Créditos para la libertad

Entre las montañas de las provincias de Azuay y Cañar, al sur de Ecuador, nacieron hace más de diez años las Cooperativas de Cajas de Ahorro y Crédito con la intención de ofrecer alternativas económicas al éxodo y librar a los migrantes del peso de su deuda con las mafias, una iniciativa con unos magníficos resultados que cuenta con el apoyo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
 

* Buena parte de los 50 millones de dólares de capital de las 21 cooperativas que existen en Azuay y Cañar salió de los bolsillos de los emigrantes, que invirtieron en el desarrollo de su propia tierra.

* El capital de las cooperativas proviene de los ahorros de sus socios, pero la principal diferencia con respecto a un banco normal es que, como otras instituciones de microcrédito, no exigen colateral para la extensión de un préstamo.

* En la localidad de El Principal, en Azuay,%26nbsp; famosa por su abundancia de frutas, a menudo%26nbsp; perdían la producción porque no la podían vender por falta de demanda o porque el viaje encarecía mucho el producto. Ahora la cooperativa de Ahorro y Crédito de Fasayñan compra a sus socios las frutas y las procesa para elaborar mermeladas y jugos, que luego vende a sus miembros a precios bajos o bien en ferias.

Caminando entre las montañas de las provincias de Azuay y Cañar, al sur de Ecuador, uno tiene la sensación de adentrarse en pueblos fantasmas, donde abundan casas deshabitadas. Esta región es de las más pobres del país y muchos de sus habitantes han emigrado a España, Estados Unidos o Italia en busca de un futuro mejor.

Por eso aquí nacieron hace más de diez años las Cooperativas de Cajas de Ahorro y Crédito, con la intención de ofrecer alternativas económicas al éxodo y librar a los migrantes del peso de su deuda con las mafias, iniciativa que cuenta con el apoyo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

En la zona, habitada principalmente por ancianos y niños, impera la pequeña agricultura y la artesanía, y es usual ver a personas sentadas en los porches de sus casas elaborando pacientemente sombreros o bolsos de paja.

En el año 2000 surgieron las Cajas de Ahorro y Crédito, a raíz de la crisis financiera que azotó Ecuador y que provocó una salida abrumadora de trabajadores hacia los países ricos. Actualmente, se calcula que hay más de 2,5 millones de ecuatorianos%26nbsp; viviendo fuera de su país y para hacer la travesía muchos de ellos se endeudaron con prestamistas ilegales, que cobran intereses superiores al 10 por ciento mensual, explica Lourdes Ortega, gerente de la cooperativa del municipio de Güel.

«Los migrantes no pueden pagar los elevados intereses y acaban hipotecando sus casas o bienes para pagar a los chulqueros (prestamistas ilegales)», afirma Ortega, quien conoce perfectamente estos casos porque sus hermanos emigraron a Estados Unidos.

Las cooperativas les ofrecen créditos a un interés de un 10 por ciento anual para que puedan pagar sus deudas a los chulqueros, que les cobran entre 15.000 y 20.000 dólares para llevarles al norte del continente.

«Nosotros no damos créditos para que se vayan del país, sino que una vez que han emigrado los ayudamos a pagar sus deudas», puntualiza la gerente.

Perdidas entre las montañas, en paisajes de ensueño que recuerdan a los cuadros del pintor francés Jean Claude Monet, asoman casas de estilo europeo que despuntan de las viviendas de adobe y madera de los indígenas.

«Son casas de migrantes», señala Lourdes Ortega, quien explica que las mandan
construir con el dinero que ganan en el extranjero para sus familiares o para tener un hogar donde caer cuando vuelvan a Ecuador, si es que regresan algún día.

A menudo, estas construcciones también proceden del dinero que les dan las mismas cooperativas de Cajas y Ahorro que, básicamente, ofrecen cuatro tipos de créditos: de inversión, producción, comercial y el del migrante.

Los créditos de inversión sirven para que las personas puedan comprarse una casa o un automóvil, mientras que los de producción%26nbsp; están orientados a proyectos agrícolas, los comerciales para establecer una pequeña empresa y el de los migrantes a pagar la deuda
de estas personas.

