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La esperanza por la CICIH

Thelma Mejía

Tegucigalpa. –  El angustiante llamado del fiscal de la Uferco, Luís Javier Santos, para que la lucha contra la corrupción y la instalación de una Comisión Internacional Contra la Corrupción en Honduras (CICIH), no quede en el discurso—como parece ser una intención oculta—solo ratifica que la lucha contra la corrupción es un aliado incómodo cuando se trata de desenredar la hebra. Aparece el exorcismo, los diablos y los diablillos.

La CICIH ya no se vuelve “tan querida” como fue en la campaña y al inicio del presente gobierno. Al trascender el borrador preliminar de un memorando de entendimiento elaborado por Naciones Unidas, el amor por la CICIH empezó a desvanecerse: la ruta para la llegada de la Misión era clara, con fases y momentos, pero bajo el cerrojo de independencia, autonomía y capacidad para poder acusar, con acompañamiento o no del Ministerio Público. El traje que se elaboró desde la ONU fue adecuado, no violenta soberanía, ni otras leguleyadas propias de quienes gustan enredar la ley para confundir y para desinformar.

La CICIH no va estar en Honduras por siempre, la CICIH, a la par de investigar y presentar casos en los tribunales de justicia, ayudará a fortalecer las instituciones, propiciar las reformas, leyes o derogaciones precisas para que la justicia respire, para que los operadores de justicia actúen y para que la esperanza no se apague en un país que por más de tres décadas no sale del vagón de la corrupción, según el índice de Transparencia Internacional.

Pero la respuesta del gobierno del bicentenario a ese memorando fue torpe, llena de cortapisas y discursos públicos de pena ajena. Se cubrían de “soberanía e independencia” para ocultar su incomodidad. Y empezó la danza de los culpables: que si la narco dictadura, que si el PN no quiere aprobar reformas que impiden avanzar en la investigación de la corrupción con los subsidios, que si el CNA no habló del pasado, que si la sociedad civil quiere “desestabilizar”, que si la “matriz mediática” se inventa noticias para desprestigiar; que si la iglesia habla más de la cuenta; que si los poderes fácticos están asustados; que si el pepenador de la calle no ve que existe la red solidaria y la “caja de la esperanza” (las nuevas ayudas humanitarias), que si nadie sabe dónde está el dinero…En fin, muchos santos y demonios culpables de tremenda torta de corrupción e impunidad en la que está sumergido el país.

La corrupción en Honduras ha sido sistémica, estructural, transversal y endémica. Desmontarla no será con discursos, desmontarla requiere de voluntad política y deberá ser un proceso gradual y permanente. Cuando se anuncia en campaña que se va a traer la CICIH y se hace la solicitud, una vez en el poder, es porque existe convencimiento que la institucionalidad del país no es la más robusta y que la contaminación ha sido tal, que requiere oxígeno para poder empujar en la dirección correcta.

El fiscal de la Uferco, en su impotencia—porque le dieron súper poderes que no ha podido usar y que tienen límite de tiempo—llama a la gente a salir a las calles, llama a presionar con más fuerza para que la CICIH llegue al país, para que se hagan las reformas contra la impunidad que le prometieron y que el país en la lucha contra las grandes redes de corrupción, pase de la inacción en que ha caído a acciones de impacto que aviven las esperanzas. La lucha contra la corrupción, debe tener dientes, debe tener garras y debe tener suficiente coraza para enfrentar a quienes le sonríen en público, pero meten la daga en privado.

Su instalación también depende de otra acción en manos del poder político representado en el Congreso Nacional: la elección de la próxima corte de justicia, cuyos cabildeos se intensifican a medida que se acercan los plazos límites y se cruzan los mensajes entre los grupos interesados, en medio de los distractores propios de las negociaciones políticas bajo la mesa.

El rostro de la próxima corte de justicia perfilará el combate de la lucha contra la corrupción y la impunidad. El rostro de la nueva corte de justicia nos dirá si la CICIH—en caso de instalarse—tiene probabilidades de éxito o sufrirá la suerte de la MACCIH, de luchar y luchar contra molinos de viento.

En los sondeos de opinión públicos y privados, la corrupción no sale del bloque de los principales problemas del país, la ciudadanía quiere un combate efectivo, como también quiere justicia y seguridad ciudadana, sumado al empleo, la comida, la salud y la educación. La gente quiere saber dónde está el dinero, de antes, y de ahora. La gente quiere una CICIH que le dé esperanzas. Y esa es una de las esperanzas que sembró en el actual gobierno del bicentenario. Por eso el fiscal Santos dice: hay que ir a presionar a las calles, pero desde el gobierno, su principal asesor, el ex presidente Zelaya, parece responder: defenderemos la consulta, en las calles. Y así discurre el país. La ciudadanía debe ser capaz de discernir los sofismas de distracción y lo verdadero, en este caso, lo verdadero es una lucha de frente a la corrupción y una CICIH que nos levante la esperanza. Ese es el norte y hacia ahí debemos apuntar.

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