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Grandes aventuras: pasado y presente

Por: Otto Martín Wolf

Tuve la oportunidad de subir a bordo de unas réplicas de las carabelas con las que Colón cruzó el Atlántico hace quinientos veinticinco años, no tiene idea usted de lo pequeñas y frágiles que eran.

Había que ser temerario para montarse en ellas, especialmente porque se creía en esa época que la Tierra era plana y que podían caer por el borde hacia un ​precipicio​ ​sin​ ​fondo,​ ​considerado​ ​por muchos​ ​como​ ​el​ ​inframundo (una versión del infierno).

Un ​dato​ adicional:​ ​​ ​Colón​ ​viajó en​ ​lo​ ​más​ ​alto​ ​de​ ​la​ ​temporada​ ​de​ ​huracanes,​ ​cruzó​ ​el llamado​ ​Triángulo​ ​de​ ​las​ ​Bermudas​ ​y​ ​todo​ ​el​ ​Caribe,​ ​precisamente donde Irma acaba de demostrar su poder destructivo.

Irresponsabilidad, valor y suerte compartida por otros aventureros del pasado y algunos del presente.

Si usted piensa que es difícil movilizarse en auto por algunas de nuestras carreteras, especialmente en esta época lluviosa, cuando el agua “venida del cielo” se encarga de hacernos las cosas más imposibles todavía, imagínese lo que era viajar desde Italia hasta China, cuando no existían rutas conocidas ni mapas confiables tal y como lo hizo Marco Polo allá por 1271, primer europeo que documentó semejante jornada.

Súmele a los peligros naturales las bandas de ladrones y delincuentes que asolaban los caminos (también en eso igual a Honduras en estos tiempos).

Cómo hacían los viajeros-aventureros de la antigüedad?

Cómo se atrevió Sir Edmund Hillary a escalar el Monte Everest cuando ya varias expediciones habían terminado en desastre y muerte.

Fue el primero en subir y marcar una ruta para llegar a la cima más alta del mundo, en Mayo de 1953.

Después de él lo han hecho muchos, impulsados  por la eterna curiosidad y sed de aventuras del hombre.  

En el Museo del Aire y del Espacio en Washington se puede apreciar el Kitty Hawk, un “escuálido” avioncito (si se puede llamar así) en el que Orville Wright fue el primer ser humano que voló al mando de un ingenio motorizado.

Aún los aviones llamados “ultraligeros”, que funcionan con una especie de ventilador colocado en la parte de atrás, lucen poderosos comparados con el de los hermanos Wrigth.

Búsquelo en Internet y dígame si usted se atrevería.

Pero los grandes descubridores y aventureros de la historia no parecían preocuparse por su vida, los riesgos no les importaban, su curiosidad y ambición superaba todos los temores.

Nosotros, en la comodidad de los tiempos modernos, en la relativa seguridad de nuestra existencia, también disfrutamos del peligro, de un reto controlado a la muerte, quizá el remanente de lo que impulsó las grandes aventuras del pasado.

Yo he volado en paracaídas sobre el Océano Pacífico en Perú.

Créame que me estaba muriendo del miedo, lo reconozco.

La adrenalina ayuda a oxigenar hasta el más olvidado de los músculos y cuando uno se baja del maldito aparato siente que ha vuelto a nacer y deseos de besar el suelo.

Si algún día tiene la oportunidad recomiendo que lo haga

He practicado canopy sobre el Río Tárcoles, Costa Rica,  en una de las rutas “más peligrosas” del mundo.

En esta época moderna uno puede deslizarse a gran velocidad sobre la copa de altísimos árboles, con un cable como única unión con la vida.

Eso también produce un terrible y delicioso miedo.

Seguro que usted  ha hecho cosas temerarias como esas y estará de acuerdo conmigo en que vale la pena.

Ahora la pregunta obligatoria: Qué será más peligroso y emocionante,  alguna de esas jornadas del pasado y aventuras del presente, o adentrarse uno solo,  en la noche, por la Rivera Hernández en San Pedro o la Tres de Mayo en Tegus?

No lo averigüemos!

Más de Otto Martín Wolf aquí…

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