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“Nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo”

Salvador Moncada; Emeritus Professor
University of Manchester UK

Segunda parte

Una pandemia no es una competencia entre empresas ni entre países, sino una batalla entre la humanidad y un virus letal. En vez de competir, las naciones y las empresas deben hacer todo lo posible por cooperar y terminar con el Covid-19, distribuyendo en forma uniforme las vacunas, de lo contrario, pasarán años antes que se vacune una proporción significativa de personas en los países pobres.

El mundo necesita 11.000 millones de dosis de vacunas contra el Covid 19 para inmunizar al 70% de la población mundial, suponiendo dos dosis por persona. De los 8.600 millones de pedidos de dosis, 6.000 millones de esas vacunas se destinaron a los países de renta alta y media-alta. Las naciones más pobres -que representan el 80% de la población mundial- tenían hasta marzo, acceso a menos de un tercio de las vacunas disponibles.

Cien países encabezados por India y Sudáfrica, pidieron a sus colegas miembros de la Organización Mundial del Comercio, OMC, que acuerden la supresión por un tiempo limitado de los derechos de propiedad intelectual relacionados con el COVID-19. Los proveedores de vacunas, argumentan, deberían compartir sus conocimientos para que más países puedan empezar a producir vacunas para sus propias poblaciones y para las naciones de menores ingresos.

Señalan, además, que muchas empresas ya se han beneficiado de miles de millones de dólares de financiación pública, tanto a través de acuerdos de investigación y desarrollo como de compra anticipada. Y que una vez terminada la pandemia, se restablecerían las protecciones de la propiedad intelectual.  Posiblemente, el argumento más fuerte para una exención temporal es que las patentes nunca fueron diseñadas para ser utilizadas durante emergencias globales como guerras o pandemias. Una patente recompensa a los inventores protegiendo sus inventos de la competencia desleal durante un tiempo limitado. En una emergencia mundial de esta naturaleza, no debería de primar el interés comercial. Sobre todo, si se considera que las vacunas se hicieron gracias a una enorme inversión estatal, recogida de los impuestos pagados por los ciudadanos de países como EEUU e Inglaterra. Y son los ingleses y los estadounidenses que están a favor de que se comparta la propiedad intelectual de los científicos. El 60 por ciento de los votantes de EEUU piden que se ponga fin al apartheid de las vacunas.

Pero la industria farmacéutica, las naciones más ricas y algunos científicos sostienen que el alivio temporal de las patentes no acelerará la fabricación o el suministro. Incluso si las patentes no se aplicaran, asegurar todos los componentes de la vacuna, establecer fábricas, formar a la gente y aprobar las leyes pertinentes – todo ello esencial para la entrega de la vacuna – podría llevar más de un año. Esto, por supuesto, es el argumento de siempre, que niega la transferencia tecnológica a los países en desarrollo y que se aplicó hace años a los medicamentos contra el Sida.

Una alternativa al levantamiento de la propiedad intelectual, dicen, es que las empresas aumenten las licencias de los diseños de sus productos a cambio de un pago. Esto permitiría que las vacunas fueran fabricadas por muchas más empresas. Ese camino seguramente tomaría tiempo y volvería a dejar la distribución de las vacunas al control del mercado, asegurando nuevamente un reparto desigual.

También, el Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y Doctrina Franciscana, solicitó a la Organización Mundial del Comercio que dé una respuesta favorable, y de manera inmediata, a la propuesta de India y Sudáfrica.

La jefe de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala dijo que las empresas farmacéuticas que fabrican la vacuna Covid-19 deberían fabricar una cantidad suficiente para todo el mundo o ceder voluntariamente su tecnología a los países en desarrollo, «no es aceptable», dijo, dejar a los países más pobres al «final de la cola» para las vacunas.

El mundo dividido entre los países que se vacunaron y los que no

Mientras avanzan los programas de vacunación contra el virus en varios países, en especial en los más ricos, el mundo podría quedar dividido a final de año por zonas de riesgo. Se comienzan a marcar zonas rojas, verdes y amarillos en el mapa. Aun en estas circunstancias, lo países ricos continúan comprando más vacunas de las que necesitan y de esa manera negando, en la práctica, el acceso a los países más pobres

Si se decide adoptar políticas basadas en la inmunidad adquirida por los países a través de la vacunación, habrá limitaciones en los derechos, los viajes y la economía de los países pobres.  De esta manera aumentará la desigualdad social, ya existente entre el norte y el sur.

Esa política no tiene sentido ni desde el punto de vista económico, ni desde el punto de vista de la Salud Pública. El aumento de la pobreza en el sur terminará afectando a los países ricos La economía mundial podría perder hasta 9,2 billones de dólares si los gobiernos no garantizan el acceso de los países pobres a las vacunas, y los países ricos podrían perder la mitad de esa cifra. Según estudios realizados, si un país tiene acceso a la vacuna, experimenta una lenta recuperación con un lastre para su PIB, si sus socios comerciales no tienen dicho acceso.

 Por otro lado, la circulación del virus en los países pobres terminará produciendo variantes que no serán sensitivas a las vacunas y que irremediablemente llegarán a los países ricos, creando nuevamente una situación similar a la del inicio de la pandemia. Una vez más el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), afirmó recientemente que “cuanto más esperemos a proporcionar vacunas, pruebas y tratamientos a todos los países, más rápido se afianzará el virus, surgirán más variantes, habrá más posibilidades de que las vacunas actuales sean ineficaces y será más difícil que todos los países se recuperen”.

Aún no se quiere entender, la solución no es aislar a los países donde están los focos de infección, o que no han vacunado a su población. Una vez más se debe insistir que la solución es vacunarnos todos contra el Covid 19, porque “Nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo”.

Salvador Moncada
Emeritus Professor
University of Manchester
UK

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