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Políticas públicas y el “efecto cobra”

Julio Raudales

Cuando la fabricante de Jets Airbus quiso producir un avión más silencioso para mejorar la experiencia de vuelo de sus pasajeros, sacó al mercado su modelo A-380, tan sosegado que la gente podía oír con demasiada claridad lo que estaba sucediendo en los baños de la nave. ¿Qué sucedió? Pues, las ventas de Airbus bajaron notablemente. Los viajeros no querían escuchar ruidos extraños en los lavabos mientras volaban.

Esta anécdota puede parecer divertida en principio, pero otras veces las consecuencias no deseadas tienen efectos dramáticos de gran alcance.

Toda acción humana conduce, sin ninguna duda, a una reacción por parte de quienes se ven o pueden verse afectados por ella. Es natural que cuando el gobierno impone normas, reglamentos y órdenes, haya una respuesta social que puede traducirse en resultados muy diferentes a los que inicialmente pretendían los legisladores.

Las leyes anti-inmigrantes de los Estados Unidos y Europa, por ejemplo, no han hecho más que aumentar el paso ilegal de individuos y caravanas por las fronteras de estos países y con ello la proliferación de bandas criminales y la muerte. Otros casos como los controles de precios en la canasta básica y el establecimiento de reglas de no circulación vial, la prohibición del consumo de alcohol en los años 20 en USA, nos ilustran cómo una buena intención gubernamental puede provocar un efecto totalmente adverso en el bienestar general.

Los economistas tienen un nombre para este fenómeno. Le llaman “Efecto Cobra”, debido a una curiosa situación que se dio en la India a finales del siglo XIX.

La ciudad de Delhi experimentó en aquel tiempo, una invasión de cobras. El problema necesitaba una solución rápida dado el impacto que estos bífidos traen consigo, como la muerte. Para reducir el número de serpientes que se deslizaban por la ciudad, el alcalde ofreció una recompensa a quienes las capturaran. Esto parecía una solución razonable. El pago era tan generoso que mucha gente se dedicó a la caza de cobras, lo que llevó exactamente al resultado deseado: La población de cobras disminuyó, y ahí es donde las cosas se pusieron interesantes.

A medida que las cobras escaseaban y se hacía más difícil encontrarlas en las calles y solares baldíos, la gente se volvió más bien emprendedora. Comenzaron a criarlas en sus casas, luego las mataban e iban a recoger la recompensa como antes. Esto condujo a un nuevo problema: el alcalde se dio cuenta de que había muy pocas cobras visibles en la ciudad y sin embargo estaban pagando más recompensas que antes.

Las autoridades de la ciudad hicieron entonces lo que correspondía: ¡cancelaron la recompensa! ¿Qué hizo la gente en respuesta? Pues reaccionó: Ahora que las cobras carecían de valor, las liberaron y los animalitos salieron de nuevo a las calles a causar mayores estragos.

La lección es evidente: Si bien las leyes y demás normativa constituyen un elemento indispensable para garantizar el orden y la convivencia, es también necesario que los legisladores sean muy conscientes de que toda acción humana tiene consecuencias tanto intencionadas como no intencionadas. La gente reacciona a cada norma, reglamento y orden que los gobiernos imponen, y sus reacciones dan lugar a resultados que pueden ser muy diferentes de los que los legisladores pretendían.

El actual Congreso Nacional, pletórico de nóveles y entusiastas representantes de la voluntad ciudadana, ha cumplido con una agenda intensa durante los últimos 110 días. La misma cubre asuntos que van desde la generación de más y mejor empleo, reducción de costos de producción (especialmente la electricidad), rescate de la gobernanza a través de medidas anticorrupción y otros. Sus intenciones son, por demás, nobles, pero es fundamental que el proceso sea reflexivo y riguroso, es decir que se base en el instrumental que la ciencia provee, para evitar efectos que pudieran revertirse y provoquen más daño que bienestar.  

Así pues, si bien era urgente un cambio, luego del maléfico gobierno de Hernández, esos cambios deben hacerse con cautela y una enorme humildad. Lamentablemente, estos son rasgos de personalidad que no se encuentran a menudo en quienes se convierten en legisladores, razón por la cual es tan fácil encontrar ejemplos como el problema de las cobras.

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