El bolsillo del hondureño

Javier Franco

Todos en la economía haciéndose sentir; Unos con el gesto más tradicional de meterse la mano al bolsillo, sentir el roce de la tela y sacar un par de billetes de lempiras arrugados para pagar el pasaje del bus o comprar los tomates en el mercado; es el contacto directo con el dinero en efectivo; otros en el supermercado o en la gasolinera, abren su billetera, deslizan los dedos sobre el cuero, saca el plástico rígido de su tarjeta y escucha el «pitido» de la máquina que le autoriza el pago.

A mediodía, los otros con el gesto completamente digital, desbloquean su teléfono celular, abre la aplicación del banco y presiona la pantalla con el pulgar para hacer una transferencia rápida y pagar el alquiler de la casa o la mensualidad de la escuela, y por la tarde, aquellos pasan por una pulpería o un café, levantan el celular, apunta con la cámara y escanea un código QR pegado en el mostrador para transferir desde su billetera móvil. Son cuatro movimientos distintos, cuatro formas de pagar, pero todas terminan exactamente con la misma sensación: la de ver cómo el dinero se desvanece de sus manos a una velocidad que asusta.

Es exactamente en ese segundo, mientras usted entrega sus billetes o presiona la pantalla de su teléfono, cuando ocurre el verdadero fenómeno económico. Usted cree que está solo frente al comerciante, pero la macroeconomía opera en esa fracción de segundo a través de fuerzas invisibles que alteran las reglas del juego. No estamos ante conceptos abstractos; estamos ante decisiones institucionales con un impacto directo en nuestra realidad material.

La primera de estas fuerzas es la Tasa de Política Monetaria (TPM), que el Banco Central de Honduras (BCH) eleva a partir de hoy al 6%. Cuando usted desliza su tarjeta de crédito o solicita un financiamiento, el banco central está allí cobrándole un peaje más alto. Al encarecerse el costo del dinero para las instituciones financieras, el «clic» de la terminal bancaria se vuelve más costoso para el usuario. Esta medida eleva las tasas de interés de los préstamos comerciales y de consumo, aumentando las cuotas mensuales de las deudas y devorándose la liquidez inmediata del hogar.

Por si fuera poco, el ciudadano debe lidiar con un impuesto transversal a través del alza consecutiva en los precios de los combustibles, que ha sumado incrementos severos de hasta L4.69 por galón. El combustible es el sistema sanguíneo de la economía; aunque usted no tenga un vehículo propio, el camión que transporta el maíz, los frijoles y los lácteos hacia los mercados de abasto sí lo consume. Al encarecerse el transporte y la logística de distribución, los productores e intermediarios trasladan ese costo al precio final de los alimentos, provocando una inflación por costos que encoge la canasta básica.

Finalmente, la micro depreciación del lempira frente al dólar termina por cerrar una pinza macroeconómica perfecta. Al hacer una transferencia electrónica para adquirir bienes o insumos, el tipo de cambio (que roza los L26.98 a la venta) hace su parte. Como Honduras es una economía netamente importadora que compra al exterior desde tecnología hasta materias primas y medicamentos, un dólar más caro obliga a los empresarios locales a usar más lempiras para traer los mismos productos. Este fenómeno de inflación importada se indexa directamente al consumidor final, encareciendo el costo de la vida sin una justificación local aparente.

Al final del día, no importa cuál de las cuatro formas de pago haya elegido. No importa si es el profesional que transfiere desde su oficina en una zona exclusiva o el trabajador que cuenta las monedas exactas en la feria del agricultor. La gran variable dependiente, el bolsillo del hondureño, sufre el mismo efecto de asfixia sistémica donde los costos de las deudas y los precios de los alimentos suben, mientras los ingresos reales de las familias caen.

Es innegable es que la macroeconomía y la microeconomía son simplemente las dos caras de una misma moneda. Mientras los indicadores oficiales buscan un equilibrio técnico en los informes del Gabinete Económico, la billetera del ciudadano común se ha convertido en un contenedor de transacciones rápidas, donde sobrevivir día a día es el indicador más difícil de alcanzar.

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