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La descentralización y el empoderamiento individual como objetivos de organización

José S. Azcona

Uno de los mayores problemas de nuestros sistemas gubernamentales, académicos, corporativos y de servicios es la centralización excesiva. Esta deviene de que la mayor parte de nuestras instituciones fueron formadas y estructuradas verticalmente, iniciando desde la cabeza y luego desarrollando su cuerpo. Por tanto, la “oficina central”, “la capital” o “el jefe” tienden a entumecer y adormitar la agencia, tanto a los órganos subalternos, regionales o locales, como a los mismos miembros individuales y a quienes interactúan con la organización.

Un ejemplo paralelo claro es el desarrollo del marxismo-leninismo en la práctica. Usando el fin de una sociedad sin clases ni gobierno (objetivo final) se define una dictadura de la clase proletaria de Marx, se pasa a la dictadura de una vanguardia más pequeña (el partido) de Lenin, y finalmente a un líder de este partido (Stalin) acompañado de un fenómeno que llamaban “burocratismo”. La sociedad sin clases se volvió en una organización extremadamente centralizada.

Una manifestación es concentrar la mayor cantidad de competencias, conocimiento y relaciones interinstitucionales al nivel más alto posible. En estos órganos superiores también se arroga funciones la cabeza o presidente, suplantando el principio de colegialidad teórico. La segunda es quitar a los individuos (empleados, agentes, clientes, etc.) la autoridad y capacidad de resolver y decidir. Combinando ambos temas resulta que las personas o las organizaciones locales pueden actuar muy poco a su nivel, o ni siquiera acceder a una decisión. Este efecto se ve magnificado en la medida en que tenemos más distancia de las grandes ciudades o de las cabezas de las organizaciones, acrecentando el efecto de la marginalidad de los lugares más desaventajados.

Otro efecto es socavar a los subalternos (sean personas, unidades u organizaciones). La intervención de jerarcas superiores en acciones que competen a niveles más operativos puede parecer eficiente en principio. Se menciona como admirable que el jefe “resuelva”, pero en realidad esto afecta severamente el funcionamiento de la organización. Al quitarle poder a la estructura y a la concentración de este en la cúpula, esta se vuelve menos eficiente. Los ejecutivos se vuelven apáticos y con menor autoestima, y se limitan a la efectividad de la organización de cumplir con sus cometidos. La cultura, como es usual, se transmite por imitación de la superioridad. Por tanto, los mandos de niveles intermedios construyen feudos y aplican el mismo criterio en el manejo de sus subalternos, aumentando el efecto negativo exponencialmente.

Esta forma de operar resulta en una debilidad institucional que permea entre instituciones, resultando en irrespeto a la ley y a los procesos en todas las organizaciones. En ausencia de esa cultura de orden y disciplina resulta difícil darle el nivel de desarrollo a las diferentes operaciones, que es lo que necesitamos para hacerlas más productivas y comenzar a derrotar nuestro atraso centenario.

Tenemos que reconocer e identificar este problema. Hay que tener confianza en la capacidad de las personas o instituciones locales de actuar. La subsidiariedad es un principio de que cada quien resuelva lo propio como individuo o al utilizar la unidad social más cercana. Este principio está en equilibrio con otras necesidades sociales de orden y eficiencia, pero, en esta cultura “dirigista” basada en el caudillismo y la desconfianza, está bastante marginado.

Hay que aprovechar la tecnología y los más modernos métodos de organización para promover la autonomía y la descentralización, atendiendo de forma paralela los procesos de auditoría y control. Esto nos permite hacer que una mayor cantidad de interacciones se hagan a través de medios electrónicos o usando procesos replicables. Esto quita la posibilidad del arbitrio y reduce la ineficiencia.

Una regla clara debe de ser que cualquier trámite o acción administrativa debiese llevarse de forma automática con toda la celeridad posible. Todos los procesos se llevan a cabo a la mayor velocidad posible, siguiendo un esquema común general y conocido. Esto hace que la opción de los jefes superiores de intervenir para agilizar un proceso sea imposible e innecesaria.

Por último, hay que promover el respeto a las leyes, procesos o costumbres de la organización. Es importante ir eliminando el concepto del arbitrio y la informalidad, especialmente con el ejemplo de los superiores. Como vimos anteriormente, este arbitrio crea ineficiencias e imitación que luego promueven la corrupción y la ineficiencia. Este cambio en el respeto a las reglas marca la diferencia entre el atraso y el progreso.

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