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Dinero y economía

Por: Julio Raudales

Tegucigalpa.- 11 de noviembre de 1918. Finaliza la Primera Guerra Mundial y los aliados (Francia, Reino Unido y Rusia), vencedores, obligan a los perdedores (Alemania y el Imperio austrohúngaro, a firmar un tratado de paz en Versalles. Dicho tratado obliga a los perdedores a pagar los costos de la guerra a los vencedores.

Un joven economista británico de nombre John Maynard Keynes escribe un libro en el que advierte del error que supone hacer pagar reparaciones de guerra, pero nadie le hace caso. Las economías de los imperios centrales han quedado totalmente destruidas y, por consiguiente, son incapaces de generar recursos fiscales.

Dos años más tarde, los precios de las economías perdedoras empiezan a subir como nunca lo habían hecho. Es lo que se denomina la gran hiperinflación: en Alemania los precios aumentan un 3,000% cada mes y, en general, los precios se duplican cada dos días. Como consecuencia, el dinero pierde su poder adquisitivo en cuestión de horas.

Ante esa situación, la gente se preocupa más de gastar el dinero rápidamente (para no perder poder adquisitivo) que de trabajar. La hiperinflación, además, va acompañada de una crisis económica catastrófica.

Cómo pasa casi siempre que hay desastres económicos, los partidos políticos se llenan de demagogos, populistas y nacionalistas que prometen salvación fácil. El partido nazi gana las elecciones en Alemania y Hitler se convierte en canciller. Su política expansiva provoca la segunda guerra mundial.

Al final de la segunda Gran Guerra los aliados entran el Alemania y encuentran un arma de destrucción masiva que los nazis habían creado, pero que nunca llegaron a utilizar. Curiosamente, esta arma no se encontraba en ningún almacén militar secreto, sino en el Reichsbank: el banco central de Alemania. ¿Cuál era esta arma de destrucción masiva? Pues asómbrese: Dinero.

¿Cómo es que uno de los inventos más importantes e ingeniosos de la historia de la humanidad puede convertirse en un instrumento tan peligroso que hasta puede llegar a provocar una conflagración bélica? De varias maneras.

En el caso de la Alemania Nazi, escarmentados por el caos que la inflación había causado en su economía durante los años veinte, pensaron que, si creaban un desastre similar en Inglaterra, podrían acabar ganando la guerra. Sabían perfectamente, porque lo habían vivido y sufrido en carne propia, que para generar inflación hacía falta que la cantidad de dinero inglés aumentara vertiginosamente.

Pero ¿cómo podían los nazis imprimir dinero inglés? El oficial mayor de la SS, Bernhard Krüger, tuvo la idea de reclutar a los mejores falsificadores, impresores, calígrafos y tipógrafos judíos de los campos de concentración, los reunió en ciento cuarenta y dos equipos distintos y los puso a falsificar libras esterlinas. La Operación Bernhard, consiguió realizar falsificaciones tan perfectas que los expertos de los bancos suizos no podían distinguirlas de las libras verdaderas.

Los falsificadores alemanes llegaron a producir 134 millones de libras en billetes de 5,10, 20 y 50. La idea era lanzarlas desde el aire sobre Inglaterra para crear allí el caos hiperinflacionario que habían vivido los alemanes unos años antes. El arma de destrucción masiva, no eran bombas nucleares, ni misiles para atacar Londres: ¡era simplemente una cantidad ingente de dinero falsificado!

La lección es sencilla: El dinero, como el vino, es bueno si se toma con moderación. De hecho, el dinero es un instrumento imprescindible para lograr hacer fluir la producción y el consumo en sociedades modernas y sofisticadas. Ahora bien, cuando se imprime en excesivas cantidades, éste puede ser terriblemente perjudicial para la economía porque causa inflación, uno de los mayores causantes de miseria en nuestros países.

Ahora, si para lograr la apariencia de un manejo adecuado en la cantidad de dinero, las autoridades llevan a cabo de forma subrepticia, operaciones de esterilización muy costosas, el precio del dinero –o tasa de interés- se mantendrá demasiado alta y esto provocará estancamiento económico y desincentivos a la inversión.

Solo las sociedades que consiguen controlar a sus dirigentes para que no caigan en la tentación de manipular de forma inadecuada la política monetaria, consiguen evitar que el gobierno transforme ese dinero, que es bueno para comerciar, en un arma de destrucción masiva.

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