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Tolerancia y democracia

Por: Víctor Hugo Álvarez
 
La tolerancia es un valor y en el devenir histórico de las sociedades retoma todo su esplendor cuando el Estado, las organizaciones, las familias y las personas la ponen en práctica. Ejercitar la tolerancia fortalece la democracia.
 

Una sociedad donde hay ausencia de tolerancia se torna violenta, porque la imposición de criterios y acciones de uno o más grupos sobre colectividad invalida a todos los demás, violenta derechos e impide el diálogo como instrumento básico para la búsqueda de consensos que permitan el desarrollo de las naciones.
 
En Honduras vivimos en el esplendor de la intolerancia. Los ejemplos de esa carencia se suscitan a diario, a cada minuto, a cada hora. Hemos visto con horror como dos primos se matan a balazos por un portón del programa denominado “Barrio Seguro”.
 
Esto no hubiera sucedido si se hubiera buscado el diálogo en un ambiente de tolerancia.
 
Otras informaciones señalan que el hijo mató al padre por disputa de tierras y así sucesivamente, por diversos “motivos”, se van dado los acontecimientos que cotidianamente anegan de sangre las calles y plazas de las ciudades, aldeas y caseríos en toda la dimensión de nuestro territorio.
 
Un hecho que ha quedado en el limbo se suscitó hace poco tras una protesta estudiantil, donde cuatro muchachos fueron asesinados y sobre su muerte hasta ahora poco o casi nada se sabe.
 
Un caso patético que demuestra que no hay diálogo, no hay entendimiento, las palabras se esfuman y sólo el sonido de las balas parece reinar como fruto de la intolerancia ante el silencio de la indiferencia.
 
Muy poco se puede agregar sobre las acciones gubernamentales o dentro de las instituciones políticas, la imposición reina por todos lados. Se ahoga cualquier asomo de discrepancia y quienes lo ejercen se toman como disidentes u opositores a las estrategias y planes del poder.
 
Dentro de ese marco, no es extraño entonces que el cacareado diálogo con todos los sectores del país no se haya podido concretar, por temor a perder la hegemonía en las decisiones y mantener el control absoluto de la situación.
 
La actual administración en tres ocasiones ha anunciado la realización de un diálogo nacional para analizar la situación en que nos encontramos y buscarle solución a los ingentes problemas que nos abaten. En eso quedó todo, en anuncio.
 
Mientras tanto se sigue dando el derramamiento de sangre, los operadores de justicia siguen acumulando “investigaciones” sobre los hechores de tanto homicidio, de tanto delito o los responsables de la corrupción, pero sin que se conozcan los resultados de ese cúmulo de indagaciones.
 
Los relacionistas públicos hacen malabares con las cifras de la muerte y recomiendan voces suaves y sonrisas convincentes, como calmante ante la ineptitud demostrada por quienes están obligados a demostrar que su gestión debe coronarse con resultados.
 
Esa actitud también es intolerante para los afectados, esperan justicia y esta no llega y así se tributa al reinado de la impunidad y crea un descontento generalizado.
 
Es necesario recobrar la tolerancia como cimiento de la armonía y la convivencia social, pero más que eso la prioridad debe ser el diálogo que busque consensos no disensos o lo que es peor, pláticas subrepticias donde los actores se unen para loar las acciones de los que estando obligados a buscar acuerdos y no a fomentar y practicar la intolerancia.
 
Debemos comenzar a darle valor a la fanfarreada democracia en que decimos descansa nuestro sistema político, económico y social y tornarla real. Esto sólo se logra aprendiendo a escuchar, promoviendo y buscando los consensos y, en forma conjunta, encontrarle solución a la problemática del país.
 
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