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Como la cigarra y la hormiga

Julios Raudales

El pasado lunes, la Real Academia Sueca de Ciencias anunció a los tres economistas estadounidenses que este 2022 comparten el “Premio en Economía del Banco de Suecia en Memoria de Alfred Nobel”.

 Como ya se sabe, este premio no fue uno de los galardones instituidos por el famoso científico escandinavo en su testamento para honrar a quienes trabajen por la paz, el bienestar y el desarrollo del conocimiento.  Mas bien comenzó a otorgarse recién en 1967 y lo patrocina el Banco de Suecia, no la Fundación Nobel.

Los científicos premiados en esta ocasión sí son economistas (hay que recordar que, en los últimos años se ha premiado a un buen número de académicos que no estudiaron esta carrera, como el sicólogo Daniel Khaneman en 2012 o la abogada Elinor Ostrom en 2009) y para mayor descripción, son “macroeconomistas” muy estudiosos de los mercados financieros.

Uno de los premiados resulta ser un “rockstar” de la economía, me refiero a Ben Bernanke, quien obtuvo su doctorado en el afamado “Tecnológico de Massachusetts” y actualmente dirige el Instituto Brookings en la capital norteamericana. Además, fue presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos entre 2006 y 2014, es decir, le tocó lidiar con la última crisis financiera que ha enfrentado la humanidad y que se originó precisamente en los Estados Unidos.

Resulta muy provocador que el galardón más importante de la ciencia económica le sea entregado a quien muchos consideran uno de los protagonistas -por no decir responsable- de la terrible “crisis subprime” del 2008, justamente porque él ha centrado el grueso de su carrera como científico, en el entendimiento de las causas de la Depresión del 29. ¿Cómo es que, si tenían a un super experto en crisis financieras en el banco central más importante del mundo, pudo suceder esto? Se preguntan muchos.

Mas allá de las críticas que ha recibido por el manejo de la crisis del 2008, Bernanke centra su propuesta en el fortalecimiento de los balances tanto de los bancos como de las empresas que requieren de su financiamiento.

¿Cómo debe hacerse? Pues mediante una política monetaria y fiscal prudencial, especialmente durante épocas de bonanza económica, de manera que el patrimonio de las empresas y de los bancos pueda ser muy fuerte a la hora de una caída en el ciclo económico. ¿Se acuerda de la famosa fábula de la cigarra y la hormiga?, bueno, pues algo así. Bernanke llama a esto el “Acelerador Financiero”, que permite fortalecer la economía en tiempos de bonanza (el verano) y así resguardarla para la crisis (el invierno frío).

¿Por qué se dieron las crisis del 29, o la de la deuda europea en los 80, o la de las hipotecas subprime en 2008 o la que tenemos actualmente post Covid?, bueno, pues justamente debido a que la política monetaria en todos los casos ha sido muy expansiva. ¡Los políticos y su inveterada costumbre de echar a andar la máquina de hacer dinero para quedar bien con la gente!

Pues Bernanke, a la luz de las duras experiencias pasadas, sugiere hacer lo contrario. En realidad, no podemos culpar a su gestión en la Reserva Federal de la catástrofe de 2008, ya que los gobiernos de Clinton y Bush fueron los responsables de soplar e inflar aquella tremenda burbuja especulativa.

Los otros dos científicos sociales reconocidos con el Nobel son Douglas Diamond y Philip Dybvig, ambos investigadores de la Universidad de Chicago, muy destacados por sus trabajos sobre el papel de la banca en el desarrollo económico. Los sistemas financieros, según estos profesores, juegan un papel fundamental para evitar las crisis económicas

¿Cómo pueden los banqueros ser salvadores y no causantes de las crisis?, pues utilizando la información crediticia de los agentes económicos para evitar que cunda el pánico en los momentos en que la producción económica se ralentiza.

Un elemento crucial que debemos conocer del trabajo de estos tres científicos es el rol que deben jugar el Banco Central y el ente regulador bancario. En este caso, los entes gubernamentales pueden comportarse como la hormiga de la fábula y esto puede resultar muy peligroso.

Si las instancias gubernamentales actúan de forma irresponsable, las consecuencias para la economía pueden ser nefastas. Esconder, por ejemplo, las cifras reales de inflación, mantener artificialmente un tipo de cambio no coherente con la realidad económica del país y un ente regulador del sistema financiero que actúe como enemigo del sistema y no su facilitador, pueden hacer más mal que bien a todos y todas, pero mayormente a los pobres.

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