Los capos se columpian entre aparente “altruismo” y el crimen

Tegucigalpa – Viven con intensidad, para ellos cada día representa el último. Así lo reflejan los excesos en su estilo de vida que queda evidenciado en el comiso de sus lujosas mansiones, caballos pura sangre, joyas ostentosas, automóviles último modelo y un derroche que en la mayoría de los casos es lejano a su origen. Muchos se lavan la cara con acciones filantrópicas y hasta intentan llenar el hueco que deja la inacción gubernamental que hunde a las empobrecidas naciones por donde se trasiega la droga.
 

No hay duda que los capos de la droga son figuras que se bambolean entre una especie de Robin Hood y el temor que generan sus crímenes.

Abanderados de “el progreso” en sus poblados, una modalidad que estableció Pablo Escobar, muerto hace poco más de 20 años, su fantasma aún marca la actuación de sus iguales en lo que va de este siglo.

Para muchos colombianos, Pablo Escobar sigue vivo pese a no existir físicamente. Para ellos la vida del capo se prolonga en las pandillas y en los grupos criminales organizados en Colombia.

Narcotraficantes como Christopher «Dudus» Coke, en Kingston, Jamaica, han seguido casi a pie juntillas las prácticas de Pablo Escobar entre la violencia y la caridad.

El modelo ha mutado en México, el último eslabón en el viaje de la droga, enviada desde el sur de continente, atravesando la agosta franja del istmo centroamericano, hasta llegar a su destino final en los Estados Unidos, el país de más alto consumo. En tierras aztecas carteles como los Zetas, uno de los grupos más sanguinarios, intentan expiar sus culpas, quizá hacer campaña para mejorar su imagen pública o comprometer voluntades, haciendo donaciones y fiestas para los niños en Ciudad Victoria, Tamaulipas.

Con casi nula vocación de servicio, capos como Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, capturado hace menos de una semana, provienen de un pueblo que ha visto pasar de lejos el progreso. En La Tuna, Badiraguato en Sinaloa, la miseria parece únicamente haber entrado a la casa de “la hermana Consuelo” como es conocida la madre de el Chapo, una mujer religiosa y “compasiva”.

La antítesis de la caridad la completan capos como Pedro Avilés, El Mayo Zambada, Juan José Esparragoza, Ernesto Fonseca, Rafael Caro Quintero, Ignacio Coronel y los hermanos Beltrán Ley va quienes nacieron en ese poblado en el que tres tercios de sus habitantes viven en la indigencia. Los jefes narcos se han olvidado de su cara social, el disimulo con que ven a sus paisanos es notorio.

Pero los narcos mexicanos si han tenido a lo largo de su historia “acercamientos de confesión” con representantes de la Iglesia Católica. Allí en su afán de arrepentimiento, se vuelven “generosos”, han aceptado personeros eclesiales.

En Centroamérica las leyendas urbanas y los testimonios de pobladores son comunes. Guatemala tiene múltiples historias de beneficencia.

En la costa atlántica y occidente de Honduras se cuentan de las bondades de los barones de la droga. La falta de auxilio de un Estado que ancestralmente ha desatendido su función, pone en bandeja de plata la oportunidad de que emerjan en su calidad de benefactores los traficantes, en un país donde la pobreza extrema alcanza a más del 70 por ciento de la población.

Los “señores de la droga” sustituyen la función del Estado al brindar seguridad ante la ola de delincuencia común que mantienen un índice de casi 20 muertes violentas por día dice un analista consultado a Proceso Digital.

Lo mismo ocurre con las ayudas en construcción de caminos y calles así como en atención en medicinas, alimentos y trabajo de forma directa a pobladores que se debaten en la indigencia y quienes les admiran y agradecen.

El analista recordaba la construcción de unidades básicas a pobladores precarios, en la zona aledaña al lago de Yojoa, como un ejemplo del “brazo solidario” que ha desplazado la función estatal en esa región.

La acción solidaria que los capos estrenaron con Pablo Escobar sigue latente y cada día gana espacios en la región, donde las mutaciones del crimen generan grupos “defensores de ciudadanos” en México o instancias caritativas en otros países. El asecho es permanente.

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