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Ámbar chiapaneco, «burbujas de agua» apreciadas por su antigüedad y belleza

Simojovel (México) – El ámbar chiapaneco es una gema de gran valor, por el arduo trabajo que se requiere para extraerlo, la antigüedad de su formación, la variedad de sus colores y sobre todo la dedicación, lo artesanal y belleza con que son realizadas las piezas de joyería y arte.

Simojovel, municipio del estado mexicano de Chiapas, cuenta con un yacimiento con edad geológica de 25 a 30 millones de años que resguarda este ámbar, gema conocida por los lugareños como «apozonalli», que significa «burbujas de agua».

El pueblo mágico de Simojovel se encuentra ubicado en el norte de Chiapas, con una extensión territorial de 446,99 kilómetros cuadrados, y el 80 por ciento de su población de 44.297 habitantes habla la lengua tzotzil, zoque y tzeltal.

«En el pueblo de Simojovel tenemos más de quinientas minas, las más reconocidas son Los Pósitos, Pauchil, Los Cocos, estas dos (últimas) son las que más producen esta resina», afirma a Efe el director del Museo Comunitario del Ámbar, Jorge Luis García Sánchez.

Un 70 por ciento de la población de Simojovel se dedica a la minería para extraer el ámbar chiapaneco, que proviene de la era Terciaria.

Esta resina fósil es considerada la de mayor dureza en el mundo, cualidad que le da un alto prestigio a nivel internacional como material para la talla y escultura. Además, en Chiapas es donde existe mayor variedad de colores, entre los que se encuentra el amarillo, rojo, coñac, verde y el negro.

Pedro Aguilar Domínguez relata con orgullo que desde hace décadas los integrantes de su familia han trabajado como mineros y artesanos de ámbar en Simojovel: «Soy la cuarta generación», comenta a Efe.

Resalta que el oficio llega, primero, por una necesidad, porque «si no tienes estudios o no puedes ir a la escuela tienes que ocuparte en algo».

Además, «tu misma familia te va inculcando el trabajo, porque tienes que conocer cómo se obtiene el ámbar y como se trabaja; desde chamaco (niño) a uno le dan una pieza de ámbar y una lima para empezar a formarse y formar piedras de ámbar», relata el artesano.

En pleno siglo XXI, la extracción de esta gema se realiza de forma artesanal; los picos, palos, martillo y cincel son las herramientas que utilizan para iniciar la aventura de minero, con el descubrimiento de los yacimiento a través de la localización de capas de carbón de piedra en la ladera de la montaña, seguidas por la excavación.

Los mineros trabajan hasta 400 metros adentro de la mina con una altura de un metro o hasta dos metros. Muchas veces realizan su labor en cuclillas, hincados o acostados donde el oxígeno es muy reducido.

A pesar de los riesgos, hombres, jóvenes y niños se aventuran en busca de la buena fortuna, como Herminio Hernández Pérez, de 13 años, quien hace unos meses comenzó a acompañar a su padre para aprender este oficio milenario: «Estoy aprendiendo, me enseñaron mi papa y mis tíos, desde aprender a tirar tierra y echar marro a sacar el ámbar».

Los mineros tardan meses en localizar una buena pieza de ámbar; las jornadas de labor dentro de la mina inician desde muy temprano, de siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde todos los días, porque muchos de ellos no son los dueños, sino que alquilan la mina por un mes.

Luego de la extracción pasan a las fases de raspado, lijado y pulido, que dan forma a bellas piezas de joyería montadas en plata, oro y madera, además de esculturas. Los trabajos se han realizado desde tiempos prehispánicos de manera artesanal, conservándose hasta hoy en día esta tradición.

El ámbar se formó de una resina producida por ciertos arboles de nombre «Hymenaea mexicana», conocidos por los lugareños como guapinol. Esta resina, al ser exudada, bajó hasta el suelo, atrapó animales y restos de plantas, y con el paso del tiempo se convirtió en una dura y densa sustancia de composición química inerte.

Desde la antigüedad los habitantes mesoamericanos dieron un valor especial al ámbar, el cual fue utilizado para diversos fines, en los que se destacan su valor esotérico de protección, explica Aguilar.

«Los mayas y a los aztecas le ofrendaban a los dioses humo de ámbar, porque es diferente al incienso», asegura, y agrega que además, otro de los valores del ámbar es que «aporta información sobre la vida extinta».

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