El claroscuro de Tegucigalpa en plena pandemia

Tegucigalpa – Tegucigalpa, la capital hondureña, muestra un rostro sombrío en sus calles, bulevares, oficinas y comercios tras la puesta en vigencia de la ampliación a dos dígitos que permite a la gente poder circular sin restricciones, aunque eso no quita que también luzca abarrotada de personas.

En un recorrido por la ciudad, los enviados de Proceso Digital se dieron cuenta de cómo el congestionamiento vehicular ha retornado a las vías públicas en las que pareciera que más que los autorizados para movilizarse circulan todas los que desean, en una fecha previa a alguna festividad grandiosa.

El bulevar Centroamérica y sus afluentes se desbordan de personas apresuradas que se trasladan caminando, pero también las filas de vehículos son impresionantes. Al largo de la vía, igual que en el transcurso del recorrido, el denominador común son las mujeres, la mayoría de ellas trabajando en las calles, muchas venden golosinas, tortillas, mascarillas, diversos productos, gran parte de los cuales son elaborados en sus casas y ahora, en medio de la pandemia, sirven para sustento a la economía de los hogares.

En el país, al menos 400 mil empleos se han perdido durante el confinamiento, según estimaciones del Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep). Los negocios más afectados son  los emprendimientos y las pequeñas y medianas empresas.  

Una de cada tres micro, pequeñas y medianas empresas de Honduras (MiPymes), que generan alrededor del 70 por ciento de los empleos en el país, están en peligro de cerrar operaciones, aunque el líder del sector José Castañeda considera que la cifra puede ser aún más alta.

Los empleados de la AMDC en el bulevar capitalino.

El otrora “rosa” bulevar Morazán

Otros protagonistas de la escena pública son los trabajadores de la municipalidad capitalina. Muchos de ellos reparan el asfalto de calles y avenidas y no son todos los que usan mecanismos de protección.

Igualmente, otras obreras del gobierno local son las mujeres que arreglan la jardinería de los bulevares o barren las calles. Muchas de ellas confundidas entre hombres, sin distanciamiento social y sin mascarillas.

Los hondureños venden todo tipo de productos en las calles.

En el Bulevar Morazán, las personas se aglomeran en una pequeña oficina para hacer trámites en el Registro Nacional de las Personas (RNP).

Oficinas del RNP en el Bulevar Morazán.

Mientras las filas de vehículos dan oportunidad a los vendedores de frutas y repuestos de vehículos para que puedan ofrecer sus productos. Hombres jóvenes, adolescentes y algunos mayores deambulan entre los vehículos para ofrecer baratijas, algunos complementos vehiculares, aguacates, anonas y otras frutas de temporada. Ellos llevan desgastadas mascarillas desechables que parecen húmedas bajo los rayos del sol.

Un vendedor ofrece anonas y aguacates.

También hay vendedores de objetos que provocan alegrías y sueños en los niños como las pelotas que simulan la cabeza del hombre araña, el gran héroe infantil que ofrece un vendedor ambulante al que muchos ignoran, incluido un pequeño apostado cerca de él y que camina en la misma banda del bulevar con un cartel en el que implora ayuda para poder comer y llevar pan a sus hermanitos.

El llamado bulevar “rosa” de Tegucigalpa, también muestra imágenes de mujeres jóvenes con similares pancartas pidiendo ayuda, ellas además cargan a sus hijos en brazos y muchas ignoran protegerse con mascarilla alguna.

Los rastros en Palmira y del centro Histórico

En la zona de Palmira, el deprimido sector hotelero parece vivir en sus estertores. La zona luce calmada, el tránsito de personas es menor que el tradicional, salvo por mujeres que también se apostan en las calles con sus productos buscando hacer alguna venta y otras simplemente se aprecian sentadas, casi inertes y desvalidas, como si la pandemia les hubiera quitado el aliento.

Bajando Palmira, puede apreciarse la entrada al centro histórico cada vez más deteriorado, casas y sitios históricos lucen pintas y grafitis anárquicos, uno sobre otro, confusos. Las paredes descascaradas y los rescoldos del hollín de algún incendio reciente son entre otras, las señales de ruina que asemejan el panorama desolador que las envolvió post Mitch.

