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Ideales, aspiraciones y planes

Julio Raudales

Se puso de moda presentar planes de gobierno en campaña política. Está bien. Ojalá y esto disuada a los carámbanos y alimañas –que, por cierto, también ya hicieron su aparición- de continuar con el grotesco espectáculo de insultos que montaron en los últimos días.

Doña Xiomara fue la primera, pero sé que después vienen Yani, Asfura y Salvador. Sus propuestas estarán cargadas de medidas, programas y formas novedosas de cambiar a Honduras. Tendrán una cosa en común sí. Ninguna dirá de donde sacarán los recursos financieros y la “muñeca” política para llevar a cabo tan nobles ideas, si es que estas requieren de “economía política”.  Si esto es así, quizás alguien me dirá que estos planes, son documentos irrelevantes, listas de aspiraciones o promesas sin rumbo. 

Yo digo que no. Leerlos podrá orientarnos al menos en algo: ¿Qué hay en la mente de la candidata y candidatos?, ¿Cuáles son sus ideales? Esto es fundacional. Les animo a que dejemos por un rato de lado el “meme” del teléfono e indaguemos, sobre todo, el ideal de quienes nos pretenden gobernar.  

El Ideal es necesario porque nos proporciona un horizonte, un sentido. El ideal nos ofrece un parámetro que nos orienta y nos permite tener una mirada crítica de la realidad; y como, por definición, todo ideal es normativo, también nos proporciona el elenco de deberes correlativos a los derechos que las aspiraciones pretenden expandir. Por ejemplo, el ideal de la igualdad; parece muy noble, pero ¿Qué implicaciones tiene para la vida de la gente? Pagar más impuestos, por ejemplo, crear mecanismos para que nadie robe, etc.

Sin ideal desaparece el horizonte y aparece el laberinto; nos movemos, pero no avanzamos, el vacío de sentido nos desorienta y finalmente nos perdemos. Sin ideal es imposible ejercer racionalmente la crítica de la realidad, lo que nos torna apáticos o peor, hipercríticos. 

Me explico porque es importante: Todos somos iguales en dignidad, pero no todo es igual. Si todo fuera igual entonces todo da igual. Y si todo da igual entonces para qué educarnos, para qué esforzarnos, para qué superarnos. La igualdad es un valor no una coartada ideológica. Dicho de otro modo, es cierto que “nadie es más que nadie”, pero cuidado, no es cierto “que nada es más que nadie”. Hay instancias superiores – fuera de nosotros y más allá de nosotros – a las que es necesario apelar y aspirar si queremos tener una vida auténtica.

La igualdad democrática – so pena de degradarse – necesita de instancias superiores que le proporcionen sentido y dirección. En una democracia corresponde a las instituciones custodiar los ideales. Por supuesto, la integración de esas instituciones y la definición de estos ideales, ha de ser democrática y cada cierto tiempo, ambas, pueden revisarse. Lo que no podemos permitirnos como sociedad es degradar nuestras instituciones o renunciar a nuestros ideales. Si los ideales fueran un río las instituciones serían su cauce. Parafraseando a Kant, las instituciones sin ideales son vacías y los ideales sin instituciones son ciegos. Necesitamos ambas cosas, sin embargo, las estamos perdiendo.

Los ideales son los principios de convivencia de una sociedad. No debería extrañarnos entonces que, si desaparecen, la violencia sea la tonalidad de las relaciones sociales. De ahí quizás podamos explicar el por qué nuestra sociedad se ha agangrenado de insultos y odio. Tal vez sea esta la razón de los discursos que escuchamos de algunos políticos sicofantes y estultos.

Lo mismo ocurre con los derechos. Pongamos como ejemplo la libertad de expresión: todos tenemos derecho a opinar, pero ello supone el deber correlativo de informarnos previamente. Si opinamos de todos modos (si no cumplimos con ese deber) la libertad de expresión (ese derecho) se degrada (al emitir una opinión sin fundamento). Lo mismo pasa con la educación sin disciplina, la libertad sin responsabilidad, la recompensa sin esfuerzo. Hablar de derechos y callar sobre los deberes correlativos es imperdonable. Y no es ideológico, es infantil. No crea sociedades auténticas y prósperas sino sociedades decadentes. No crea individuos iguales sino mendigos (sin trabajo) y náufragos (sin educación). No crea individuos libres sino seres inseguros y violentos – pues como decía Maquiavelo “ataca primero quién más teme”.

Si queremos transformar Honduras tenemos que transformar a la Sociedad hondureña. Y para eso tenemos que re-establecer el Ideal. Porque todos somos iguales, pero a un mismo tiempo, todos queremos un país mejor. Y “lo mejor” siempre será algo superior a nosotros. Un ideal a alcanzar. Una nación no es su lengua, ni su sangre, ni su territorio. Una nación como decía Ortega y Gaset, es un “quehacer juntos”, un programa vital, un proyecto-país. De eso se trata.

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