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La pintura sobre piedra en Roma: cuando el arte quiso ser indestructible

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Roma – El saqueo de Roma en 1527 por Carlos V también marcó la historia del arte. En aquellos dramáticos días perecieron muchos lienzos por lo que los artistas al servicio del papa optaron por una técnica que protegiera sus obras de la turba: la pintura sobre piedra, un sueño de eternidad ahora explorado en la Galería Borghese.

«Los pintores de Roma, estudiando la Antigüedad, entendieron que los mármoles resistían más que la pintura, que tenían más ejemplos de escultura que de pintura clásica», explica a EFE la directora del museo, Francesca Cappelletti.

La histórica Galería Borghese, hogar de algunas de las más famosas obras maestras de Gian Lorenzo Bernini, acoge hasta el 29 de enero la exposición «Maravillas sin tiempo», con raras piezas de pintura en piedra obtenidas de sus depósitos o prestadas por otros museos.

La técnica, como su propio nombre indica, consistía en pintar con óleo sobre superficies pétreas pulidas y, aunque ya consta en las fuentes de tiempos de Plinio, su uso fue raro en la historia, concentrándose a caballo entre el siglo XVI y el XVII.

El saqueo de Roma

Pero su renacimiento tiene un origen preciso: el traumático Saqueo de Roma en mayo de 1527 por parte de las tropas del emperador Carlos V, que destrozaron la ciudad y hostigaron a su soberano, el papa Clemente VII, entonces aliado de Francia.

La capital sufrió uno de los peores ataques de su larga historia y, en aquellos días de fuego a manos de lansquenetes y mercenarios imperiales, no solo se perpetraron todo tipo de robos y asesinatos, sino que también pereció mucho arte.

Uno de los pintores del momento, Sebastiano del Piombo, de origen veneciano, asistió con estupor a la destrucción de lienzos y retablos y, por eso, decidió perfeccionar una técnica que donara una mayor resistencia a las obras. ¿Y qué mejor que la misma roca?

«El origen se halla en esta intención de Sebastiano de conferir la posibilidad de durar a la pintura, pero también de experimentar nuevas técnicas. Esto efectivamente se da en Roma pero fue una moda extendida a otros sitios», refiere Cappelletti.

La piedra como lienzo

Del Piombo dejó para la posteridad algunas propuestas suyas de pintura sobre piedra, como el retrato que hizo de Clemente VII con barba (1530) sobre pizarra pulida, lo que da a la imagen un aspecto propio del claroscuro que poco después encumbraría a Caravaggio.

En la muestra hay otros muchos ejemplos de esta técnica singular, algunos de los más hermosos en lapislázuli, como una placa oval con los mitos de Perseo y Andrómeda y de Venus y Adonis, pero también en otras piedras como la amatista.

Asimismo se puede ver una «Piedad» (1640) en alabastro, custodiada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y otra lastra de ágata, un tipo de cuarzo, que tiene en cada cara la «Anunciación» y «La Resurrección de Cristo», del Monasterio de La Encarnación.

En otros casos, el artista parece proponer una especie de juego ya que aprovecha la veta de la roca de tal manera que no se comprende inmediatamente si es pintura o si un determinado trazo responde a un capricho de la naturaleza.

Por ejemplo, Antonio Tempesta, preciso grabador manierista, dibujó «La caída de Jerusalén» (1610-1620) sobre una placa de piedra caliza en la que sus diminutos cruzados asaltan las murallas de la Ciudad Santa formadas por las partes más claras de la roca.

Sin embargo, la pintura sobre piedra no prosperó como técnica recurrente, demasiado preciosista, cara y diminuta, incómoda de transportar, máxime cuando en Europa todo estaba listo para el surgimiento de un estilo grandioso, el Barroco.

Su decadencia es difícil de ubicar pero Cappelletti señala que, elaborando el catálogo, se percataron de que desde la tercera década del XVII hay «pocos ejemplos significativos» de este estilo.

Un triunfo sobre el tiempo

Sin embargo muchas de estas curiosas pinturas lograron su propósito, consiguieron sobrevivir a las vicisitudes de la historia, gracias a coleccionistas como el cardenal Scipione Borghese, padre del museo romano.

El purpurado, miembro de una las dinastías más influyentes de la Roma pontificia, nacido en 1577, fue el ejemplo de coleccionista total, siempre interesado en toda forma de arte, innovaciones e incluso en la flora y fauna que llegaba del Nuevo Mundo.

Tal es así que en la exposición está el retrato que ordenó hacer, con incrustaciones pétreas como un puzle, de un pájaro -cardenal rojo- que recibió de Centroamérica.

Se sabe que el exótico ejemplar murió pronto -«era fastidioso de nutrir», se dijo- pero, no obstante, ahí sigue inmortalizado, desafiando al tiempo con sus plumas rojas de piedra. AG

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