Los eternos tiempos recios

Por: Julio Raudales

He procurado leerla despacio, como hago siempre que Vargas Llosa publica algo nuevo, deleitarme no tanto en lo que se dice, sino en cómo se dice y confieso que van quedando pocos autores que tengan sobre mí el poder de capturarme en cada línea escrita como lo hace el peruano. Ya lejanas me quedan las nostalgias de Kundera, Cortázar o Sábato.

Creo que, en este caso, la opinión pública hispana no quedó decepcionada y Tiempos Recios, la novela sobre el alud político guatemalteco de los años 50, satisfizo todas las expectativas sobre la genialidad del último Nobel hispano.

Si me pidieran una opinión yo diría: “es una excelente novela histórica”. Después agregaría: “una que debe ser leída con urgencia por políticos y por historiadores”. Es lastimoso que en pleno siglo XXI, cuando los diques del conocimiento se abren para quien quiera, todavía haya personas que pretenden ejercer el arte del poder sin aquilatar ni de lejos lo fuerte de la responsabilidad que adquieren. Pero, sobre todo, que lo hagan pensando que la carrera política es solo fuente de satisfacciones personales y no el medio para mejorar la vida de la gente.

Antes de Tiempos Recios conocíamos los llamados hechos objetivos que dan lugar a su narración. Sabíamos que Guatemala, como todos los países centroamericanos, era tierra de dictadores, carniceros uniformados coaligados con una pseudoaristocracia racista y cruel.

Sabíamos también que la United Fruit había instalado un verdadero imperio colonial allá como en Honduras, que no pagaba impuestos y que explotaba a los indígenas con sueldos de hambre.

Era también conocido, que después de la dictadura del general Jorge Ubico aparecieron en Guatemala dos hombres buenos: los presidentes Juan José Arévalo y el general Jacobo Arbenz, y que este último radicalizó el “autoritarismo ilustrado” del primero intentando reformas sociales, incluyendo en ellas algo que desafió a la United Fruit, una tímida reforma agraria. En verdad, una simple recuperación de tierras ociosas.

Sabíamos, además, que los EUA de la guerra fría financiaron al ejército “liberacionista” del general Carlos Castillo Armas y que aviones norteamericanos bombardearon a cientos de comunidades agrarias sembrando con cadáveres los campos guatemaltecos. También que a través de la CIA lograron imponer una dictadura militar que profundizó una guerra civil mortífera. Pero gracias a la imaginación de Vargas Llosa podemos saber, además, muchas otras cosas que no imaginábamos.

La brutal intervención de EUA en Guatemala fue, según Vargas Llosa, el eslabón inicial de una cadena de acontecimientos que aún no terminan de cristalizar. Los EUA, en efecto, con la excepción de los gobiernos de Carter, Clinton, Bush (padre) y Obama, ha mantenido una agresiva política hacia América Latina, dando impulsos y bríos a los enemigos de la democracia, sean estos de izquierda o de derecha.

Pocos países han trabajado más en contra suya que los EUA en América Latina. La intervención descarada de la CIA en el Chile de Allende parecía ser el último eslabón de esa cadena. Pero después continuó con su apoyo a los “contras” en Nicaragua y a los escuadrones de la muerte en El Salvador. Una historia de intrigas y crueldades en compañía de personajes deleznables (no olvidemos que Noriega fue agente de la CIA en Panamá) a los que entronizaba para después derrocarlos.

Todo esto me recuerda la máxima kantiana: “sin Constitución hasta los ángeles actúan como demonios”. Hacia el interior rige en los EUA una Constitución a la que todos veneran. Fuera del país, esa Constitución no rige. Los EUA a través de la CIA y sus esbirros, han soltado a todos sus demonios.

Y si creíamos que esa historia estaba por finalizar. No ha sido así. La actuación del gobierno Trump en Venezuela para tranquilizar con fines electorales a la ultraderecha maiamera es una buena prueba. También es evidente en nuestras Honduras, donde la obsecuencia de gobernantes y hasta de quienes se denominan “izquierdistas” que, sin ambages, deliran por la intervención “gringa” para solventar nuestros problemas.

Fue el mismo Vargas Llosa quien acuñó la idea de que hay un momento en que los “países se joden”. Tiempos Recios lo desdice: Ni Guatemala, ni ninguna nación latinoamericana se “jodió” en un punto determinado. Es la falta de compromiso de sus líderes e inmovilidad de sus ciudadanos lo que hace que estos tiempos recios estén ya por durar no cien años, sino doscientos.

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