De nuevo en el centro histórico, las mujeres siguen estando en cada lugar como una constante que hace recordarlas, no son invisibles. Están allí, vivas, activas y siguen su lucha. Durante la pandemia el alza de casos de violencia doméstica en Honduras ha dejado cientos de miles de actos violentos contra ellas, dicen los reportes del Ministerio Público y organizaciones civiles.

Los feminicidios son uno de los problemas sociales que perjudicaban a las mujeres hondureñas antes del COVID-19, no obstante, con el confinamiento la violencia contra las mujeres en todas sus formas se ha agravado y en muchos casos termina con la muerte.

Hasta julio, un promedio de 224 feminicidios se habían reportado por parte del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (OV-UNAH), a nivel nacional.

El parque Central, una colmena

El recorrido por la histórica avenida Cervantes que lleva al parque Central asemeja una zona entre el abandono y la tristeza. La vieja edificación del otrora resplandeciente cine Clamer está abandonada y sucia, en su acera ya no hay golosinas, solo un hombre que saca algunos cinturones que se prepara para ofrecerlos e intentar venderlos en su improvisado puesto.

Frente al cine, un negocio muestra una enorme cartulina en la que se lee: “se vende toda la existencia por motivo de inventario”.

Al recorrer la avenida, se encuentran abiertas una que otra tienda de ropa usada que, como zigzag, alternan con las edificaciones cerradas y en ruinas, entre ellas la otrora vital sede del Museo del Hombre.

En frente, la magnífica casa que acogió la Imprenta Nacional y ahora un museo. Se observa cerrada, sucia, igual que el palacio Municipal construido en 1938 por el arquitecto italiano Augusto Bressani, quien dejó su huella en varias edificaciones de la época en la capital hondureña. El palacio Municipal con su imponente campana, su archivo histórico, su salón consistorial y su cabildo, fue hasta fechas recientes, un lugar de reunión y convergencia de sectores transversales de la sociedad metropolitana.

Frente al palacio Municipal, la catedral de San Miguel muestra la puerta lateral de lo que es una pequeña capilla, cerrada. Solo una mujer parece custodiar la puerta mientras pide limosna.

Al llegar al parque Central, da la impresión de que en la ciudad “hubo una vez una pandemia…”. Allí la gente se apiña sin razón y se confunde entre sí. La distancia no existe y la pandemia parece ser una amenaza silenciosa e imperceptible.

Decenas de desempleados, mujeres vendedoras, quioscos de revistas y más, alcohólicos, predicadores, contingentes de policías municipales son parte del escenario que allí se aprecia.

Una escena que se reedita

Otras calles y avenidas de la tradicional Tegucigalpa, y que son parte del centro histórico, son espejo de la avenida Cervantes y en cada uno de los sitios las mujeres siguen siendo actoras claves, luchadoras infatigables.

Los puentes que van desde Tegucigalpa hasta Comayagüela hacen advertir que en la gemela ciudad las cosas son peores. Allá los mercados son otra historia en la que se mueve el nervio económico informal y por ello, es epicentro potencial de una nueva oleada de COVID-19, según anticipan los expertos.

Recorriendo la calle de la Isla, aledaña al vetusto estadio Nacional, el clima citadino es más despejado. Poco tránsito y apenas se aprecia al final del puente a una mujer que ofrece tamalitos, montucas y otros productos del maíz nuevo.

En el populoso y tradicional barrio Morazán, se observan muchas personas sentadas en las gradas que conducen al centro de salud Alonso Suazo, mientras algún personal sanitario cruza la calle para despejar o buscar un café…

En el paso por el bulevar Suyapa, en las afueras del hospital Materno Infantil, solo se observan los grupos de personas, pacientes o sus parientes, casi todos en las angustiosas dificultades sanitarias.

Un poco más adelante, policías y soldados salen juntos de un camión, protegidos con sus máscaras, se apostan en la zona.

En un retazo del Anillo Periférico las personas viven sus vidas a un ritmo aparentemente normal. Bajan y suben puentes peatonales, compran en las ferreterías y también en los puestos de comida que se extienden tradicionalmente en sus islas.

La ciudad parece estar tan activa como siempre, algo más triste y con el aditivo de las mascarillas en muchas personas; la miseria parece haberse expandido bastante más, las mujeres dan la impresión de redoblar sus esfuerzos mientras los expertos hablan de una nueva oleada del letal virus. (PD)

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