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El año en que el Nobel de la Paz honró a miles de congoleñas violadas

Nairiobi – El cirujano Denis Mukwege, famoso por sanar a miles de niñas y mujeres violadas como arma de guerra en la República Democrática del Congo (RDC), se convirtió en 2018 en el primer congoleño en ganar el Nobel de la Paz, premio que dedicó a todas las supervivientes de la violencia sexual.

«A las supervivientes de todo el mundo me gustaría decirles, a través de este premio, que el mundo las escucha y se niega a permanecer indiferente», declaró el médico en octubre después de saber -en mitad de una operación- que había sido galardonado.

«El mundo se niega a sentarse de brazos cruzados ante vuestro sufrimiento», subrayó el también ganador en 2014 del Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, que otorga el Parlamento Europeo para distinguir la lucha por los derechos humanos y el libre pensamiento.

Un sufrimiento de más de dos décadas que Mukwege, de 63 años, intenta remediar desde de su Hospital Panzi, fundado en 1999 en la ciudad de Bukavu para abordar, en un principio, temas de salud materna en la provincia nororiental de Kivu del Sur, rica en minerales y donde operan grupos armados.

Desde su creación, más de 85.000 mujeres y niñas con lesiones ginecológicas complejas han sido tratadas en esta clínica, de las cuales más de 50.000 son consideradas supervivientes de violencia sexual en una zona de conflicto.

«El pueblo congoleño ha sido humillado, maltratado y masacrado durante más de dos décadas a la vista de la comunidad internacional», denunció Mukwege el pasado 10 de diciembre en Oslo durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel.

«Hoy en día -apuntó-, con el acceso a la tecnología de comunicación más poderosa de la historia, ya nadie puede decir: ‘No lo sabía'».

El médico compartió el galardón con la iraquí yizadí Nadia Murad, de 25 años, quien tras ser secuestrada, violada y convertida en esclava sexual a manos del grupo terrorista Estado Islámico (EI), lucha por acabar con los abusos sexuales contra la mujer y por dar visibilidad a las minorías oprimidas de Irak y Oriente Medio.

Mukwege ha ayudado a madres, niñas y bebés violadas de forma colectiva, disparadas en sus genitales y penetradas con objetos afilados con el único objetivo de estigmatizar y de destruir -psíquica y psicológicamente- a las únicas personas capaces de crear vida y de mantener unido el tejido social.

Violaciones cometidas a plena luz del día en su mayoría por decenas de grupos armados como la milicia Twa o las Fuerzas de Resistencia Patriótica de Ituri (FRPI), pero también por las propias Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) y la Policía Nacional congoleña.

El incansable empeño de Mukwege por erradicar una cultura de la violación sumamente arraigada y atraer la mirada internacional hacia una problemática de carácter global casi le cuesta la vida en octubre de 2012.

Ese mes, semanas después de denunciar ante la ONU las atrocidades cometidas en la RDC durante 16 años y pedir justicia para las víctimas, el cirujano sufrió un intento de asesinato en su casa, en el que murió su amigo y guardaespaldas Joseph Bizimana.

Este ataque le obligó a huir del país junto a su familia, pero tras un breve exilio en Europa, Mukwege regresó en enero de 2013 a Bukavu, después de que esas mismas mujeres a las que había ayudado -y que a menudo ganan menos de un dólar al día- reunieran el dinero suficiente para comprarle un billete de avión de vuelta.

En un contexto de violación sistemática en un conflicto que ha causado más de cuatro millones de desplazados y unos seis millones de muertos en dos décadas («imagínense, el equivalente a toda la población de Dinamarca diezmada», comparó el doctor en Oslo), el reconocimiento a su lucha contra la violencia sexual es un atisbo de esperanza para quienes la han padecido en su propia carne.

«Hago un llamado al mundo para que sea testigo y le insto a unirse a nosotros para poner fin a este sufrimiento que avergüenza a nuestra humanidad común», sentenció en la ceremonia del Premio Nobel quien se ha ganado el apodo de «el hombre que salva a las mujeres».

«La gente de mi país necesita desesperadamente la paz», urgió Mukwege, en su discurso dando voz a los cientos de miles de mujeres congoleñas violadas en nombre de la guerra.

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