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Reflexiones a vuelapluma

Pedro Gómez Nieto

Datamos el descubrimiento de America en 1492, y para el año 1514 España ya tenía aprobada la ley del matrimonio mixto que cambió la forma de entender las relaciones humanas en el nuevo continente. Si la familia es la base de la sociedad, sobre la familia interracial se desarrolló Latinoamérica. En los Estados Unidos, no obstante, tuvieron que pasar cuatrocientos años para que ese concepto integrador fuera aceptado en todo su territorio. Supuesta cuna de libertades democráticas, donde un sector de la población considera racista a Cristóbal Colón. Debido a los disturbios que se desencadenaron en mayo del pasado año en diferentes ciudades, por la muerte de George Floyd, sus estatuas fueron derribadas de plazas y parques, en protesta por la violencia policial contra ciudadanos de raza negra. “Las vidas de los negros importan”, se llamó un movimiento originado a consecuencia de su muerte. Una obviedad, porque la vida de cualquier persona importa. Como también importa que se respete el patrimonio y la propiedad privada; las costumbres, cultura y tradiciones, fundamentos de la civilización. Japón es ejemplo de país donde se fusiona el desarrollo tecnológico con el respeto por la costumbres y tradiciones, conservadas desde sus orígenes. Somos deficitarios de ese valor moral: el respeto.

En los medios y redes que excusaron aquel vandalismo, nadie preguntó cómo ocurrió que las tribus que habitaron siglos antes que ellos las tierras norteamericanas, fueron sistemáticamente exterminadas, y los nativos sobrevivientes confinados en “reservas”, a modo de ganado. Nunca han utilizado ese puritanismo populachero para protestar contra los presidentes que hicieron posible tal genocidio. Como Andrew Jackson, cuando en 1830, con su “Ley de Desplazamiento Forzoso”, expulsó de sus tierras a los nativos, también ciudadanos norteamericanos. Abraham Lincoln decía que su idea de la democracia pasaba por no ser un esclavo, pero tampoco ser un amo. Finalmente declaró la guerra a los estados esclavistas del sur, porque pretendían la secesión. Algunas consecuencias de aquella guerra civil siguen activas.

Somos lo que ayer hicimos para serlo, el pasado no podemos cambiarlo, pero desde hoy podemos mejorar nuestro futuro. Los ignorantes y cenutrios que rechazan su propia historia, que pretenden tergiversarla, reescribirla, se parecen a los marineros que en lugar de mejorar la embarcación, llamada patria, se dedican a deteriorarla, debilitarla, para terminar naufragando. Esa es la historia del hombre desde que fuera creado por Dios, destruir el hábitat que le fue regalado, empezando por su propia humanidad.  

En la campaña electoral encontraremos dos tipos de mensajes diferenciados. Uno generador de esperanza, y otro derrotista. Uno conciliador, buscando unir esfuerzos para mejorar la embarcación, frente a otro excluyente para debilitarla. Algunos políticos creen que cuanto peor sean percibidas las cosas más posibilidades tienen de conseguir votos. Como decía San Juan XXIII, son profetas de calamidades sobre los que Jesús advierte en los Evangelios. Todos somos pecadores, imperfectos, no existe una sociedad de buenas personas que recibieron el mandato divino de arrojar por la borda a las malas personas. Ese discurso hipócrita y excluyente no lo necesita Honduras «¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Lucas 18,18-19». En política se dilucidan intereses; un adversario nunca debe considerarse un enemigo, porque mañana cambia la dirección del viento y podemos necesitarlo como aliado. Cuando la estrategia utilizada por políticos inexpertos y prepotentes ha sido la descalificación y la calumnia, el insulto y la insidia; cuando se han levantado muros y barreras, en lugar de puentes para cruzarlos cuando fuese necesario; no son posibles las alianzas, porque no se crearon los espacios de respeto generadores de confianza.

Ahora cada candidato deberá explicar al electorado cómo piensa solucionar los problemas del país. La economía, por ejemplo, no es igual abordarla desde el socialismo, el nacionalismo conservador, o el liberalismo. Resulta inaudito escucharlos decir que la ideología no importa para gobernar. Si fuera cierto, un presidente podría tener en la cartera de economía un socialista, en la de trabajo un conservador, en la de defensa un liberal, etcétera. Un gobierno, cual torre de Babel ideológica, absolutamente inoperable, aunque estuviese integrado por buenas personas. Parafraseando a Noam Chomsky, el elector no sabe el complicado futuro que tiene por delante, si al votar se deja engañar por utopías populistas; ni siquiera sabe que no lo sabe.

“El ser humano es la única criatura que se perjudica a sí misma”.  -Mafalda-

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