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Inexorable

Julio Raudales

Cuando no se le estudia y no se comprende su comportamiento y cuando no se respetan sus dictámenes, el mercado es implacable y cruel en sus reacciones y efectos sobre la sociedad. No tiene lealtades ni simpatías políticas; el mercado sencillamente ¡es!

Estando en la playa, se me ocurrió simularlo al mar ¡Que útil y generoso es el mar cuando se le respeta, se le estudia y se conoce su forma de comportarse; pero que cruel e implacable puede ser con los torpes que no lo respetan y desconocen sus fuerzas y debilidades! La diferencia está quizás, en que el mar castiga solo al intrépido que lo desafía, sin mayores costos para los demás; mientras que la intervención inepta de un gobierno en los mercados, afecta a este solo en el largo plazo, en tanto que su costo recae de inmediato en la población gobernada por el.

Lástima que, en Honduras, la toma de decisiones sobre la intervención del estado en los mercados recae en forma recurrente sobre personas obtusas, cuyo accionar no está guiado por la racionalidad científica, sino por motivaciones viscerales, generalmente asociadas a la “caza” de votos o, peor aún, la aprobación mediática.

¿Es que no hay una voz prudente que aconseje adecuadamente a la presidenta antes de tomar una decisión tan nefasta como “congelar” el precio de cuarenta productos de la canasta básica?  ¿Acaso es tan difícil entender que un producto -como el tajo de res, por ejemplo- no es solo un producto, sino el resultado de una complejísima red de producción en la que no solo interactúan el dueño de la vaca, las técnicas para su sacrificio y destace, el transporte y con ello el combustible, el vehículo, el pago del chofer, el valor del alquiler del sitio donde se pondrá a la venta y en fin… un largo etcétera?

No es desconfiar de las intenciones, estas pueden ser loables y cargadas del deseo de que la mayoría de las familias hondureñas tengan unas venturosas fiestas de fin de año. Pero alguien en el gobierno debe entender que la producción de una libra de tajo de res o una lata de leche en polvo, por si sola, requiere de la conjunción de miles de manos y mentes, cuyas familias igual se verán afectadas si sus costos son superiores al “precio congelado” y que, por tanto, en su interés de beneficiar a la mayoría, el gobierno más bien la perjudicará.

No importa si la medida es temporal, el daño a la producción, pero sobre todo a los pequeños productores, a los microempresarios y sobre todo a los consumidores será cada vez más permanente y solo dejará en claro que no hay una agenda de políticas públicas destinadas a generar prosperidad. ¡Una vez más!

Por supuesto que hay cosas que se pueden hacer en materia de buena gobernanza para incentivar a que compradores y vendedores sean menos afectados por la problemática global que el país enfrenta: combatir los monopolios, facilitar información de precios, definir con claridad los derechos de propiedad y, sobre todo, recortar el gasto público innecesario, así como tener una política monetaria coherente con los tiempos, pueden ayudar mucho a que la navidad sea mejor para todos.

Las muchas experiencias negativas vividas -amargas y llenas de desencanto- ya nos muestran que “congelar” precios solo perjudica el bienestar general. También lo que sucede ahora en países queridos como Argentina, donde hace poco se “congelaron” los precios de más de 2000 productos acentuando la escasez, nos muestra que no todo lo que se hace con buena intención resulta positivo. ¿Por qué entonces la contumacia? El mercado es inexorable sí, pero no es el mercado el que debe catalogarse como “cruel” en este caso, sino la clase política que no tiene la valentía ni la inteligencia para entender el funcionamiento de la economía y actuar en consecuencia con ella y, por ende, condenar a este pobre país a perpetuar la miseria por la que nos han traído sus antecesores.

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