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Cuando el cerebro se divide: la Regla 30 y el colapso del pensamiento científico clásico

Por Armando Euceda
Profesor de física y divulgador de ciencia y tecnología educativa

Durante siglos, la ciencia se apoyó en dos grandes formas de razonar: la inducción y la deducción. Francis Bacon confiaba en que observando muchos casos podríamos llegar a leyes generales. Descartes, en cambio, buscaba verdades evidentes desde las cuales deducir lo demás. Ambas formas se convirtieron en pilares del pensamiento científico. Pero en el siglo XXI, un patrón simple hecho de ceros y unos desarma esa seguridad: la Regla 30.

La Regla 30 es un autómata celular, una especie de tablero de ajedrez donde cada casilla negra o blanca (1 o 0) cambia según reglas fijas. La regla, escrita en binario, es:

111  110  101  100  011  010  001  000

 0    0    0    1     1     1    1     0

Esto significa que si una celda y sus dos vecinas forman el patrón 100, por ejemplo, la siguiente celda será 1. Con solo estas ocho instrucciones, el sistema evoluciona. Pero lo sorprendente es lo que ocurre después de muchos pasos: el patrón se vuelve tan complejo que no podemos predecirlo sin seguir la evolución paso a paso. A pesar de que todo es determinista, no hay atajo ni fórmula general. Esto se llama irreducibilidad computacional.

Para explorar cómo funcionan diferentes reglas computacionales, sigue estos pasos sencillos desde tu celular. Primero, activa los datos móviles y abre un navegador web, como Chrome. Luego, en el buscador, escribe “Wolfram Alpha” y entra al sitio. Una vez dentro, verás una caja de búsqueda: escribe “Rule 30” y presiona buscar. Verás una imagen generada a partir de esa regla. Luego, repite el proceso pero ahora escribe “Rule 90”. Observa y compara ambas imágenes: la Regla 90 forma un patrón simétrico, predecible y casi triangular, mientras que la Regla 30 genera un diseño caótico e irregular, a pesar de tener reglas igualmente simples. Esta comparación muestra claramente cuán difícil es anticipar el comportamiento de la Regla 30, incluso cuando conocemos exactamente cómo funciona.

La inducción falla porque no hay regularidades simples que podamos generalizar. La deducción también tropieza: sabemos la regla, pero no podemos deducir directamente el estado futuro sin computar cada paso. El tablero de ajedrez ya no tiene estrategia: sólo simulación.

Stephen Wolfram, quien formuló esta idea, no propone abandonar la ciencia, sino ampliarla: entender que muchos sistemas de la naturaleza podrían comportarse como la Regla 30. Desde el ADN hasta el clima, podría haber procesos que solo podamos conocer simulándolos, no entendiéndolos en el sentido clásico.

Y si eso es así, la inteligencia artificial no será un pensador deductivo como Descartes ni un observador empírico como Bacon. Será un simulador masivo como Wolfram, capaz de procesar patrones que escapan a la mente humana.

Al alcanzar el punto en que la capacidad de simulación de la inteligencia artificial supere nuestras limitaciones biológicas, imponiéndose el cerebro de silicio sobre nuestro cerebro de carbono, nuestras predicciones ya no se basarán en leyes o lógicas claras. En ese momento, no será la razón ni la experiencia las que guíen la próxima revolución, sino la capacidad de reproducir el universo paso a paso. Así, entraremos en una nueva era: la era de la singularidad de la IA, un punto de no retorno donde pensar cederá su primacía a procesar.

Quizás, este debate se originó en el Paleolítico, al calor de una fogata en una caverna, coincidiendo con el nacimiento de las humanidades. Tal vez la verdadera cuestión entre el cerebro biológico de carbono y el cerebro de silicio de la IA fue anticipada por Borges al concluir su monumental soneto «Ajedrez»: «Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?».

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