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Democracia y deterioro institucional

Thelma Mejía

Tegucigalpa. – Las recién concluidas elecciones generales han dejado muchas enseñanzas para las lecturas y análisis posteriores. Una de ellas se relaciona con el deterioro institucional y su impacto en la democracia. Las alertas del Latinobarómetro sobre el coma que vive la democracia hondureña quedaron plasmadas en los comicios más reñidos de su historia desde el retorno formal a la democracia a inicios de los años 80.

Los comicios del 30 de noviembre de 2025 fue solo el colapso de un deterioro institucional acelerado. Deterioro que se ha ido profundizando con los años en agonía con una clase política que se ha alejado de la gente, que hizo de la política el arte del clientelismo, de los pactos bajo la mesa y de las zancadillas permanentes. Una clase política que empezó a degradarse y con ello la democracia.

Si bien la mayoría de los hondureños estima que la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno, no está contento con lo que ésta le ofrece, y su desencanto se ahonda ante la insatisfacción de necesidades básicas como techo, comida y trabajo, entre otras.

Las señales de deterioro democrático se acentuaron en la elección de cargos de segundo grado como la Corte Suprema de Justicia, el fiscal general y el fiscal adjunto del Estado, la Procuraduría General de la República, y otros relacionados con el actuar del Estado. Cada proceso terminó en desencanto. La alta politización en la escogencia de estos cargos fue dejando atrás la meritocracia y, las actuaciones en la toma de decisiones trascendentales para el país, fueron debilitando el Estado de Derecho.

La lucha contra la corrupción, la impunidad y el avance del crimen organizado, en particular el narcotráfico, fueron permeando las instituciones y debilitando la democracia. Los índices de percepción de la corrupción nunca bajaron, nunca salimos del vagón de naciones percibidas como altamente corruptas.

La instalación de la MACCIH y sus amagos por desmontar las redes de corrupción, cada vez más sofisticadas, incomodaron a las elites que terminaron desmantelando la Misión hasta que la echaron del país. Y cuando se prometió instalar una CICIH, la historia no fue distinta. Nunca llegó, nunca interesó. El pacto de impunidad se mantuvo como parte de esos acuerdos no escritos, pero en los que una gran mayoría de las elites políticas y económicas están de acuerdo.

Los entes de control no han tenido ni sentido el compromiso de garantizar transparencia y justicia, al contrario, afianzan la impunidad, mientras la justicia sigue castigando a los de pies descalzo. Los sondeos de opinión vienen advirtiendo de la desconfianza en las instituciones, y en este proceso electoral que recién concluyó esa desconfianza arrasó a dos instituciones claves: el Consejo Nacional Electoral y las Fuerzas Armadas de Honduras.

En el caso del CNE el deterioro institucional se fue dando previo a los comicios primarios y generales. El 2025 fue el mejor ejemplo del interés por hacer implosionar la institución en un afán por evitar la conclusión del proceso. Los registros de prensa son uno de los principales termómetros para graficar como se dio ese deterioro institucional.

Las Fuerzas Armadas fueron la otra institución resquebrajada dentro del deterioro institucional. Su rol en el proceso electoral comenzó a cuestionarse desde las elecciones primarias, asi como la alta politización partidaria de la cúpula que dirigía el entonces jefe del estado mayor conjunto, el general Roosevelt Hernández, quien selló su paso dejando una institución debilitada en su confianza y credibilidad.

Los operadores de justicia, los entes de control, los entes electorales y los militares como parte de la institucionalidad del país no atraviesan por su mejor momento, su déficit de credibilidad y confianza impacta en la democracia y en la vida de los hondureños. Las elecciones del 30 de noviembre fueron la voz de una ciudadanía que apostó por un relevo en el solio presidencial, pero también un claro indicador que no basta con votar, la debilidad institucional, desde el ente rector que es el CNE, apenas logró cerrar el ciclo electoral. Un ciclo lleno de imperfecciones que no debe repetirse en los próximos cuatro años. Honduras debe salir de su recesión democrática para evitar entrar a las puertas de que se instale una dictadura, de izquierda o de derecha, por el deterioro continuo y sistemático en el que el país ha caído. Las señales están claras: el desplome sobre el desempeño de los gobiernos y el desplome de la imagen de los partidos políticos, obliga a impulsar cambios y reformas profundas si aun queremos apostar por tener una democracia.

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