
Cuando pensamos en los líderes autocráticos, la narrativa suele centrarse en su figura: su control absoluto, la capacidad de someter y su habilidad para imponer su voluntad.
Sin embargo, este enfoque deja de lado un elemento clave del autoritarismo: los súbditos. La imagen común del súbdito como alguien sumiso, indefenso y obediente es una visión simplista que no captura las complejidades de las dinámicas de poder.
Nos hemos acostumbrado a creer que los súbditos son figuras débiles, carentes de recursos o pensamiento crítico. Pero hay otro tipo de súbditos que son aún más esenciales para el líder autocrático: aquellos con recursos e influencia que, paradójicamente, tienen más poder que el propio líder.
Intelectuales, empresarios, figuras públicas y otros agentes estratégicos se convierten en los pilares de estos regímenes. No son ignorantes ni incapaces; actúan desde un cálculo frío que busca proteger privilegios, asegurar su estatus o expandir su cuota de poder. En lugar de cuestionar al líder, deciden respaldarlo, convirtiéndose en facilitadores activos del autoritarismo.
Los empresarios financian campañas y ofrecen recursos a cambio de contratos exclusivos o exenciones fiscales. Los intelectuales justifican las decisiones autoritarias con discursos sofisticados que las presentan como inevitables o incluso necesarias. Las figuras públicas moldean la percepción social, legitimando al líder y deslegitimando a la oposición.
Sin estos aliados estratégicos, un régimen autoritario carecería del andamiaje necesario para consolidarse. Pero, ¿por qué alguien con tanto poder aceptaría ser súbdito? La respuesta es simple: interés propio. Algunos buscan proteger sus privilegios económicos frente a los riesgos de un sistema democrático.
Otros prefieren la estabilidad que promete un régimen autoritario ante la incertidumbre política. También están quienes ven en esta relación una oportunidad para fortalecer su influencia, accediendo a decisiones estratégicas desde la sombra.
Al respaldar a un líder autocrático, estos súbditos poderosos legitiman un sistema que perpetúa desigualdades, debilita instituciones democráticas y frena el progreso social. Son más que cómplices; son actores clave en un ciclo de opresión que afecta tanto a los más vulnerables como al desarrollo general de la sociedad.
En contraste, el liderazgo auténtico —como lo plantea John Maxwell— no se basa en el control ni en la subordinación, sino en la capacidad de inspirar, empoderar y conectar. Un líder verdadero no busca súbditos, sino aliados que compartan una visión común desde su autonomía. Las relaciones basadas en confianza y respeto mutuo generan entornos saludables y fomentan el crecimiento colectivo.
El servilismo estratégico de los poderosos en los regímenes autoritarios, por el contrario, perpetúa la desigualdad y la opresión. Al priorizar su beneficio personal, estas figuras sacrifican el bienestar colectivo y bloquean cualquier posibilidad de avance social.
Como explicó Kurt Lewin, un líder autocrático centraliza el poder y toma decisiones unilaterales, pero este estilo no se limita a una ideología. Puede ser de derecha, izquierda o apolítico, porque el autoritarismo no distingue bandos, solo formas de ejercer el poder. Y aclaro esto, para que nadie sude calenturas ajenas.