Elecciones en Costa Rica

Por: Luis Cosenza Jiménez

El domingo 6 concluyeron las elecciones presidenciales en Costa Rica con una holgada victoria del candidato del Partido Acción Ciudadana, PAC, don Luis Guillermo Solís.

El PAC es un partido de reciente creación y su triunfo marca una recomposición de las fuerzas políticas en Costa Rica. Ahora vemos que el otrora poderoso Partido de Liberación Nacional, PLN, fundado a mediados del siglo pasado por el ícono costarricense, don Pepe Figueres, ha sufrido una devastadora derrota y eso parece marcar el fin de los partidos tradicionales.

Esos partidos, el Partido Unidad Social Cristiana y el Partido Liberación Nacional, podrían recomponerse y recuperar el espacio político.

Sin embargo, es innegable que, al menos en el futuro inmediato, tendrán que superar difíciles obstáculos para no desaparecer del todo. Habiendo dicho esto, ¿qué lecciones nos deja esta transición política y cómo podría afectar al resto de la región?

Lo que salta a la vista es que los partidos políticos que no se modernizan, que no responden a los anhelos de la ciudadanía, y que no son incluyentes perecen o al menos se tornan irrelevantes.

El caso costarricense resulta interesante debido a que los indicadores sociales son muy buenos, la economía ha crecido a pesar de mostrar un alto déficit fiscal (un poco menos que el seis por ciento), y el país todavía capta recursos en los mercados de capital a treinta años y al siete por ciento. La pobreza es baja y la pobreza extrema más baja aún.

Pese a eso, el gobierno de la Presidente Chinchilla ha sido percibido como inepto y corrupto, y eso ha bastado para que la ciudadanía abandone al PLN, un partido al cual se le atribuye muchas de las reformas que enorgullecen a los ticos, como la abolición de las fuerzas armadas y la estatización de la banca, por mencionar solamente un par.

En la primera vuelta electoral, el PAC superó ligeramente a Liberación, pero en la segunda vuelta todos aquellos que no habían votado por Liberación decidieron votar en su contra y a favor del PAC.

Al final Liberación se quedó con su voto duro, huérfano del apoyo del resto de los votantes. Fue un golpe apabullante que envía un poderoso mensaje a los políticos ticos.

A diferencia de otros países del área, Costa Rica no es un país polarizado y su modelo de desarrollo se basa en la iniciativa privada y en una importante participación del Estado en la vida económica del país.

La politización de sus empresas y organizaciones estatales es baja, la meritocracia juega un importante papel en el servicio público y el respeto al estado de derecho, sin bien no perfecto, es generalizado y justipreciado.

Visto esto así, parece poco probable que se dé un brusco cambio en la conducción del país. Pareciera que la tarea más importante del Presidente electo será infundir ánimo y optimismo en la población, combatir enérgicamente la corrupción y reducir el déficit fiscal, lo cual obligará a incrementar los ingresos o a reducir el gasto.

En este último tema se nota preocupación en los círculos empresariales ya que el Presidente electo ha manifestado que el tema del déficit fiscal lo atenderá el segundo año de su gobierno, y los entendidos piensan que eso sólo llevará a un empeoramiento de lo que ya ven como un déficit insostenible.

Al final, el reto inmediato para el nuevo Presidente será la difícil situación que encontrará en la composición de la Asamblea Legislativa, donde su partido cuenta con tan solo trece de diputados de un total de cincuenta y siete.

De hecho, Liberación Nacional contará con más diputados, dieciocho, mientras que el Frente Amplio, un partido de izquierda, tendrá nueve y la Unidad Social Cristiana ocho.

El resto, nueve diputados, están distribuidos en cinco partidos políticos. En otras palabras, para conformar la mayoría, y salvo que cuente con el apoyo de Liberación, el PAC deberá buscar el respaldo de al menos dos partidos políticos.

Seguramente que esta situación, más complicada que la nuestra, pondrá a prueba la habilidad política del Presidente, particularmente en lo referente a poner orden en las finanzas públicas y en lo concerniente al endeudamiento externo.

Para el resto de nosotros, la primera lección debe ser la urgencia de transformar nuestros partidos políticos, volviéndolos más incluyentes y más conocedores de las aspiraciones y anhelos de los votantes.

Igualmente urgente e importante es emprender cuanto antes las reformas políticas electorales, incluyendo la adopción de la segunda vuelta, la reducción del número de diputados, la eliminación de los diputados suplentes, y la adopción de los distritos electorales uninominales.

En nuestro caso, y a diferencia de Costa Rica, los indicadores sociales y de pobreza hacen pensar que existe un ambiente propicio para el surgimiento de caudillos populistas.

Ya vivimos una tragedia al haber caído en manos de uno de esos caciques y nos costó mucho superar el error. Nuestros políticos deben verse en el espejo de Costa Rica y entender que nuestra situación es mucho más frágil. Adoptemos las reformas electorales oportunamente.

No tropecemos dos veces en la misma piedra.

La segunda lección debe ser la importancia y necesidad de combatir la corrupción. Es evidente que la paciencia de nuestros pueblos se ha agotado, aún en aquellos casos en los cuales los indicadores sociales son envidiables y aún cuando el ingreso per cápita se ubique entre los más altos en América Latina.

Hasta este momento nuestra población percibe que la Administración Hernández ha emprendido la lucha contra la corrupción.

El caso del Seguro Social se ha vuelto emblemático y la población espera impacientemente su desenlace.

Con su accionar la Administración ha puesto en juego su credibilidad.

Además, por primera vez la Embajada de Estados Unidos ha decidido adoptar un papel público y activo en un caso de corrupción.

Ojalá que nuestros operadores de justicia estén a la altura de las circunstancias y jueguen a cabalidad su papel, que se siga con transparencia el debido proceso y que el fallo sea oportuno y apegado a la ley.

Si al final la población se siente defraudada se habrá propiciado un ambiente de pesimismo y derrotismo y sentando las bases para completar el desprestigio de nuestras instituciones, de nuestros gobernantes, y de los partidos políticos tradicionales.

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