Otto Martin Wolf 2015

Por: Otto Martín Wolf

Los recientes terremotos en Nepal y Chile, al igual que la destrucción y caos que periódicamente causan huracanes y tifones por aquí y por allá, hacen que también por allá y por acá se eleven voces diciendo que todo esto estaba profetizado y que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina.

Si estudiamos la historia no tan reciente veremos que erupciones volcánicas y toda clase de catástrofes naturales no son nada nuevo ni extraño, que se han producido siempre y que hasta la fecha el mundo no se ha terminado y que tampoco estamos en ningún final de los tiempos.

El 24 de Agosto del año 79 antes de nuestra era, la mayoría de los habitantes de las ciudades romanas de Pompeya y su vecina Herculano, fueron aniquilados en una sola noche por la explosión terrible del Vesubio, volcán a cuyos pies crece ahora la bella ciudad de Nápoles. Desde luego que para los que murieron ahí ese fue el fin, pero el resto del mundo siguió vivito y coleando.

El volcán Krakatoa, ubicado entre Java y Sumatra, en el Océano Indico, también en Agosto, pero de 1883 (coincidentemente un 26) produjo la más grande erupción conocida por el hombre. Su sonido fue tan brutal que marinos en sus barcos a más de 70 kilómetros de distancia ensordecieron. El humo y la ceniza inclusive llegaron a producir un cambio en el clima de todo el planeta cuya temperatura global descendió casi dos grados. Pero, no hubo fin del mundo, es más, muy cerca del lugar nació una nueva isla, que fue bautizada con el bello nombre de “La hija de Krakatoa”.

Como consecuencia también se registraron tsunamis en muchos lugares, algunos bien lejanos, causando destrucción y varios “fines del mundo” locales.

A lo largo de la historia otras grandes catástrofes han afectado el planeta, que siempre se las ha manejado para sobrevivir.

Hace 66 millones de años un meteoro impactó la península de Yucatán, ocasionando la extinción de los dinosaurios a quienes tampoco les llegó el fin total ya que, recientemente, se ha cuestionado si hubo variedades sobrevivientes que, luego, desaparecieron por otras razones aún no determinadas.

Claro, al final se acabaron. Para esos saurios gigantes si se produjo “un fin del mundo”, pero realmente la Tierra siguió viva con miles de millones de especies animales y vegetales, muchas de las cuales aún sobreviven y otras evolucionaron. De alguna de ellas salió el ser humano.

El fin del mundo de los dinosaurios fue el comienzo del mundo para nosotros.

No se sabe si la Atlántida realmente existió, pero es muy posible que alguna civilización haya desaparecido violentamente, dando paso a su leyenda. Sea como fuere esa destrucción tampoco fue un fin del mundo global, sólo lo fue para los que tuvieron la desgracia de morir (que de todas maneras habrían muerto, pues imposible que hubieran vivido para siempre).

Por eso es bueno el estudio de la historia, para que los oradores que se benefician asustando con el desastre, esos profetas del apocalipsis que han existido siempre no le tomen desprevenido.

La mayoría de ellos posiblemente ignoran el pasado (o se hacen los desentendidos) pues lo que buscan anunciando el terror es, quizá, llegar a sus bolsillos, pidiendo dinero para un dios inexistente y al que, de todas maneras, las riquezas no le importarían un bledo.

Pase lo que pase NO viene el fin del mundo, no estamos en los últimos tiempos, no nos dejemos asustar.