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Exguerrillero Otoniel Guevara presenta hoy su libro Sobre La Tierra

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Tegucigalpa– Una tarde, en la biblioteca del Instituto de Ciencias Agronómicas Felix Choussy de San Andrés, El Salvador, el estudiante Otoniel Guevara encontró un libro que le cambiaría la vida para siempre: Tabernas y otros lugares de Roque Dalton.

“Me lo escondí debajo de la camisa. La idea era regalárselo a Amílcar Colocho, poeta y compañero mío en el bachillerato. ´Se va a alegrar aquel´, pensé. Me fui a buscarlo pero no lo encontré, creo que no llegó ese día, así que me puse a leerlo. Roque me abrió los ojos, la mente, el corazón”, comienza el relato de Otoniel.

Y agrega: “Empecé a leerlo y me confrontó… ¿Esto es en El Salvador? ¿Aquí, donde yo vivo, ocurren estas cosas? Me dio vuelta a todo, al casete. Yo vivía en una burbuja, porque mi familia me había protegido de la realidad social, de lo que sucedía en mi país. ¿Qué era aquello de marxismo, dictadura, mascares de campesinos, Unión Soviética, Partido Comunista. ¿Qué es esta mierda? Así inició mi interés por la poesía, la historia, la cultura salvadoreña”.

—¿Y le dio el libro a Amílcar?

No, no… Me quedé con él, nunca se lo entregué, ja, ja, ja.

Unos días después, la Guardia Nacional (cuerpo policial represivo), llegó al barrio a buscar todo aquello con olor a “subversivo”. En la casa de Otoniel tuvieron tiempo de agarrar los libros y quemarlos en el fogón.

“Allí se fue el libro de Roque. Por eso me gusta aquel poema de él: Hora de las cenizas”, dice Oto.

“Finaliza Septiembre. Es hora de decirte lo difícil que ha sido no morir.
Por ejemplo, esta tarde tengo en las manos grises libros hermosos que no entiendo, no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia y me cae sin motivo el recuerdo del primer perro a quien amé cuando niño”.

—¿Era prohibido tener los libros de Roque?

No. Es que en El Salvador nunca hubo nada prohibido… Allá simplemente te encontraban una de esas cosas y te mataban. Es como el exilio… Eso tampoco existió. Te asesinaban… Tener un libro de Roque te costaba la vida, era letal. Es más: vivir era letal. Con solo existir ya corría peligro tu vida. Si eras joven, y si tenías el pelo largo, y si andabas como hippie, peor, si andabas tenis, ah, entonces era porque ibas al entrenamiento guerrillero. Y si las mujeres usaban pantalones, es que era guerrillera. Si usabas barba, letal… Universitario, guerrillero… Libros, guerrillero. Con decirte que hasta dinamitaron dos librerías que llevaban buenos libros, “comunistas”: la Gandhi de San Salvador y La Jaraguá de Quezaltepque. Entonces, a los libros “peligrosos” les ponían otras cubiertas, como camuflaje: de cocina, de religión… La nuestra fue una generación sin libros.

Roque Dalton lo marcó. La abuela María Elena Huezo, también. Ella inspira gran parte del libro SOBRE LA TIERRA que Otoniel Guevara, poeta de barba hilada con revolución, locura y versos presenta hoy a las 6:30 PM en Distrito Artemisa, ubicado en bulevar Suyapa de Tegucigalpa, como una forma de celebrar sus cuarenta años de actividad literaria.

ES MEJOR OLVIDAR

Aunque sean poemas de amor —dice Oto—, todo está impregnado por esa carga de luto… son marcas que la guerra le deja a uno. Por ejemplo, los amigos más trascendentales para mi vida y mi poesía murieron en el conflicto. Cargué por muchos años con una orfandad. Hasta hoy, que encuentro a una mujer que me complementa y que me devuelve todo lo que los muertes pudieron haberme dado, es que me siento en una etapa de plenitud espiritual. Soy más reposado, más humilde.

Entre los muertos está Amílcar Colocho, el amigo que le habló por primera vez de Roque Dalton.

“Fue asesinado en 1990 en una emboscada… Con Amílcar nos metimos a la poesía, a la literatura, a la guerrilla…”, relata Oto.

Nueve años pasaron desdela publicación de SOBRE LA TIERRA. Los versos conservan la belleza, la magia, la ternura con que fueron escritos. (¿Será porque a la palabra no le entran ni las balas?). El que ya no es el mismo es Oto.

Han sido como varias vidas, varias etapas —reflexiona Oto, quien es, además, director de la Editorial La Chifurnia—: la etapa de la guerra, la etapa de la depresión de la post guerra, la etapa de asumir mi función como poeta, la etapa de la paz. Todo eso lo he tratado de depositar en mi escritura. Hay algo permanente, eso sí: el tema de la muerte.

Otoniel Guevara también trata de dejar en el olvido su pasado como guerrillero del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

“Entre a los dieciséis años… Imaginate”, dice.

“Yo quise olvidar… Fue cuando recién acaba de terminar la guerra. Ya no quería recordar la muerte, ni a la gente que no estaba, ni las cosas que viví… Milagrosamente lo olvidé. El asunto es que ahora parece que no me acuerdo ya no por una decisión propia, sino por algún deterioro mental, ja, ja, ja”.

“Este libro es una segunda oportunidad… La oportunidad de volver como adulto al lugar de mi infancia; ver el río, el cañal, los árboles, los parientes, la muerte… ¡Todo”, señala. Acaricia su barba, se desenreda el pelo.

Es un reencuentro con la hacienda Chanmico, donde nació. Es la segunda oportunidad de sentir la frescura de ese río que lava y se lleva las cicatrices del alma. La segunda oportunidad de cerrar los ojos y disfrutar los silbidos, trinos y chirridos de pájaros que son nietos de los pájaros que Otoniel Guevara escuchó cuando era niño. Allí estará el pequeño Oto, pero sin barba… IR

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