matias-funes
A raíz de la derrota que sufrió la selección de Ecuador con su similar de Suiza, la hija del entrenador Reinaldo Rueda, dedicada en forma profesional al periodismo deportivo, expresó: «Hemos perdido una batalla, pero no la guerra». Al final, la selección sudamericana terminó perdiendo la guerra, aunque con más méritos que la de Honduras.
 

Vale la anterior cita para constatar que en el fútbol, consciente o inconscientemente, se utiliza un lenguaje belicista, y ello es válido para entrenadores, jugadores, narradores, comentaristas y público en general.
 
En el mundial que está por finalizar se llegó a hablar, con motivo de más de algún partido, que se desataría en este o aquel estadio «la Tercera Guerra Mundial» o que los jugadores tendrán que «dejar la vida sobre la cancha».
 
«Es un partido de vida o muerte», se expresó más de alguna vez, lo que me hizo recordar la expresión de José Cecilio del Valle cuando, refiriéndose al acoso de las potencias feudales contra la Francia revolucionaria, escribió que para ésta la disyuntiva era clara: «O vencer o morir».
 
En fútbol se habla de «estrategia» y «táctica», de «vanguardia» y «retaguardia», de «ataque» y «defensa», términos que parecen sacados de algún texto de Clausewitz.
 
Los jugadores que representan a la patria de este téorico de la guerra, dejaron de ser eso, jugadores, para convertirse en «panzer»,  «tanques» o «guerreros» que con toda su pesada «artillería» son capaces de masacrar -como lo hicieron con Brasil- a cualquier «enemigo» que se les ponga enfrente.
 
El fútbol, entonces, dejó de ser un juego para transformarse en una guerra, y el rival o contrincante se convirtió en el «enemigo» al que hay que barrer en «el campo de batalla».
 
En ese campo de cruentos «enfrentamientos» o «choques» se lanzan «obuses»,»bazucazos», «cañonazos», «riflazos», «disparos», «escopetazos», «tiros», al tiempo que se «fusila» a los porteros, sobre todo si el juego se decide con lanzamiento de penales.
 
Al delantero que con su habilidad es capaz de abrir la defensa enemiga -perdón, la defensa rival- se le llama «ariete», que es el nombre con el que se denominaba en la Edad Media a las máquinas con las que se rompían los muros de las ciudades inmersas en una contienda bélica.
 
Muy al estilo romano a los equipos se les llama «escuadras» y tienen sus respectivos «capitanes», «mariscales» o «generales», siendo famoso el caso de Franz Beckenbauer, a quien se le conoce como «El Kaiser».
 
Si el juego se pone pesado y empiezan a aflorar los roces y zancadillas, el narrador de turno dice: «Corre la sangre en el campo de batalla». Es decir, el inocuo rectángulo en el que rueda el balón se ha trocado en ring, polígono de tiro o Waterloo sangriento.
 
A veces pareciera que ha ocurrido un crimen pasional, y es cuando el cronista expresa con voz untuosa que evidencia admiración: «La mata con el pecho», y uno, intrigado, espera saber a quién mató el jugador, si a la esposa, a la amante, a la suegra o a la simple pelota.
 
Y si nos vamos al tema de los apodos, es la de nunca terminar. Aquí en Honduras hemos tenido un «Cañón» Funez, un «Pólvora» Bernárdez, un «Rambo» de León, un «Matador» Velásquez, un «Chepo» Fernández, una «Bala Bennett», un «Balín» Bennett (un poco más bajo que el anterior»), así como algunos «Tanques» y «Tanquetas» que han mostrado en la cancha su alto poder constructivo y destructivo, según sea el caso.   
 
Los narradores convierten sus cabinas de transmisión en «cuarteles generales» y a uno de rápida voz se le conoce como «Escopeta» Vallejo.
 
El analista español Patzoi Lanceros señala que en el fútbol tambien hay un lenguaje de parentesco y otro de religión. En el primer caso, por ejemplo, se habla de «jugar en familia»,  «jugar en casa» o «familia barcelonista»; en el segundo, cuando alguien hace referencia al Estadio de Wembley inmediatamente viene a la mente aquello de «La catedral del fútbol», al tiempo que algunos partidos conllevan «ceremonias», «liturgias», y los equipos tienen «acólitos» y «devotos».
 
En fútbol en vez de la dualidad amigo-enemigo, muy propia del lenguaje que caracterizaba a Carl Schmitt, debe hablarse, mas bien, de rivales o contendientes, porque en estricto sentido este deporte de multitudes se parece más a la política democrática que a la guerra.
 
Mientras terminamos de asimilar el mal papel de nuestra selección en el mundial de Brasil, preparémonos para la siguiente contienda bélica, allá en la lejana Rusia.