Anomia

Por: Julio Raudales

A tres meses del inicio, la crisis no hace sino subir su tono, ponerse más oscura, incierta y pesada.

Día a día las autoridades salen a los medios a informar lo que la gente parece saber de antemano: que el número de casos sigue en aumento, que hoy hubo más muertos que ayer y que debemos quedarnos en casa si no queremos ser nosotros los siguientes.

¿Por qué si llevamos ya noventa días en confinamiento pareciera que el problema no se puede controlar? Es cierto, todo indica que el epicentro de la pandemia se ubica ahora en América Latina. Sin embargo, hay algunos vecinos a quienes no parece irles tan mal como a nosotros, al menos eso dicen sus cifras oficiales: El Salvador, Costa Rica y Guatemala no muestran las tasas de contagio y letalidad de Honduras y vale la pena buscar las causas, si es que queremos encontrar una luz que nos ayude a salir del problema. 

La explicación elemental es que la población no ha hecho caso al enclaustramiento —pese a los decretos, amenazas y constantes llamados hechos por diversos medios— y entonces la pregunta es otra: ¿por qué la gente desobedece las instrucciones si pareciera que son la única forma de evitar el contagio?

La primera razón que es posible identificar es la anomia, es decir, la falta de sujeción a las normas. El fenómeno no es nuevo en nuestro país, lo he remarcado varias veces: nuestras instituciones (formales e informales) son débiles y nadie está dispuesto a respetarlas por razones diversas, una de ellas, la más importante quizás, es que la misma autoridad las han violado sistemáticamente desde siempre y, en las relaciones humanas, el buen ejemplo es crucial para el éxito. 

La situación se ha agravado en la última década: Luego del nefasto golpe de estado de 2009, el desafío y el rechazo de toda autoridad se ha profundizado hasta convertirse, más que nunca, en rutina y costumbre. Como todos recuerdan (es de esperar que entre los efectos del coronavirus no esté la pérdida de la memoria), una buena parte de la población ha desconocido el resultado de las elecciones de 2017 y esto, sumado a los constantes escándalos de corrupción y malos manejos, provoca el rechazo de la gente a cualquier autoridad.

Después de eso, ¿cómo puede causar extrañeza que hoy nadie, o casi nadie, haga caso a las instrucciones aunque provengan del más alto nivel? Es por ello que día a día, usted puede apreciar cantidades oceánicas de vehículos en las calles, portando o no permisos o salvo-conductos; con mascarilla o sin ella y por supuesto, sin guardar el distanciamiento adecuado y las medidas de higiene necesarias para evitar el contagio.  

A lo anterior se suma cierta desaprensión de la ciudadanía causada por la torpeza comunicacional. El rechazo a la autoridad que ya es atávico, se ha incrementado pese al show mediático representado por distintos personajes que exhiben, como si fuera un premio, el hecho de estar contagiados. Hay que decirlo: Si con el anuncio del contagio del Presidente y otros funcionarios se esperaba alguna respuesta positiva por parte de la población, la cosa parece más bien haberse revertido. Será necesario buscar alternativas estratégicas para comunicar adecuadamente a la díscola población. 

Los llamados a la nueva normalidad y el ensayo de apertura económica realizado hasta el momento, parecen estar soliviantando los ánimos. Da la impresión de que los constantes llamados a cuidar de la salud mediante los consejos de la OPS-OMS, la Comisión de Vigilancia y los medios de comunicación en general, no están siendo transmitidos de forma adecuada y, por tanto, sus efectos son contraproducentes, si los comparamos con las medidas tomadas por países vecinos.

Y como si todo lo anterior fuera poco —como si la anomia y los tropiezos comunicacionales no bastaran— está el hecho que el precio del enclaustramiento para múltiples sectores, sobre todo los hogares más pobres, es el hambre o el temor al hambre, a la falta de recursos para satisfacer sus necesidades básicas. 

Es evidente que en un país con la estructura laboral que posee el nuestro, las órdenes y llamados a “quedarse en casa” servirán de poco si el clamor por alimentos y el miedo a la miseria están siempre por delante de cualquier confinamiento.

Si a todo lo anterior sumamos la calamidad en que la pandemia cogió al sistema de salud, tendremos una explicación más clara del porqué de nuestras calamidades.

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