Oleoductos, política y el poder de la protesta indígena

Por: Amy Goodman y Denis Moynihan

Mní wičhóni. El agua es vida. En cualquier idioma, sea lakota, inglés o español, es una pura verdad.

En Dakota del Norte, banderas con la frase “el agua es vida” ondearon en los campamentos de resistencia indígenas que se instalaron en 2016 en la confluencia de los ríos Cannonball y Missouri, en oposición a la construcción del oleoducto Dakota Access. El campamento convocó a protectores del agua de más de 200 tribus indígenas de las Américas, además de a miles de activistas aliados. Los indígenas llaman al Dakota Access “la serpiente negra”. El oleoducto de 1.880 kilómetros de largo fue diseñado para transportar más de medio millón de barriles diarios de petróleo crudo obtenido mediante fracturación hidráulica desde los yacimientos petroleros de Bakken, en Dakota del Norte, hasta las refinerías de la costa estadounidense del golfo de México. En su recorrido, el Dakota Access atraviesa Dakota del Sur, Iowa e Illinois. El paso de este oleoducto por el territorio de las tribus lakota, que no brindaron su autorización para la obra, y debajo del río Missouri en el lago Oahe pone en riesgo la potabilidad del agua de la que dependen la tribu sioux de Standing Rock y 17 millones de personas río abajo.

El fin de semana del Día del Trabajo de 2016, el equipo de Democracy Now! viajó a Standing Rock para realizar la cobertura sobre la resistencia al oleoducto. Mientras los protectores del agua indígenas ponían en riesgo sus cuerpos, bloqueando el paso a las excavadoras de la empresa para evitar la destrucción de sitios sagrados, documentamos cómo las fuerzas de seguridad privadas del Dakota Access rociaban gas pimienta, golpeaban y lanzaban perros de ataque contra los manifestantes no violentos. A uno de los perros le goteaba sangre del hocico, lo que hacía recordar a los mastines utilizados para atacar a los pueblos indígenas en las Américas desde la época de Cristóbal Colón y los conquistadores españoles.

Nuestro video se volvió viral y tuvo más de 12 millones de reproducciones en solo 24 horas. En cuestión de días, el entonces presidente Barack Obama, a través de representantes del Ejército y los Departamentos de Justicia e Interior, ordenó detener la construcción.

Pocos meses después —y con un cambio presidencial en el medio—, en enero de 2017 uno de los primeros actos del presidente Donald Trump fue autorizar el proyecto, permitiendo así la finalización del oleoducto, un enorme obsequio para el multimillonario partidario de Trump Kelcy Warren, director ejecutivo de Energy Transfer, empresa propietaria del oleoducto Dakota Access. El oleoducto ha estado bombeando petróleo desde entonces. Esto es, hasta que un juez federal ordenó esta semana el cierre del oleoducto y que sea vaciado en el plazo de un mes. Si bien Energy Transfer apeló el fallo, significa una gran victoria para la tribu.

El fallo se sostiene en una ley de 1970, la Ley Nacional de Política Ambiental, que exige que todos los grandes proyectos que procuren permisos federales incluyan una rigurosa revisión ambiental con aportes de la población. Trump actualmente está intentado despojar a esta ley de sus poderes regulatorios más importantes.

La orden ejecutiva de Trump sobre el oleoducto instruyó al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos a emitir un permiso de construcción sin la evaluación de impacto ambiental apropiada y obligatoria en virtud de la Ley Nacional de Política Ambiental. La tribu, entonces, presentó una demanda. Después de más de tres años de litigio, el juez federal James E. Boasberg concordó con el reclamo y forzó el cierre del oleoducto hasta que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército realizara una evaluación de impacto ambiental completa, la cual dicho Cuerpo estima que tomará 13 meses.

En respuesta a la decisión judicial de esta semana, LaDonna Brave Bull Allard, integrante de la tribu sioux de Standing Rock que albergó en sus tierras a orillas del río Cannonball el primer campamento de resistencia contra el oleoducto, expresó en una entrevista para Democracy Now!: “Todavía estoy conmovida. Si la gente pudiera entender cuánto amo mi hogar, cuánto amo mi tierra y mi río; es lo mejor del mundo entero. Sé que el fallo va a ser apelado. Pero debe haber justicia en este mundo y debe haber rendición de cuentas… Como indígenas, necesitamos no ser invisibles en nuestras propias tierras”.

Esta no fue la única victoria de esta semana para quienes se oponen a los oleoductos y luchan por un futuro sustentable. Las empresas Duke Energy y Dominion Energy anunciaron que van a cancelar los planes de construir el gasoducto Atlantic Coast, de unos 965 kilómetros de extensión, proyectado para transportar gas extraído por fracturación hidráulica desde Virginia Occidental a Carolina del Norte. Las empresas culparon de su decisión a los onerosos litigios y a los costos de lidiar con las continuas protestas.

Donna Chavis, activista de larga trayectoria contra los combustibles fósiles, miembro de la organización Amigos de la Tierra y anciana de la nación indígena lumbee, de Carolina del Norte, concedió una entrevista para Democracy Now! en la que describió la organización interseccional que ayudó a derrotar el gasoducto: “Hubo mucha oposición a esto. Fuimos construyendo la resistencia y la oposición a lo largo de toda la traza del gasoducto. Nos encontramos con la maravillosa situación de cruzar los límites de raza y clase, y reunir a las comunidades indígenas y afroestadounidenses”.

Hay más de 320.000 kilómetros de oleoductos activos en Estados Unidos, así como varias campañas en curso contra proyectos de construcción de oleoductos, como el Keystone XL, Enbridge Line 3 en el norte de Minnesota y el gasoducto Coastal GasLink en Columbia Británica. Esta resistencia es liderada por las comunidades indígenas que se encuentran en la primera línea de la lucha, junto con crecientes movimientos en solidaridad que se unen a ellas.

Si queremos evitar un cambio climático catastrófico, debemos dejar el petróleo, el gas y el carbón en el suelo. La crisis generada por la pandemia es una buena oportunidad para lanzar un plan de “recuperación ecológica” e invertir en energías renovables, no en oleoductos o gasoductos. Como observó LaDonna Brave Bull Allard: “Tenemos por delante un largo camino. No se trata de quién tiene razón o no. Se trata de cómo viviremos en el futuro”.

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