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Finanzas públicas y economía

Por: Julio Raudales

Tegucigalpa.- El lenguaje político (o más bien de las políticas públicas), requiere una fuerte disposición de quien lo estudia a la rigurosidad técnica y hasta académica, ya que los “argots” mediáticos y “politiqueros” arrastran consigo un enorme marasmo de atavismos y mitos que suelen distorsionar la realidad y con ello a los objetivos buscados.

Esto es algo muy serio, ya que la política, si es eficiente, debería conducir siempre a buenos resultados.

De ahí que el poder de las palabras –dicen los semiólogos- consiste en configurar la realidad a través de sus signos. Más aún: crean realidades pues las cosas existen solo cuando tienen nombre o denominación. Las palabras son significantes de significados. Pero -he aquí el detalle- no es el significado lo que crea al significante sino el significante al significado. Éste poder es tan poderoso que nos obliga a ajustar constantemente al significante con lo que desea significar. Y eso, al fin, significa pensar.

Pensar es restituir el orden de las cosas a fin de establecer una nueva relación entre significante y significado. Esa es la razón por la cual creo que ha llegado el momento de re-pensar un concepto que ocupa un papel dominante en el discurso de la política hondureña. Este concepto es “finanzas públicas”.

Desde hace ya bastantes años, la economía hondureña se centra fundamentalmente en el manejo de las finanzas gubernamentales. Los términos déficit fiscal, gasto público, deuda externa e interna y hasta inversión pública, suelen asociarse a bienestar o malestar social según nos vaya con los indicadores descritos.

Lo anterior es cierto solo en parte, si asumimos que el tamaño desmesurado de nuestro sector público, hace que nuestras vidas dependan mucho de las decisiones de las autoridades y que lo que suceda con el presupuesto gubernamental afecta mucho nuestras vidas para bien o para mal.

Pero ni las finanzas públicas determinan tajantemente la economía, ni el comportamiento de ésta última explica las veleidades y sinrazones de la política fiscal.

Pero es la creencia popular en ésa supuesta simbiosis, la que tiene a nuestros funcionarios, por un lado, concentrando todos sus esfuerzos en gastarse mal que bien los recursos provenientes de los tributos ciudadanos en programas infructuosos y, por otro lado, distorsionando de manera un tanto obtusa, el verdadero rol de la política fiscal.

Pero estos errores no son nuevos. Realmente los venimos arrastrando casi desde la fundación del país, aunque debemos admitir que los mismos se perciben peor gracias al debilitamiento institucional en que Honduras ha caído, sobre todo en los últimos años.

Y es que la política fiscal y su bastión, la Secretaría de Finanzas (SEFIN), que debería ser la entidad encargada de ejecutar con sentido práctico el presupuesto público, de manera que permita amortiguar o estimular la producción privada ante posibles shocks, ha perdido legitimidad social y se ha convertido en un simple instrumento presidencial para la satisfacción de los caprichos de palacio y para la concreción de negocios turbios por parte de empresarios que ven en las exoneraciones, la mejor forma de hacerse “competitivos”.

Lo anterior puede verse claramente por el desmontaje institucional que la SEFIN ha sufrido en los últimos años, primero con la desfiguración del concepto de Hacienda Pública en la década de los 90’s y más aún, cuando en el afán de hacer más eficiente la recaudación, la creación de la DEI (ahora SAR), eliminó de cuajo las posibilidades que la institución tenía para elaborar una política tributaria eficiente y progresiva.

De ahí deviene la necesidad de disfrazar los posibles éxitos en finanzas públicas, para que su halo se parezca al éxito económico, pretendiendo que la gente perciba el bajo déficit fiscal o la discusión sobre el endeudamiento, como las claves del repunte en la producción. ¡Otra vez gatopardismo!

Pero al final, las cosas caen por su peso. De continuar con esa dinámica, será difícil disfrazar los miserables resultados que se dan en términos de indicadores de impacto y ya no habrá razón para creer que el numerito ese del déficit que tanto nos aturde, pueda sacarnos por sí mismo, de los problemas torales.

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