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Política económica sin política ni economía

Julio Raudales

No es difícil fantasear sobre lo que dirán las portadas de los diarios en enero de 2022. El pronóstico es fatalista y lo peor de todo es que no se puede evitar la sensación de sordidez, desventura, vergüenza y hasta horror. No hay forma positiva de vaticinio, al menos si uno está medianamente informado o no se milita en alguno de los nefastos cuadros de las fuerzas que tienen posibilidades reales de triunfo en noviembre.

Tampoco es necesario ser augur para intuir que tendremos un proceso electoral accidentado y vacuo; un amanecer del lunes 28 de noviembre entenebrecido por un manto de incertidumbre y rabia, luego de un “Día E” chapucero, tramposo y desprovisto de reglas claras. Lo visto en las primarias, sumado a la inmovilidad y desidia del Congreso, incapaz de hacer los cambios necesarios para evitar la debacle, es mas que suficiente para saber lo que se viene.

La política es el instrumento menos complejo que los humanos utilizamos para organizarnos como sociedad -el otro es la guerra-. Si bien tiene sus vericuetos y, sobre todo, se presta para la trampa y los arreglos bajo la mesa, muestra la virtud de ser una confrontación en la que, vencidos y vencedores llegan más rápido a la convivencia, descartando la violencia y utilizando el debate y los acuerdos para zanjar sus diferencias, no las balas.

Pero para que sea útil e instrumental, la política debe hacer que acudan a ella seres inteligentes, sensibles y dotados de un alto sentido de responsabilidad para con el conglomerado que quieren representar. O sea, si bien no se requiere genialidad o destrezas supra – humanas, quienes entren en este campo, deberían exhibir algún bagaje ético que les permita entender la catadura de su rol. 

No sucede así en Honduras, al menos es lo que hemos visto hasta ahora. Aprovechando la débil naturaleza de sus instituciones, quienes se han dedicado al oficio de políticos, vienen en una debacle moral sin precedentes, difícil de ver en algún lugar por mucho que se haya viajado. Como versaba con elegancia Santos Discépolo, ahora “resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, pretencioso, estafador, todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor.”

A tal punto llega el cambalache en nuestro remedo de democracia, que es usual ver futbolistas haciéndole de parlamentarios, regatonearos de ministros y reinas de belleza como funcionarias de alto nivel. La gente ignota de ilustración no lo ve mal; he ahí lo peor de todo. Siguiendo la lógica de Michael Sandel, no hay meritocracia ni igualdad de oportunidades para todos, solo caos e intenciones aviesas, así las posibilidades menguan y el futuro se vuelve cada vez más inasible.

La situación económica no dista del desorden descrito. Hace ya cinco meses que, en el estertor de la pandemia nos entraron dos tormentas destructivas. Muchos y muchas quedaron en la calle, las pérdidas fueron cuantiosas, pero con un año encima de pandemia, con tormentas imbricadas y embrollo político en marcha, los ingresos por trabajo y las ganancias parecen ser ajenas a trabajadores y pequeños empresarios. ¿Dónde está la economía?

Ni fiscal, ni monetaria, el acceso a financiamiento sigue siendo una quimera para los endeudados y defraudados emprendedores. No ajusta para pagar planilla ni proveedores, la carga tributaria es agobiante y el acceso a servicios de calidad inalcanzable.

Los pequeños agricultores en la espera de la lluvia generosa, sin posibilidad ni certeza de éxito para sus cultivos, los albañiles sin construcción, los comerciantes sin su venta y los artesanos en espera de facilidades para sus productos. Niños y niñas, estudiantes y atletas, todos y todas en espera de sus clases, de su vacuna, en fin, de su esperanza… Nada parece funcionar en el país disfuncional. ¿Dónde está la economía?

Lo que los estultos dirigentes llaman política económica, no es más que un barril apilado de acciones que justifican la existencia de organismos e instancias públicas inservibles, en las cuales, de forma irresponsable se dilapida un presupuesto. Se acabó el Plan de Nación, la visión de un territorio ordenado y con gente participando en su devenir. El desorden nos ganó.

Parece que ni la política, ni la economía aparecen y, sobre todo, parece que no habrá manera de hacerlas renacer en los vericuetos de un estado que solo es mampara para continuar en la justificación del desorden y las canalladas de quienes manejan esto que llamamos estado. 

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