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Fragilidad

Julios Raudales

Todo se vislumbra opaco, tenebroso, incierto, si se trata de ver futuro inmediato en el país. A poquísimos días del evento, las elecciones programadas desde 1982 para el 28 de ese mes, se asoman bajo un clima enrarecido por la sospecha, la confrontación desleal y la trampa.

Pareciera que las sombras se aprestan a adueñarse una vez más de una sociedad que, poco a poco, ha ido perdiendo la esperanza de un porvenir bonancible, más certero. Nada parece indicar que las cosas cambiarán. Seguimos huérfanos de democracia, salud, educación, seguridad o empleo. El porvenir luce cada vez más inasible.

Para colmo, la situación es compleja no solo adentro; también allende las fronteras. En la región, los procesos electorales se han convertido en aventuras de alto riesgo. Las últimas elecciones parlamentarias, estaduales y municipales en México, por ejemplo, dejaron un saldo de 91 políticos asesinados; aquí nomás en Nicaragua, el sainete electoral vivido hace unos pocos días, provocó más ira que tristeza y hasta Chile que parecía un referente cívico, ha dividido sus preferencias entre extremos irreconciliables.

La situación económica interna no es mejor: aunque los técnicos oficiales anuncian con optimismo un crecimiento de 8% en el PIB, es decir, auguran que la recuperación será algo menos lenta de lo que se vislumbraba a comienzos del año. Parece un número grande, poco usual en el país, pero hay que tener claro que un aumento en la producción de esa magnitud, nos dejaría todavía por debajo del monto logrado en 2019, con su rastro de pobreza, marginación y estropicio.

Además, el PIB dice muy poco acerca de las vivencias de la gente común. No nos revela, por ejemplo, lo que ya muchos periodistas publican en sus notas: que los sectores que mayormente se reparten este crecimiento son muy poco intensivos en mano de obra, como la banca y las telecomunicaciones. El comercio, tercero en fila en explicar el crecimiento, sí genera trabajo, pero de muy mala calidad, razón por la cual, tampoco cuenta mucho.

¿Y qué se hace desde la política? Pues muy poco. El presupuesto, lo he dicho muchas veces, refleja cómo casi nada, la viscosidad del modelo organizacional hondureño. Si bien acapara más o menos la cuarta parte de la producción interna, el programa de inversión pública, es decir, la acción fiscal que podría traducirse en mejoras en la calidad de vida de la gente no llega ni al 2% del PIB y a ello hay que agregar, que ni siquiera existe una evaluación clara sobre su eficacia. Por tanto, se puede decir que el Presupuesto Fiscal es prácticamente un enorme agujero por donde el dinero se va por el caño.

A lo anterior se suma el poco interés de las autoridades -y no solo me refiero al gobierno nacional, sino incluso a los partidos que ahora pujan por el poder e incluso a los medios de comunicación, grupos de presión y poder y otros- para que las cosas funcionen adecuadamente.

Un caso elocuente de mala gestión, es el de la planificación del proceso electoral. Hace cuatro años, el país sufrió una de las crisis de gobernanza más graves de su historia. La oficina local de las Naciones Unidas se aprestó a apoyar un proceso de búsqueda de una salida sostenible al problema generado por las elecciones de 2017, sin embargo, fue imposible encontrar una solución distendida. Hoy, a unos día de la contienda, los tres partidos ya tradicionales, buscan desesperadamente una forma de garantizar la eficiencia de las elecciones. Lo peor es el doble discurso: Si el año pasado fue temerario comprar hospitales de forma directa, ¿Por qué habría de ser bueno hoy comprar equipo de cómputo en las mismas condiciones? ¿Es más importante esto que lo otro?

Sin un plan y ni siquiera una visión clara de hacia dónde moverse para garantizar la pulcritud del torneo electoral, parece poco inteligente e incluso irresponsable, que a última hora se esté solicitando presupuesto adicional, como si solo se tratara de más dinero y no de voluntad para hacer las cosas bien. Ojalá y hubiésemos aprendido del atrabiliario proceso anterior, pero está claro que no.

Por más que se trate de ver con optimismo, la fragilidad es clara. Con la confianza devastada, la sociedad se apresta poco a poco a la confrontación, una que nos dejará desahuciados de bienestar, que quebrantará los pocos elementos que nos van quedando para alcanzar la gobernanza, el desarrollo y la paz. ¡El que tenga ojos que vea!

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