las salas de exhibición y la gran pantalla.

«La primera vez que me encontré con la obra de Gonzalo Fonseca me conmovió completamente, igual que a mucha gente, porque tiene esta mezcla increíble de la solidez de la antigüedad pero con la magia y la imaginación de la niñez», confiesa a EFE el estadounidense que, ansioso por saber más, abrazó el desafío de hacer una película biográfica del uruguayo.

El hombre misterioso

De paso por la capital uruguaya, donde nació Fonseca (1922-1997), para la primera función de «Membra disjecta» en el país, Gregory se remonta al momento en que emergió la idea inicial del documental, estrenado en 2019 en Estados Unidos mediante plataformas digitales.

«En todo lo que escuchaba sobre él, sonaba como un mito, un hombre salido de un libro de cuentos o una gran novela, algo de (Jorge Luis) Borges», expresa, y dice que como «siempre quería saber más», tras una sugerencia, decidió hacer un filme sobre ese «hombre misterioso» que a partir de 1958 se instaló en Nueva York.

El proceso, estima, estuvo marcado por varias «sorpresas», como notar lo difícil que era «rastrear» tanto las obras del artista, considerado uno de los más reconocidos alumnos del Taller fundado en 1942 por Joaquín Torres-García, como a personas que lo conocieron, de quienes finalmente pudo sacar valiosos testimonios.

«La segunda (sorpresa) fue la pasión y la belleza que la gente podía revelar sobre Fonseca (…) Se mostraban muy conmovidos por su carácter, su dedicación, su humor, su inteligencia», apunta, y destaca que, pese a saberse que rehuía del ojo público, surgió de los testimonios como una figura que «irradiaba amor y emoción».

Membra Disjecta

Preguntado por el título del filme, una referencia a la primera obra del artista en piedra, un monumento sepulcral que no se llegó a instalar, pero viene de la expresión latina «Disjecta membra», que significa «Fragmentos dispersos», Gregory detalla que lo considera «la clave» para entender el trabajo de Fonseca.

«Él quería reensamblar pero no en una forma necesariamente correcta sino en una forma que era suya, juntando piezas y reconstruyéndolas para crear imaginación (…) y tanto el nombre como la obra así titulada se sentían como la materialización de esto», explica.

Como se narra en la cinta, Fonseca residía en la misma manzana neoyorquina que figuras como Andy Warhol o Jean -Michel Basquiat pero estaba «muy lejos de ese mundo», pues el estudio para su obra lo llevó «hacia un pasado profundo» y en su singulares esculturas en piedra buscaba crear, dentro de piezas desgastadas que iba a buscar a la Toscana, pequeños mundos llenos de dibujos, huecos y símbolos.

Sobre la particularidad de reflejar esto en el documental, Gregory dice que fue «un proceso muy delicado» porque tanto las obras en piedra como los bocetos «son increíblemente difíciles de filmar» y eso fue lo que motivó incorporar pequeñas animaciones que dieran movimiento a esas creaciones.

«Fue una gran colaboración con una artista de Islandia, Sara Gunnarsdóttir. Yo quería darle un poco de vida a las obras sin convertirlas en algo fantástico y pensé que quizás movimientos sutiles expresarían la calidad de la obra sin llegar a transformarla en algo no representativo del artista», indica.

Piel y huesos

No es casualidad que la proyección de Cinemateca uruguaya de «Membra disjecta» se diera pocas horas antes de la inauguración de «Fonseca», muestra con que, a un siglo de su nacimiento, el Museo Torres García honra al artista con dos salas cargadas de pinturas, murales y piezas en cerámica o piedra.

Es que, como detalla en la presentación de la muestra el director del museo, Alejandro Díaz, en paralelo de su carrera en Nueva York, Fonseca «mantuvo su participación en las exposiciones del Taller Torres García desde 1943 hasta las últimas, a inicios de 1960».

Sobre ese punto se expresa el cineasta, quien dice que cuando se metió en el mundo de Fonseca por defecto también «aterrizó» en el mundo del Taller Torres García, que califica como «una instancia rara en la historia del arte moderno donde confluye la colaboración con la dedicación» y de la que ramifican trayectorias artísticas tan ricas como distintas.

«(A esta escuela) a lo largo de su vida (Fonseca) la honró y la amó, fue una parte fundacional pero al mismo tiempo trabajó a contrapelo de ella, no necesariamente en su contra pero sí buscando su propio camino para crecer por fuera, así que creo que él es un gran testimonio de lo que fue el Taller», apunta.

Es que, preguntado en una entrevista en 1965 sobre si se sentía aún parte de la escuela, Fonseca respondió: «Es como si me preguntara si mi piel y mis huesos son míos»; evidencia de cómo el artista que creó submundos ancestrales dentro de bloques de piedra no olvidó nunca su propio origen. AG

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