El capital de las cooperativas proviene de los ahorros de sus socios, pero la principal diferencia con respecto a un banco normal es que, como otras instituciones de microcrédito, no exigen colateral para la extensión de un préstamo.

Eso permite que personas con escasos bienes puedan acceder a créditos, que oscilan de los mil hasta los 20.000 dólares.

Buena parte de los 50 millones de dólares de capital de las 21 cooperativas que existen en Azuay y Cañar salió de los bolsillos de los emigrantes, que invirtieron en el desarrollo de su tierra.

Están agrupadas en la Red de Estructuras Financieras Locales Alternativas (REFLA), cuyo presidente, Wilson Jacomé, destaca que «el dinero de los ahorros (de los emigrantes) sirve para dar créditos a otras personas».

Muchas de estas cooperativas no se han limitado a dar préstamos y, por ejemplo, en Güel una de ellas ha construido un pequeño almacén que vende legumbres, insecticidas, medicinas y hasta comida para mascotas.

Güel es una localidad que está aislada encima de una loma, por lo que antes sus habitantes gastaban mucho tiempo y dinero en ir a comprar ese tipo de productos a otros pueblos.

Lourdes Ortega asegura que ese negocio no tienen fines de lucro, sino que ofrece los bienes a precio de coste.

El Principal, otra localidad de la provincia de Azuay, es famosa por su abundancia de frutas, que a menudo se perdían porque los agricultores no podían vender por falta de demanda o porque el viaje las encarecía mucho.

Ahora la cooperativa de Ahorro y Crédito de Fasayñan compra a sus socios las frutas y las procesa para elaborar mermeladas y jugos, que luego vende a sus miembros a precios bajos o bien en ferias.

«Las mermeladas de frutas pueden aguantar hasta un año», con lo que se evita el deterioro de ese producto, detalla la presidenta de esa entidad, Marlene Zhunio.

La cooperativa del Cañar, la única que es totalmente indígena, es una de las más antiguas, pues lleva en marcha desde 1994, cuando nació de%26nbsp; la mano de la Asociación de Productores Artesanales de Semillas. Desde entonces ha crecido enormemente en parte gracias a los ecuatorianos que viven en el extranjero, que son el 50 por ciento de los socios,
afirma su gerente, Ramón Pichasaca.

Esta cooperativa cuenta con dos huertos, una granja de cuyes, un roedor comestible de los Andes, y una planta de procesamiento de las semillas que han consumido tradicionalmente sus antepasados, como el chocho y la quinua, «para convertirlas en harina para el consumo de personas o animales», dice Pichasaca.

Las cooperativas están auspiciadas por la ONG Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (FEPP), quien ayudó a la creación y a la capacitación de estas organizaciones.

El año pasado el proyecto quedó en tercer lugar en un concurso realizado por la Cepal para premiar proyectos de desarrollo local en Latinoamérica y el Caribe, al que se presentaron 4.800 iniciativas, con lo que ganaron 15.000 dólares.

El coordinador regional del FEPP en Azuay y Cañar, Orlando Arévalo, constata que 5.000 dólares de este premio se destinaron a cursos de capacitación para los miembros de las cooperativas, otros 5.000 en gastos de esta ONG y los 5.000 restantes para crear un Caja de Ahorro y Crédito para los refugiados, principalmente colombianos, de la zona
sur de Ecuador.

Este proyecto está organizado conjuntamente con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), quien ha aportado%26nbsp; 50.000 dólares para esta iniciativa, de la que por el momento se benefician 220 personas.

«Son pequeños créditos para los que no pedimos ninguna condición ni garantía y están dirigidos a personas que quieran montar pequeños puestos de venta de comida rápida, artesanías o vendedores ambulantes» remarca Arévalo, quien especifica que como máximo se entregan 1.200 dólares por persona.

Son personas a los que un banco nunca daría un crédito, porque carecen de bienes como colateral, pero que con su trabajo y los fondos de los ecuatorianos en el extranjero ayudan a desarrollar una región condenada de otra forma al abandono.

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